Cerrar [X]

Editorial & Opinion

A 31 años del terremoto seguimos vulnerables

Jaime Ulises Marinero/Periodista

martes 10, octubre 2017 - 12:00 am

Se llamaba Roque Guadalupe Ábrego Marinero, tenía 36 años y era mi primo. Mecánico dental, trabajaba en una clínica en el edificio Rubén Darío, en el corazón de la capital salvadoreña. Este 10 de octubre se cumplen 31 años desde su fallecimiento.

Roque Guadalupe, al igual que más de 1,500 personas de todas las edades, falleció como consecuencia del devastador terremoto que sacudió San Salvador aquel 10 de octubre de 1986 y que tuvo su epicentro en Los Planes de Renderos con una profundidad de 5.4 kilómetros y  con una magnitud de 5.7  grados en la escala Richter.

Mi primo, así como cientos de trabajadores, laboraba en un edificio que  el terremoto del 3 de mayo de 1965 había dejado prácticamente inhabitable, pero que nadie, ni los propietarios ni el Estado se preocuparon alguna vez por demolerlo o  repararlo correctamente. Muchos de los edificios y viviendas que sucumbieron por la hecatombe del 10 de octubre de 1986 habían sido declarados no habitables, pero negligentemente funcionarios y propietarios prefirieron obviar el peligro latente.

publicidad

Hasta ahora nadie ha indemnizado a la esposa e hijos de Roque Guadalupe ni lo harán nunca. Así pasa comprensiblemente en estas tragedias. A mi primo lo encontramos casi una semana después.  En 1986 yo era estudiante de segundo año de periodismo y con el carné de prensa otorgado por la Universidad de El Salvador, me permitían ingresar a la zona cero junto a mi primo Alfonso, con quien nos movilizábamos en motocicleta. Permanecimos frente a los escombros hasta que apareció su cadáver, pero antes visitamos hospitales y morgues. Vimos cuerpos destrozados por doquier, especialmente en los barrios Candelaria, San Jacinto y Santa Anita. El desastre fue casi total.

El terremoto de 1986 dejó muertos, heridos, cientos de miles de damnificados y muchas viviendas  y edificios, especialmente multifamiliares, en calidad de  no habitables. Cuando han pasado 31 años, muchas de esas edificaciones dañadas siguen habitadas, por ejemplo los condominios Regis en el barrio Candelaria. Algunos edificios solo recibieron un maquillaje a sus daños estructurales y otros han sido tomados por familias sin techos. En la capital y la zona periférica aún hay edificios que sufrieron daños y siguen siendo utilizados. Otros fueron abandonados y nadie se responsabiliza de su demolición.


La experiencia del 10 de octubre del 86 ha valido de muy poco. En la capital, la zona metropolitana y seguramente en la mayoría de ciudades del país, se sigue construyendo en zonas de alto riesgo, sin los estándares de calidad antisísmica. Surgen nuevas edificaciones sin los protocolos de seguridad ante movimientos telúricos.  No hay controles de la expansión urbana y muchas viviendas se construyen en áreas vulnerables.

Se realizan simulacros y se mantienen vigentes campañas de concienciación, pero no es suficiente cuando no se aplica una normativa para garantizar la construcción de calidad en áreas idóneas. Durante el terremoto del 86, en la colonia Santa Marta del barrio San Jacinto, muchas casas se hundieron por haber sido construidas en rellenos. La práctica de construir sobre áreas rellenadas es una constante que se mantiene vigente y que a toda costa expone la vida de quienes residen en esas construcciones.

Nuestra realidad es que vivimos  en una país pequeño  lleno de fallas geológicas, por lo que tenemos que adaptar nuestras condiciones de vida a las condiciones de la naturaleza. San Salvador, asentado sobre el valle de las hamacas, ha tenido un crecimiento desordenado sin control. De nada vale tener identificadas las zonas vulnerables o conocer sobre estándares de calidad, si se permite el desorden urbanístico. Hay que reconocer que los gobiernos deben luchar contra la idiosincrasia temeraria de muchos que por necesidad viven o trabajan en zonas de riesgo, pero aun así se requiere un ordenamiento territorial urgente y de normativas de seguridad de fiel cumplimiento. Si tuviéramos un nuevo terremoto, cuya posibilidad no es irreal, debido a nuestra naturaleza sísmica, muy probablemente muchos como mi primo Roque Guadalupe, morirían  bajo los escombros de edificaciones que no deberían estar habitadas. ¡Qué Dios se apiade de El Salvador!




RECOMENDACIÓN DE LA REDACCIÓN



Opine y Comente

Diario El Mundo abre este espacio de opiniones para que se pueda debatir, construir ideas y fomentar la reflexión. Por eso, pedimos que se evite hacer uso de ataques ofensivos, que incluyan malas palabras,
de lo contrario nos reservamos el derecho de publicación.

Recuerde que este es un medio que está para generar opinión constructiva.