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Editorial & Opinion

A desplazarlos

Benjamín Cuéllar / Colaborador

martes 11, abril 2017 - 12:00 am

Agni Castro Pita es jefe del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados en El Salvador  (ACNUR), organismo conocido en el “triángulo norte” centroamericano por sus antecedentes que se remontan al inicio de la década de 1980, cuando el beato Romero recibiera en el Palacio Arzobispal al primer grupo de refugiados permanentes el 7 de marzo de 1980. Eran 32 personas, campesinas, procedentes del municipio de Cinquera. Después, no pararon de huir buscando refugio las víctimas de los embates del ejército gubernamental y sus huestes paramilitares; en menor cuantía, también de las guerrillas. Llegaban de los departamentos de Cuscatlán, Cabañas y Chalatenango; en cinco días sumaban 800. Luego  vino la hecatombe humanitaria y huían de todos lados. Terminada la guerra, ¿terminó el desplazamiento forzado? No.

Castro Pita, recién publicó un medio, afirmó que no hay “por control territorial o de personas” ni “producto de un conflicto interno”. “No estoy diciendo que no existe, estoy diciendo que no lo he mencionado”, insistió pidiendo que eso quedara claro en la grabación. “He dicho que hay personas que dejan sus comunidades, sus hogares por la violencia o por cuestiones de inseguridad”; “porque la gente tiene miedo”.

Postura similar a la de las principales autoridades estatales salvadoreñas: negar o usar eufemismos para no hacerse cargo de una realidad políticamente complicada, pero lacerante para sus mayorías populares. Esa negación del fenómeno y sus consecuencias, la confirma en la misma nota Sonia de Madriz ‒titular de la Procuraduría General de la República‒ quien “está a la espera de que el Ejecutivo” lo “reconozca (…) para poder intervenir”.

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Pero el presidente salvadoreño junto a sus colegas de Honduras y Guatemala sí lo reconocieron en el 2014, aunque sea una vez, cuando presentaron los “Lineamientos del Plan de la Alianza para la Prosperidad del Triángulo Norte” donde se lee:

“La falta de oportunidades de empleo, la violencia y la reunificación familiar han sido las principales razones para emigrar de nuestra región. Encuestas recientes identifican a la violencia como el factor más apremiante para la migración de menores, seguido de la falta de oportunidades de empleo, mientras que sólo el 14% de los encuestados mencionó el deseo de reunificarse con sus familiares. Por otro lado, la migración adulta también identifica estas causas en los tres países aunque la falta de oportunidades es la más mencionada”.


Implícitamente, pero lo aceptan; detrás están los dólares estadounidenses. Como sea, la situación es crítica por ser permanente y creciente. En agosto del 2010 aparecieron en San Fernando, Tamaulipas, más de 70 cadáveres de personas que huían del infernal “triángulo norte” centroamericano, buscando el “paraíso”; pero no pasaron del “purgatorio”. ¿Paró la huida tras eso? Al contrario: la emigración salvadoreña se incrementó  cinco veces, según el Sistema continuo de reportes sobre migración internacional en las Américas. Y desde el 2012 en adelante creció la cantidad de niños, niñas y adolescentes; hubo que asumir, en el 2014, que era una “crisis humanitaria”.

Por suerte para las víctimas, a diferencia de Castro Pita la oficina regional del ACNUR tiene clara la necesidad de buscar y encontrar soluciones, partiendo de un diagnóstico sin contaminaciones políticas o diplomáticas. El desplazamiento forzado actual no surge de guerras convencionales. “Son familias, mujeres, niños que buscan refugio porque han sido víctimas de abusos indescriptibles a manos de las pandillas y de los grupos criminales”, señaló, dejando abierta la posibilidad del acrecimiento de personas afectadas.  Las solicitudes de asilo del “triángulo norte (…) aumentaron un 92%, pasando de más 24.000 en 2014 a una cifra superior a los (sic) 54.000 en 2015”. En “los primeros cuatro meses de 2016, 11.000 personas” pidieron ser consideradas refugiadas, “principalmente en Estados Unidos y México”.

Andrés Ramírez ‒representante del ACNUR para Centroamérica, Cuba y México‒ dice: “A la hora de la verdad el desplazamiento, sea porque fue una bala que vino de la guerra, o porque fue una bala que vino de grupos organizados del crimen transnacional, o porque fue una bala que vino de una situación de infiltración a nivel de ciertas autoridades y demás, la persona simplemente huye al no poder acogerse a la protección”.

Las causas del éxodo son estructurales, se afirma desde siempre. La solución está, entonces, en contar con autoridades estatales capaces de enfrentarlas y superarlas de la mano con las víctimas. Quienes ahora ocupan esos espacios han demostrado incapacidad notoria y notable para entrarle a esa alta misión pero no se  irán voluntariamente. Habrá que desplazarlos con la fuerza de la organización social y la movilización popular.




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