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Editorial & Opinion

Al final teníamos razón

Carlos Alvarenga Arias / Abogado y MAE

Miércoles 5, Julio 2017 - 12:00 am

Desgraciadamente teníamos razón los que señalábamos el excesivo garantismo de los códigos penales.

Solo por mencionarlo a la carrera, se tuvo que crear un nuevo Código procesal penal en tiempo relativamente corto. Ese nuevo código (que no era sino el mismo, pero remendado), buscaba darle más fuerza a la investigación y menos libertades a los juzgadores, pero el daño ya estaba hecho. Los delincuentes se habían beneficiado demasiado. Entraron y salieron mil veces del sistema para creerse poderosos, reagruparse, fortalecer su organización. Súmele fraude insultante de la funesta tregua, y se consolidaron como el crimen organizado que es.

Amos absolutos de territorios que si los tomáramos y uniéramos quién sabe qué porcentaje de la nación nos daríamos cuenta que ya tienen bajo su dominio, donde administran, legislan y ejecutan.

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Esta es una guerra civil, ese nuevo tipo de guerra. Matan ciudadanos, policías de bajo rango o a sus familiares.

En honor a la verdad no solo en Latinoamérica se lleva a cabo este tipo de guerras y no es reciente. Las mafias italianas, la Yakuza, las favelas son antecedentes. También lo vimos en Colombia, lo vimos en México, pero no la vimos venir y también se han asentado acá.


No buscan gobernar, ni tomar los poderes constitucionalmente establecidos, sino que como hiedras, como parásitos, quieren enraizarse en la sociedad, en todo el engranaje que conforma un Estado y vivir de él, aprovecharse de él, de su administración, infraestructura, poder político, tribunales y para ello se organizan de forma bastante eficiente, aun cuando arbitraria y repletos de juicios sumarios, pero al final de cuentas, una forma muy efectiva porque desde mediados de los 80 hasta la fecha su curva de desarrollo ha sido ascendente, como una empresa exitosa, como si fueran empresas de tecnología.

El desarrollo del país, si bien, después de 25 años de Acuerdos de Paz, podría decirse que es un intento más fallido de crear una nación próspera, ahora, y desde hace años, tiene un factor nuevo, negativo, determinante que hace aún más difícil imaginarnos que podríamos ser un milagro económico: las maras y los narcos.

¿Qué hacer? ¿Qué podemos hacer?

Pues si no logramos salir adelante cuando aún la delincuencia era un fenómeno marginal, un rumor que se escuchaba a lo lejos, cuando ARENA tenía prácticamente todos los poderes del Estado en su mano, mucho menos ahora bajo un partido que no tiene ni la más peregrina idea de cómo se genera riqueza, de cómo se desarrolla la economía, estrategias sectorizadas, en fin, nada de ello y que por otra parte son maniblandos con la delincuencia. Entonces, ¿qué hacer? Solo rezar.

Hablar a estas alturas de los códigos penales es tan desfasado, tan fuera ya de tiempo, pero vale la pena decir: se los dijimos.

Las situaciones que propiciaron los “mentados” códigos fueron terribles, esas conciliaciones en un principio de todo tipo de delitos, luego las medidas sustitutivas de forma indiscriminada, nulidades en las que en vez de castigar a los funcionarios o policías que cometían acciones que viciaban los procesos castigaban a la población devolviendo al delincuente a la calle; la falta de valoración de indicios, el recurso de casación que nunca logró ser un sensor de la forma de razonar de los jueces de sentencia, etc.

Al final no es de extrañarnos tanta delincuencia.

Lo sé, claro que lo sé, lo sabe cualquiera que la criminalidad es un tema sumamente complejo, el cual se alimenta de varios factores igualmente complejos como hogares destruidos, padres drogadictos, descuidados, comunidades olvidadas, falta de oportunidades, inexistencia de espacios de recreación, falta de actividades deportivas, medios de comunicación que incitan al dinero fácil, la violencia, el sexo desenfrenado, la deserción escolar, en fin, tantas cosas; pero si a todo eso le agregamos a la fórmula una investigación criminal deficiente (aunque se han hecho grandes avances): policías coludidos con el crimen, falta de recursos, lo cual desemboca en una administración de justicia igualmente con deficiencias y a la cual le pusieron en sus manos unos códigos con montón de puertas.

No es para alegrarse, no es para decir ¡eureka!, solo era un recordatorio que muchas de las veces la Asamblea Legislativa legisla irresponsablamente con el silencio cómplice de los principales actores de la sociedad.




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