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Editorial & Opinion

49 años

Carlos Alvarenga Arias / Abogado y MAE

miércoles 18, abril 2018 - 12:00 am

Este 15 de abril cumplí 49 años. Estoy a la vuelta del medio paquete; del tostón. Es un buen momento para reflexionar un poco.

Tengo muchos amigos y sé que pasados los 40 empezamos a autocriticarnos o justificarnos, una de dos.

Los pecados que venimos cargando o los celebramos como si haber sobrevivido hasta esos años implica que hemos tenido la venia de las deidades para haber llevado una vida licenciosa, o también puede suceder que nos criticamos, más si ya tenemos alguna dolencia. Criticamos haber desperdiciado nuestro tiempo, los recursos que nos proporcionó la vida. Recriminamos el no haber conseguido nada, haber fracasado en nuestras metas, no haber tenido éxito en los negocios, no haber sido feliz en el amor, bueno, tantas cosas.

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Eso sí, hay quienes han hecho las cosas bien, aunque son una minoría, y no hay ni reproches ni justificaciones, solo felicidad auténtica. Autorrealización se llama eso.

Pero volviendo a los que nos recriminamos. Cuando se encierra uno en ese ataúd de ataques constantes, en el que apesta a muerto, a cadáver, puede volverse una persona amargada, si es que ya no había llegado rancio a los 40 o 50. No es lo correcto. A esta edad todavía hay mucho qué hacer por uno, la familia, la sociedad.


La madurez que han dado las buenas y las malas experiencias, es una buena herramienta para analizar con sesos y no con vísceras nuestra vida.

Una vida debe conducirse como un proyecto, porque si no se desperdicia. Hay que organizarla. Desafortunadamente muy pocos sistemas educativos y pocos padres lo hacen, si no de forma esporádica, dispersa o a chancletazos. No nos educan para proyectarnos.

Una vida debe visualizarse con base a los objetivos que uno busca según sus preferencias, y también para aquello en lo cual se destaca. Llegar a los 50 no implica, de ninguna manera, que ya no hay objetivos ni metas. ¡claro que sí las hay!

Yo me siento tremendamente afortunado por la vida que he llevado y la vida que se me ha proporcionado, por mis padres, mi familia, las instituciones educativas en las que estado, las organizaciones religiosas, y hasta políticas. En mi vida no ha habido ninguna tragedia que lamentar, ni dificultades económicas, al fin todo ha sido realmente una plataforma para el éxito. El problema he sido yo y mis taras, junto con mis vicios adquiridos por voluntad propia.

Esto es lo que quiero hablar. Mi problema he sido yo, nadie más. Ni siquiera el país en el que nací y en el que ahora vivo, ambos con dificultades serias, con trabas enormes, nada, absolutamente nada.

El problema principalmente es que desobedecí a mis objetivos, esas metas que forjé en mis momentos de intimidad, que incluso puse sobre papel, se me olvidaban cuando metido en los brazos amorosos de la vida licenciosa, los dejaba a un lado. Con el tiempo, si bien coroné mi carrera, mi maestría, he ejercido mi amada carrera de forma honesta y decorosa, estoy rodeado de gente que me ama; no obstante todo ello, siento que pude haber dado más, mucho más y he allí que me pregunto, ¿qué hago?

Esta crisis de la edad adulta que he escuchado que es típica de los hombres que sentimos que se nos va la vida, no debe ser una derrota, sino una sesión de análisis para retomar, hoy sí, de verdad, las riendas de nuestra vida. Eso es lo que estoy dispuesto a hacer.

Los idiomas que quiero terminar de estudiar, una maestría más, abrir mi negocio, terminar mis libros, dedicarme buena parte a mi poesía, a perfeccionarla porque aún da lástima, ser un mejor ser humano para brindarme en ofrenda de amor a la gente que me rodea.

La vida es tan bella, llena de infinitos recursos, que puedo hacer mucho con ellos, y tengo el principal recurso: mi vida, y además el más poderoso motor: mis ganas.




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