Editorial & Opinion

Aumento injusto para el magisterio

Armando Rivera Bolaños / Abogado y notario

sábado 3, febrero 2018 - 12:00 am

Pertenezco, por la gracia divina, a una familia de educadores y periodistas. Esa inclinación “natural” hacia la docencia, hizo encaminar mis pasos a la Escuela Normal Central de Varones “Alberto Masferrer”, ubicada entonces al lado norponiente de la capital, exactamente, contigua a la Universidad de El Salvador, cuyo espacio ahora es utilizado como sede de oficinas administrativas del Ministerio de Educación.

Calle de por medio, estaba la escuela gemela, la “Normal España” donde se formaban las futuras maestras y en donde algunos colegas conocieron sus futuras cónyuges, con las que formaron hogares estables, con hijos bien dirigidos bajo normas morales y cristianas. La preparación del maestro era integral. Aparte de las materias didácticas, que nos permitían motivar y emplear recursos diversos para las distintas materias curriculares que se enseñaban en las escuelas, nos preparaban en otras tareas complementarias como deportes, música, manualidades, cultivo de plantas, etcétera.

Cada lunes se efectuaba “un acto cívico”, con desfile de la Bandera Nacional, canto del Himno y una charla que debía improvisar un alumno destacado del nivel correspondiente. Había dos grupos: el “A” con alumnos que ingresamos siendo ya bachilleres y cursábamos dos años para graduarnos, y el grupo “B”, el más numeroso, con alumnos que habían concluido su nivel básico (entonces tercer curso, hoy noveno grado), pero la calidad fue la misma. Incluso, tuvimos maestros como don Gildaberto Bonilla, que nos enseñó Estadística, la doctora Salvadora Tijerino (psicóloga de nacionalidad nicaragüense), don Ezequiel Nunfio (música), etcétera.

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Antes de graduarnos, la dirección de la Escuela mandaba al Ministerio de Educación el listado de los futuros maestros, para que la Dirección General de Educación Primaria y la sección de recursos humanos, buscaran aquellas escuelas donde existían necesidades de profesores y, por supuesto, que también existieran partidas presupuestarias. Nunca anduvimos detrás de políticos, ni de diputados o alcaldes, para obtener empleo magisterial.

Los correogramas de nombramientos llegaban hasta nuestros hogares y si la escuela era rural y alejada, sin quejarnos, alegres de servir a la niñez, alistábamos nuestra valijita con mudas de ropa y nuestros libros, para salir fuera donde fuera, a impartir el evangelio del saber. Los salarios eran risibles, aunque puedo asegurar que bien empleado, satisfacía las necesidades más urgentes, pero no eran suficientes según pasaba el tiempo.


El escalafón se dividía en seis categorías ascendentes y en tres clases: la A para normalistas; la B , para bachilleres o graduados en secciones normales y la C, para  maestros “empíricos”. Para ascender de una categoría a otra, pasaban cinco años y el ascenso significaba veinticinco colones más o sea, cinco colones por año de trabajo. Ante esa situación injusta, los maestros consideramos que no éramos simplemente “apóstoles de la educación”,sino “trabajadores de la educación”, con derechos laborales consagrados en la misma Constitución de la República e iniciamos un movimiento digno, apolítico y eminentemente gremial que hizo nacer la llamada Asociación Nacional de Educadores Salvadoreños, ANDES, cuya huelga se inició en mi escuelita “La Paz” de Cuscatancingo y de allí se extendió a todo el país. Ganamos incremento salarial, pero también obtuvimos una respuesta violenta del gobierno de turno.

Muchos maestros fueron asesinados y algunos, como el que escribe, tuvimos que refugiarnos en países hermanos. Las condiciones del maestro poco han variado desde entonces, según me cuentan. Aún tengo muchos familiares que trabajan en la docencia, incluyendo algunos hijos y nietos, por ellos, conozco sus actuales demandas que no se les han resuelto en forma mínima.

Ese entorno es todavía más grave, si consideramos el componente de la delincuencia. Muchas escuelas están ubicadas en zonas dominadas por pandillas, ya podemos imaginarnos los demás aspectos que eso implica para los educadores. Veamos el incremento en gastos vitales. Por eso, cuando el profesor Salvador Sánchez Cerén, mandatario del país, anunció “incrementos salariales para los profesores”, nos satisfizo. Alegría fugaz. Cincuenta dólares para el presente año lectivo y cincuenta para el otro (de dudoso cumplimiento). El maestro sigue siendo el mártir del presupuesto nacional. Su labor no es aún justipreciada. No se ha comprendido lo que dijo el pedagogo Lorenzo Luzuriaga: “El verdadero destino progresista de las naciones se encuentra en las manos de sus educadores”…




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