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Editorial & Opinion

Anastasio Aquino

Vanessa Núnez Hándal / Abogada, docente y escritora salvadoreña

miércoles 5, julio 2017 - 12:00 am

En 1833 hubo un levantamiento indígena en El Salvador, conocido como “la rebelión de los Nonualcos”. Anastasio Aquino, indígena jornalero y cortador de jiquilite, encabezó dicha insurrección.

Aquino pertenecía al linaje de los caciques de la etnia nonualca, pueblo indígena que ocupaba en aquellos años el actual territorio del departamento de La Paz, ubicado en el centro sur de la actual República de El Salvador, que en aquel entonces formaba parte de la República Federal de Centroamérica.

El alzamiento inició en enero del 33 en Santiago Nunualco. A finales de ese mes, Aquino había logrado reunir un ejército de tres mil hombres, con los que combatió al gobierno liberal de Mariano Prado, designado por Francisco Morazán como jefe del estado salvadoreño.

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Las luchas intestinas que se habían sucedido luego de la independencia de España en 1821, habían obligado a Prado a instituir diversas cargas tributarias, a fin de financiar tropas y pertrechos de guerra. También había ordenado el reclutamiento forzoso de indígenas, especialmente los de la referida etnia, ya que éstos poseían la fama de ser violentos y de armas tomar.

Las cargas tributarias y expropiaciones habían generado descontento entre la población y otros alzamientos habían sido sofocados en Chalatenango, Izalco y Sonsonate. Pero, en el caso particular de los hombres de Aquino, su rabia derivaba del ajusticiamiento del que habían sido objeto varios indígenas nonualcos en la ciudad de San Miguel.


Éstos, meses antes, habían sido apresados, maniatados con lazos y llevados hasta la oriental ciudad, donde habían sido obligados a formar tropa, sin recibir retribuciones justas. Como una forma de compensación, las autoridades militares les dejaban delinquir y hostigar a los habitantes migueleños por lo que éstos, hastiados de su violencia y abusos, habían tomado la justicia por su mano, llegando incluso a incendiar la ciudad.

Prado envío pues tropas a San Miguel, con el objetivo de restituir el orden, y los vecinos de la ciudad sufrieron crueles ataques por parte del ejército oficial.

Indignados ante aquellas afrentas y hastiados de los tributos que agravaban su pobreza, Anastasio y sus hombres se alzaron con garrotes, corvos y machetes, interceptando a los militares por los caminos y liberando a otros que también serían llevados por la fuerza. Posteriormente desataron una enorme violencia en contra de los vecinos de Zacatecoluca y San Vicente, cuyas casas fueron saqueadas y muchos fueron asesinados.

Cada victoria proveyó a Aquino y sus hombres de armas y municiones. Éste fortaleció su ejército de tal forma, que el vicegobernante, San Martín, en cuyas manos Prado depositó su gobierno para partir a Guatemala en busca de refuerzos, se vio obligado a enviar numerosas tropas para hacerle frente.

Aquino tomó posesión de San Vicente, ciudad criolla y acaudalada, y se coronó rey de los nonualcos en la iglesia del Pilar, tomando para sí la corona que portaba la imagen de San José. Ya en Tepetitán, dictó un código que castigaba con penas extremadamente duras el homicidio, robo y vagancia, entre otros delitos.

El gobierno intentó la negociación por intermediación de la iglesia, la cual no fue aceptada y el presbítero Navarro fue hecho prisionero.

Finalmente, y al cabo de varias batallas, el ejército oficial logró por fin imponerse en fuerza. El indígena fue traicionado y entregado en abril por sus propios hombres, a quienes el estado les había ofrecido el perdón. Aquino fue llevado a Zacatecoluca, donde fue juzgado y condenado a muerte.

Su cabeza, hervida en aceite, fue exhibida por los caminos de San Vicente y Zacatecoluca durante varios meses. A los pies de la jaula en que ésta había sido remachada, podía leerse la leyenda: “Ejemplo de revoltosos”.




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