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Editorial & Opinion

Armando Calderón Sol: el presidente

Carlos Alvarenga Arias/Abogado y MAE

martes 17, octubre 2017 - 12:00 am

En ocasión de la muerte del expresidente Armando Calderón Sol, se me vino de inmediato la idea de valorar su presidencia en comparación con todos los demás presidentes que hemos tenido, desde la restauración de esta era democrática hasta la fecha.

La verdad que las primeras ideas que se me vinieron a la mente fueron: estabilidad económica, prudencia y buen comportamiento, inteligencia, valentía, pero sobre todo, honestidad.

En mi carácter de ciudadano, analista de la realidad nacional y abogado, lo recuerdo en tres etapas bien diferentes.

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Como diputado era un tipo explosivo, con facilidad se le sacaba de sus casillas, eran tan intensas sus cóleras que llegaba un momento en que ya no podía articular palabra alguna. Balbuceaba.

Cuando ganó la alcaldía municipal de San Salvador, en posesión del Partido Demócrata Cristiano por un cuarto de siglo, ya su carácter se calmó. Dio un giro de 90 grados y empezó a ser más parco y mesurado en su hablar, ecuánime al expresarse, más puntual.


Su gestión edilicia no hizo grandes cambios pero sí fue una gestión decente. Hizo su trabajo. Solo me acuerdo de los gordos horrorosos que mandó a construir en la autopista Sur, hoy bulevar de Los Próceres. Para los juegos Centroamericanos y del Caribe no sé si fue obra suya los pasos a desnivel que tanto ayudaron a mejorar el tráfico desde la UCA hasta el bulevar de Los Héroes, pero lo más memorable de él fueron las campañas de limpieza en la ciudad. Fueron pasajeras, pero se notó que con un líder se puede movilizar para actividades del bien común a toda una enorme ciudad.

La tercera y última etapa en la vida pública, como presidente, ¡hombre!, ya el cambió de su personalidad fue radical. Calmado, preciso, conciso. No renunció a algunas reacciones viscerales, pero nada que ver como cuando era diputado. Lo cierto es que su cambio a su persona, con más control de sí mismo, hizo de su papel como presidente un digno representante (no un payaso peleonero como les gusta a los de izquierda), que dignificó el puesto.

Su relación con la oposición fue muy pero muy cordial, sin renunciar a la confrontación necesaria, pero nunca bajando el canasto.

En su gestión tomó decisiones realmente valientes que hoy habría que agradecerle, entre ellas, modernizó el Estado vendiendo ANTEL, una institución nacional que estaba secuestrada por un sindicato bochinchero que se servía de la riqueza de la autónoma como si fuera su feudo. Tenía tantas prerrogativas ese sindicato como si hubiera inventado la telefonía fija, convirtiéndose, sin más ni más, en una casta superior sobre el resto de trabajadores y obreros del país. Y de nada servía porque era una institución inoperante. Para tener una línea tardaban 10 años. ¿Qué inversión extranjera iba a venir con esa lentitud de tortuga?

Si es cierto que dolió la venta de una institución nacional, pero cuando se empezaron a ver las ventajas de la privatización, las bondades del afán de lucro, es decir, una línea telefónica fija a los dos días de haber sido solicitada, y tantas cosas más, uno dice: “Gracias a Dios”.

Le dio cumplimiento a los Acuerdos de Paz, privatizó el corruptísimo, inhumano degradante servicio que presentaba la Dirección General de Tránsito en cuanto el registro vehicular y las licencias de conducir. Antes siempre los corruptos administradores de esa dependencia te decían que no había material (especies le decían). Hoy vas y en un par de horas resolviste toda tu situación, (sin contar todas las mordidas que tenías que dar para obtener una licencia). Y no se diga cómo se prestaban para la falsificación de las tarjetas de circulación.

Tuvo el valor de copiar el sistema chileno para la administración de pensiones. El INPEP, otra anacrónica institución que repartía préstamos a lo loco, por ello tenía una enorme cartera de préstamos incobrables. No era lo que se necesitaba para poder asegurar las pensiones de los futuros jubilados del sector público.

No me alcanza el espacio para decir que fue un convencido demócrata, defensor de un gobierno republicano, un buen presidente, el único que no ha sido tildado de corrupto, de ladrón.




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