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Editorial & Opinion

Amenazando a la Sala Constitucional con cárcel

Dr. Mauricio E. Colorado / Abogado

lunes 30, octubre 2017 - 12:00 am

Indudablemente que el terrorismo político de la izquierda política internacional no tiene límites. Asumimos que no han de ser todos, sino que los dirigentes obsoletos que son incapaces de evolucionar, dicho de otra forma, adaptarse a los tiempos y convertirse en seres racionales que superen el concepto de matar y destruir con el objetivo de obtener el poder absoluto para someter a toda la población de un determinado país, a la voluntad de un determinado líder o dirigente con algún grado de mando dentro de los muchos que formaron e integraron las fuerzas violentas que finalmente integraron un partido político, y con ello, aceptaron un método racional para optar a acceder al poder.

No hace mucho pudimos observar a uno de estos personajes –desenfocados de la historia–, que se ofrecía para ir a combatir con armas, a Venezuela, para ir a defender al gobierno dictatorial de Maduro. Más recientemente hemos escuchado a otro dirigente exguerrillero, ahora diputado en virtud de los acuerdos de paz que abrieron el camino a la racionalidad política para la opción de llegar a ser gobierno, ofrecer cárcel a cuatro magistrados de la Sala de lo Constitucional, por el simple hecho de haber cumplido con la misión que la Carta Magna les ha encomendado: respetar y hacer que se respete la Constitución de la República.

Estos personajes quedaron anclados a los tiempos en donde la costumbre era aplicar la pena de muerte a quien no obedecía ciegamente los dictados de quienes dirigían la subversión. O obedeces o mueres, por supuesto sin juicio previo, ni respeto al derecho de defensa. Tales personajes desconocen o pretenden desconocer, que el acuerdo básico que se logró en aquel momento histórico, fue reconocer la vigencia de la Constitución como norma primera y suprema, para dar gradualidad y oportunidad a los ciudadanos de que se les tomara en cuenta para efectuar los cambios sociales que pudiera necesitar nuestro país.

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Ejemplo de lo dicho anteriormente lo tuvimos cuando la autoridad suprema en cuestiones de la aplicación de leyes, la Sala de lo Constitucional, determinó que el uso de los carriles que se había apartado el sistema del Sitramss, no podían ser exclusivos, y podrían y deberían usarse por cualquiera persona. La autoridad máxima del Transporte simplemente declaró que se ignorara la resolución de la Sala, a la usanza de la forma de vivir en los países donde el gobierno lo ejerce una dictadura, es decir, donde la ley es superada por la voluntad de una o un grupo de personas, que ignoran la fuerza de la ley, ese instrumento que refleja “la voluntad soberana del pueblo, que expresada en la forma que dicha por la constitución, manda prohíbe o permite”.

La expresión poco feliz del diputado amenazando con cárcel a los magistrados de la Sala que pronto deberán abandonar sus cargos, no solamente es una amenaza real para ellos, sino que también es una amenaza velada para quien pretenda aspirar a tan honroso y delicado cargo, por mérito y capacidad.


El episodio relatado ya tiene un precedente que no podemos dejar pasar por alto, cuando un oscuro personaje, levantaba –en la plaza pública, cual boxeador triunfante en una pelea en el ring– la mano de un abogado a quien el cargo le cayó por su propio peso, y tuvo que deponer. Los espectadores de este escenario nacional, que frecuentemente se asemeja al gran circo romano clásico, ya hemos tenido tristes experiencias de la irresponsabilidad de la entidad encargada de nombrar a los funcionarios de segundo grado, como Fiscal General, magistrados de la Corte de Cuentas o del Tribunal Supremo Electoral, que incumplen su función al retardar los nombramientos fuera de los plazos de ley a sabiendas que no tendrán sanción alguna. Pero en fin, nuestra realidad es así, y la construcción de nuestra democracia es gradual, y sometida a ataques de impertinencias que no tienen mayor explicación que el egoísmo y la ambición de poder de inadaptados, a quienes la historia ha dejado atrás, en el pasado.




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