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Editorial & Opinion

A 32 años del terremoto de 1986 seguimos endebles

Jaime Ulises Marinero / Periodista

miércoles 10, octubre 2018 - 12:00 am

Los terremotos son eventos naturales que no los podemos evitar, especialmente los salvadoreños que vivimos en un territorio cundido de fallas geológicas (tectónicas). Casi todos los días hay movimientos sísmicos, muchos pasan desapercibidos, pero algunos nos sacan tremendos sustos y nos hacen recordar que vivimos en un país altamente vulnerable y sin prevención.

Este día se cumplen 32 años desde aquel terremoto magnitud 7.5 grados en la escala Richter y una intensidad IX en la escala Mercalli, ocurrido un viernes 10 de octubre de 1986 a las 11:49 a.m. que dejó alrededor de 1,500 muertos, miles de heridos, más de 200,000 damnificados y muchos edificios inhabitables.

Uno de los edificios emblemas fue el Rubén Darío, en el corazón de la capital, donde murieron aproximadamente 500 personas, una de ellas mi primo Roque Guadalupe Ábrego Marinero, quien a sus 37 años, siendo un destacado técnico dental, quedó entre los escombros de aquel edificio, cuya fachada parecía monumental. Apenas 21 años antes, el 3 de mayo de 1965, un terremoto causó graves daños y dejó inhabitables algunos edificios, entre ellos el Rubén Darío. Los ingenieros de la época maquillaron los daños del Rubén Darío y las autoridades irresponsablemente permitieron que el edificio fuera ocupado por decenas de negocios y oficinas. Las consecuencias fueron fatales y pareciera que no terminamos de aprender. Lo mismo hicieron con otros edificios que sucumbieron en 1986.

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Muchos de aquellos edificios que en 1986 resultaron dañados fueron demolidos, pero también hay algunos que siguen siendo ocupados, entre ellos los condominios Regis, en el barrio San Jacinto, donde decenas de familias se han acomodado en los apartamentos que fueron abandonados por sus propietarios originales. A simple vista se ven las rajaduras y es casi seguro que un movimiento de más de 7 grados en la escala Richter derrumbaría los endebles condominios y provocaría muchas muertes. Dios quiera que me equivoque.

Otros edificios en el centro capitalino siguen ocupados pese a los daños infraestructurales sufridos en 1986 y acrecentados por los terremotos de enero y febrero de 2001. Sus propietarios, sin ningún atisbo de conciencia social, solo los maquillaron y los siguen rentando. Otros edificios no los han demolido y permanecen abandonados, convirtiéndose en focos de contaminación en pleno centro capitalino. Debe crearse una ley que obligue a los propietarios a demoler edificios inhabitables y si no lo hacen, que la demolición corra a cargo del Estado, pero que se les imponga una multa y que el terreno pase a ser estatal.


Un edificio muy dañado es el administrativo de la Asamblea Legislativa, el cual resultó perjudicado por los seísmos de 2001. El edificio es ocupado por más de 3,000 empleados y aparentemente tiene exceso de carga. Con todo y lo antipático de los diputados, realmente se hace urgente una reparación estructural (si es posible) o una demolición. Los diputados deben hacer uso de la gestión internacional para que un gobierno amigo ayude a construir un nuevo edificio, ya que el presupuesto nacional no alcanza para ello.

Si cualquier día de estos hubiese un temblor que superara los 6.5 grados en la escala Richter y que se originara muy superficialmente, como ocurrió en 1986, tuviéramos que lamentar una hecatombe con muchísimos muertos soterrados bajo los escombros de edificios que bajo las capas de pintura ocultan los daños estructurales.

Este 10 de octubre se realizarán muchos simulacros de terremotos en algunas instituciones gubernamentales  y  autónomas e incluso en empresas privadas. Los simulacros son necesarios y útiles. Deberían ser parte de la formación académica en todos los niveles. Se deben realizar periódicamente, digamos cada tres meses.

Pero no basta con simulacros. Falta ejecutar un plan de ordenamiento territorial, no se puede construir a diestra y siniestra en cualquier parte del territorio nacional, por ejemplo en las faldas del volcán de San Salvador, donde por las noches puede verse iluminado el “aparecimiento” de un gran anexo de la ciudad. ¿Es que acaso lo ocurrido en Las Colinas no fue suficiente lección en 2001?

El plan de ordenamiento territorial debe contemplar un exhaustivo análisis infraestructural para demoler tanto edificio riesgoso y proteger comunidades que viven al borde de abismos, quebradas o áreas con evidente peligro. A escala nacional debe controlarse las  nuevas construcciones y obligar a las grandes constructoras a edificar colonias en zonas seguras, con las garantías mínimas de antisismicidad. Es cierto, los terremotos son inevitables, pero podemos estar preparados para que los daños no sean tan devastadores.




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