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lunes 22, mayo 2017 | 1:47 pm

Es fácil, por ignorancia, perversidad o conveniencia, a partir de una frase construir toda una falsa doctrina, especialmente, si la gente la acepta sin discusión por ser un dogma de la religión que no se discute. Más aún, si se posee un cuerpo represivo como el de la “santa” inquisición para imponerla a fuego de hoguera si es necesario, tal es el caso de como se han establecido esos dogmas.

Según Juan 20:23, Jesús les dijo a sus discípulos “A quienes remitieres los pecados les son remitidos, y a quienes se los retuviereis les son retenidos” De esa frase falsamente se han agarrado los jerarcas y clérigos católico-romanos para apropiarse de la facultad, la cual solo le pertenece a Dios, de perdonar pecados, y lógicamente, explotarla como un filón para ejercer poder y otros beneficios.

En el pasado, muchos fueron quemados en la hoguera por la “santa” inquisición por sospecharse de que no creían en los dogmas. Monarcas y políticos fueron chantajeados bajo la amenaza de ser excomulgados por los papas. Además, idearon el “sacramento de la confesión” para obtener información con variados propósitos.

En primer lugar, si lo tomamos como una orden específica que Jesús dio a sus discípulos judíos, –nada– tiene que ver con jerarcas y clérigos católico-romanos. Segundo, si lo tomamos en forma general, aplica a todos, pues la palabra de Dios es de aplicación universal, nadie puede venir diciendo, esto es de mi exclusividad y esto otro te compete a ti, ya que todos estamos bajo el mismo techo de su palabra escrita, de igual a igual, griegos y no griegos, católicos y no católicos, clérigos y no clérigos.

Tercero, examinando el contexto completo del mismo evento donde Jesús se les aparece a sus discípulos y examinando el reporte de cada uno de los 4 cronistas, vemos que según Juan en 20:21, Jesús les dice “como me envió el Padre, así yo os envío”. Según Mateo 28:19, “id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Según Marcos 16:15, “id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura, el que creyere y fuere bautizado será salvo, más el que no creyere será condenado”. Según Lucas 24:44-47, les dice que “era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos, que así está escrito y así fue necesario que el Cristo padeciese y resucitase de los muertos, y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén”.

Jesús en todas esas citas expone ni más ni menos que su evangelio, el cual es en síntesis “arrepentimiento y perdón de pecados” y que “el que creyere será salvo más el que no creyere será condenado”. En base a todo el contexto, Jesús no los envía a –remitir o retener– pecados, sino a predicar lo que de él estaba escrito y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y perdón de pecados, que el que creyere será salvo y el que no creyere será condenado, esa es la orden y el mensaje. Queda implícito como resultado, la remisión o la retención de pecados por parte de Dios, dependiendo de la decisión que la persona con toda libertad escoja.

Por tanto, el que cree en Jesús y en todo lo que está escrito acerca de él, y se arrepiente de sus pecados, le serán remitidos y será salvo, y el que no, le serán retenidos y será condenado. En el contexto de su palabra, todos estamos facultados por Jesús para ser potenciales portadores de su evangelio para que él, en calidad de Dios, sea el que perdone a través de su gracia y mediante su sacrificio en la cruz en pago de los pecados, a quien quiera que crea y se arrepienta. Por tanto, nadie puede venir diciendo “yo soy el dueño de ese evangelio y yo soy el que remito o retengo pecados”.

Quiero recalcar lo que Jesús dijo, que su evangelio debe ser predicado comenzando desde Jerusalén, en ningún momento dijo que comenzando desde Roma, y que tampoco en ningún momento dijo, los derechos exclusivos para remitir o retener pecados lo tienen, los Papas y Compañía, S.A. de C.V.

Por: Salvador Donato