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Editorial & Opinion

20 años de las reformas penales

Carlos Alvarenga Arias / Abogado y MAE

jueves 26, abril 2018 - 12:00 am

En 1991 empecé a escuchar de mis compañeros de tribunal, ciertas palabras y frases que no eran usuales en el día a día de los juzgados. Garantías, cadena de custodia, sistema inquisitorio. Sucedía que ya estaban recibiendo capacitaciones sobre lo que sería la reforma al sistema de administración de justicia en materia penal más bien desarrollada de la historia del país.

Al final sucedió que, trabajando yo en el Juzgado 5° de lo Penal, nos mandaron con un compañero a recoger el anteproyecto del Código Procesal Penal para empezar a familiarizarnos con el mismo. Faltaban muchos años para la aprobación de la versión final (1996), pero en esa temprana época, al abrir el ejemplar distribuido por CECCHI (que nunca supe en verdad qué quería decir), fue como abrir un estuche que guardaba una joya. La impecable redacción, el orden lógico de los capítulos, el lenguaje claro y preciso y no alambicado o enredado de los códigos de antes; un lenguaje técnico, pero lo más alucinante era el orden. Todo estaba bien detallado y desarrollado. No había desperdicio. Igual éxtasis alcanzaba uno con el proyecto para análisis y estudio del Código penal.

Fue el tiempo de luces nuevas en nuestra legislación.

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La socialización de los proyectos fue amplísima a nivel nacional. Entre tantos eventos el que más resaltó fue el Encuentro sobre Reforma Penal II, llevado a cabo en un prestigioso hotel en el que hubo un lleno total. Eran miles de colegas ansiosos de conocer las doctrinas que sustentaban la nueva legislación. Entre los exponentes estuvieron Julio B. Meier, Rafael Rosales y Rosales, José Caferatte Nores, y el que puso el toque jocoso, el inigualable Vitelio Luna.

Era abrir las ventas, las puertas, dejar entrar el aire nuevo, luz fresca, tirar y darle fuego a los viejos muebles derruidos y apolillados. Fue hermoso.


Realmente había sido una época oscura la anterior. Con dos policías de testigos y la confesión “voluntaria” de los imputados, se condenaba a una persona.  ¡Cuál cadena de custodia! Los indicios probatorios eran más manoseados que verdura de mercado. La defensa pública se batía a puros escritos y los fiscales adscritos a los tribunales, ¡por Dios!, eran patéticos. El 90% de sus escritos eran con base a un modelo que se repetía lacónicamente hasta el cansancio: “Me opongo, me opongo, ¡me opongo!”.

No había una verdadera acusación, no había una verdadera defensa.

Las garantías constitucionales establecidas desde 1983, no se aplicaron sino hasta 1998 que entró en vigencia el Código Procesal Penal.

Con los nuevos códigos la confesión dejó de ser la diosa y soberna de toda las pruebas; se aplicaron métodos de investigación técnica y científica; la Fiscalía se profesionalizó presentando escritos muy bien fundamentados, los abogados tuvimos que aprender a ordenar las ideas, argumentar, fundamentar, dejando atrás esas sábanas largas, interminables como eran los escritos de los abogados viejos de antes, en los que se decía cualquier barbaridad sin fundamentarse en nada, solo tratando, por arte de magia, hacer ver negro lo blanco y viceversa.

Pero lo más hermoso, lo más poético, lo que nos elevó a otras alturas, fue la oralidad, desde el principio, desde el juzgado de paz, pasando por la audiencia preliminar hasta llegar a la vista pública. Ésta sobre todo ha sido mi fascinación desde entonces, y lo sigue siendo acá en Honduras, donde la reforma llegó cuatro años más tarde, en 2002. Las capacitaciones fueron constantes, para ello se fortaleció grandemente la Escuela de Capacitación Judicial, a la cual constantemente fuimos invitados los abogados en libre ejercicio y bastaba con inscribirse para que te invitaran y eran gratuitas.

La profesionalización que alcanzó la judicatura y la Fiscalía fueron impresionantes. Muchos jueces, magistrados y fiscales recibieron becas para estudiar en el exterior, o en visitas cortas de unas cuantas semanas, para conocer mejor cómo funcionaba el sistema acusatorio. Así viajaron a Costa Rica, Estados Unidos, España.

Realmente fue una época muy bonita, un hito en la historia de la administración de justicia penal que vale la pena recordar con cariño, con orgullo, y que sirva para retomar el camino que sin duda alguna se nos torció mucho.




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