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Editorial & Opinion

A los nuevos diputados

Roberto Meza / Colaborador

miércoles 2, mayo 2018 - 12:00 am

Han optado ustedes por formar parte de la institución con mayor desprestigio de El Salvador.  Hoy, penosamente, la Asamblea Legislativa encarna lo peor de los vicios de la política nacional. Corrupción. Indolencia. Clientelismo. Indiferencia. Ineficacia. Politiquería…

Y, aun cuando esa generalización resulta injusta con algunos diputados que obran con rectitud y patriotismo, lo cierto es que las percepciones colectivas son implacables.

Las mayorías parlamentarias, alimentadas por prácticas indebidas, innobles e incluso delictivas, se encargaron de ratificar entre los salvadoreños la imagen de un Congreso arrodillado por beneficios individuales ante el gobierno de turno, dispuesto a renunciar no solo a su dignidad, sino, incluso, a sus competencias legales.

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Nuestra Asamblea se ha convertido en un monstruo de doble faz: un rostro de criatura dócil, servil, muda y entregado al Gobierno mientras cosechan recompensas personales y otro rostro de engendro feroz a la hora de reclamar puestos y privilegios para los diputados si el Gobierno se demora en cumplirles. Ese monstruo de doble faz es distante a la ciudadanía y privilegia la agenda del poder sobre la agenda ciudadana. El bien común naufraga y la puja por los intereses de cada cual, resulta ser el motor de la legislatura.

Lo que nos ha tocado ver en los últimos años es repugnante, entre ausentismos, chantajes, viajes, aprobación de leyes inútiles y normas tenebrosas, así como nombramiento de asesores totalmente innecesarios. Lo que vimos de malos hábitos, malas prácticas y malas costumbres, debe convertirse en un aliciente para superar y olvidar para siempre lo que ha venido ocurriendo. El debilitamiento de la Asamblea Legislativa y su condición, hoy, de órgano subalterno, afectan gravemente el equilibrio de poderes, la marcha del Estado y la institucionalidad democrática.


Por todo lo anterior, el desafío de recuperar la credibilidad, la independencia, la fortaleza, el prestigio, la dignidad parlamentaria es tan importante. Tan trascendental. Tan definitiva para el futuro del país.

Honorables Diputados: se les pide que  sean honorables de verdad, el pueblo se los pide. No le vendan sus votos parlamentarios al Gobierno, gane quien gane. No hipotequen su conciencia. No reproduzcan este tráfico de votos por puestos y coimas. No traicionen al pueblo que juraron defender. No le causen nuevas frustraciones al ciudadano bueno y maltratado.

No permitan que se afecte el bienestar colectivo. No se arrodillen para conseguir premios para ustedes. No callen cuando sientan que deben hablar. No se escondan cuando deban defender al país. No se intimiden por los ministros ni por el Presidente, sea éste quien sea. Detengan esa hemorragia de leyes inservibles. Aprueben solo las reformas indispensables.

No renuncien al control político. No extorsionen a los funcionarios de Gobierno. Voten con transparencia cada proyecto de ley, cada proyecto de reforma legal.

Honorables Diputados: merezcan el adjetivo. Gánenselo con trabajo y virtud. Que la Asamblea deje de ser un cuerpo malquerido y vuelva a ser una institución admirada por todos. Que los grandes temas se tramiten también con grandeza. Sin mezquindades. Sin cálculos de coyuntura. Sin miserables contabilidades electoreras. Sin pensar en el estómago ni en el bolsillo propio. Hagamos que la Asamblea Legislativa brille y cumpla su tarea. Que represente lo mejor de El Salvador. Es su cita con la historia. Es su redención…

Y es, sobre todo, la plataforma para que todos los salvadoreños volvamos a sentir que, más allá del carnaval de propaganda, cartelones, vallas y promesas, la democracia tiene sentido para defender los más altos y nobles intereses de la gente.




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