Cerrar [X]

Nacionales

A 17 años de la tragedia en Candelaria

Yessica Espinoza

martes 13, febrero 2018 - 12:04 am

Si se hubiese quedado en casa, tal vez hoy contaría su historia como una sobreviviente más de aquel fatídico terremoto del 13 de febrero del 2001 en El Salvador, pero no.  Sin saber que moriría abrazando a sus “niños”, la maestra Ana Elizabeth Chicas de 35 años decidió tomar, lo que ella nunca imaginó, sería su último bus hacia el municipio de Candelaria, en el departamento de Cuscatlán.

Martes 13 de febrero del 2001. 6:00 a.m., en Cojutepeque. Ana Chicas se sentía mal de salud, tenía gripe y le dolía un poco la garganta; por su mente quizá se cruzó la idea de no asistir a la escuela pero no, ella sabía que sus niños y niñas de parvularia del Centro Escolar Católico nuestra Señora de Candelaria, la estaban esperando en el aula para saludar al sol, como solían hacerlo todos los días.

Muy dispuesta, corrió a la casa de su madre, que le quedaba cerca de donde ella vivía, para pedirle su bendición. “Venía a pedir la bendición todos los días e iba bien afónica de una gran gripe que había tenido y me dijo ‘mamá ya me voy porque es hora de que tome el bus, deme su bendición’, y se la di”, recuerda su madre, Isabel de Chicas, aquel último momento en que pudo acariciar el rostro de su hija.

publicidad

A las 8:00 a.m., sonó la campana en la escuela. La maestra Ana tomó de la mano a su niños de 5 y 6 años para cantarle al sol en el pasillo frente al aula donde les enseñaba a leer y a escribir. Cantaron sin imaginar que sería la última vez que sentirían en su rostro los rayos del astro. Muy contentos ingresaron al aula para dibujar y pintar en sus libretas cuando, la tierra comenzó a estremecerse.

Fueron ocho niños los que murieron soterrados en la escuela parroquial del 13 de febrero del 2001. / Archivo DEM


Las sonrisas y los cánticos se tornaron en gritos de angustia y desesperación por salir de la escuela. Los niños y profesores corrían de un lugar a otro, las tejas caían y el polvo dificultaba salir.  La maestra actuó rápido y sacó a un aproximado de 35 niños al patio, sanos y salvos, mientras toda la estructura de adobe de la escuela se derrumbaba.

“Lo único que nos separaba era un “plywood” (madera terciada). Yo recuerdo a Anabel con mucho cariño porque entre esos niños que rescató estaba mi sobrinita. Ella la salvó”, dice entre lágrimas la docente, Silvia Martínez, quien impartía segundo grado en el salón contiguo al de Ana.

De pronto, escuchó gritos. Eran seis pequeños que se habían quedado atrapados en el salón de clases. Sin pensarlo, la maestra regresaó al aula y mientras los abrazaba para rescatarlos, una pared de adobe cayó sobre ellos. Ya no se escucharon gritos. “Cuando se dio cuenta que le faltaban seis niños, ella regresó y los logró abrazar, porque la encontramos con los niños abrazaditos, los tenía con ella pero Dios no le permitió salir”, relata la maestra Rina Pérez.

La madre de Ana solo pensó en su hija al momento del desastre, le llamaban pero era inútil. Las líneas telefónicas estaban colapsadas. “Me fui a la esquina donde se tomaban los buses pensando en ella, viendo en qué me podía ir yo pero nadie me quiso llevar porque no había paso, la calle se partió”, narra Isabel, a 17 años de esa tragedia.

La escuela parroquial que se desplomó, hace 17 años, estaba junto a la iglesia católica del municipio. Una pared de la iglesia cayó sobre la maestra y los niños. / Diego García

El cuerpo de la maestra lo desenterraron en horas del mediodía y Pérez pidió que la colocaran a la sombra de un árbol en el parque central de Candelaria. El esposo de Chicas llegó en un “pick up” “como un loco”, recuerda Pérez, gritando, ultrajando y  culpando a las autoridades de la escuela de la muerte de su esposa por haber reanudado clases cuando el país no se había recuperado de los estragos del primer terremoto, del 13 de enero del 2001.

“Fue duro para nosotros… no nos esperábamos eso”, dice quebrantada De Chicas. “Era una buena esposa, una buena madre, una buena hija, todo lo tenía ella, bien linda mi hija”, agrega con voz cortada mientras señala una fotografía de su hija junto a los niños que murieron en sus brazos.

Desde el día que murió su hija, se dedicó a recopilar notas periodísticas sobre ella pues se volvió un ícono por su valentía y amor por los niños. El terremoto del 13 de febrero tuvo una intensidad de 6.6 grados en la escala de Ritcher y dejó 315 personas muertas, unos 3,319 lesionados, 92 soterrados, 275,013 damnificados y 44,750 viviendas destruidas, según datos de Protección Civil.




RECOMENDACIÓN DE LA REDACCIÓN



Opine y Comente

Diario El Mundo abre este espacio de opiniones para que se pueda debatir, construir ideas y fomentar la reflexión. Por eso, pedimos que se evite hacer uso de ataques ofensivos, que incluyan malas palabras, de lo contrario nos reservamos el derecho de publicación.

Recuerde que este es un medio que está para generar opinión constructiva.