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Política

Bajo fuego inmisericorde… en la divina misericordia

Federico Hernández Aguilar / Escritor

lunes 13, agosto 2018 - 12:01 am

Esta es la nave principal del templo. Aquí estuvieron refugiados más de 150 jóvenes, sitiados por fuerzas orteguistas.

Por alrededor de 48 horas, al principio del estallido social de abril, al menos tres universidades —la Nacional de Ingeniería (UNI), la Centroamericana (UCA) y la Politécnica de Nicaragua (UPOLI)— permanecieron en manos de estudiantes que exigían la renuncia de Daniel Ortega. Las fuerzas gubernamentales, en una mezcla letal de policías y sicarios, consiguieron el repliegue de los jóvenes hasta concentrarlos en la UPOLI, en un atrincheramiento cívico que durará aproximadamente dos meses.

El resto de la población muestra su apoyo a los estudiantes de mil maneras. Comida, frazadas, medicinas, toda suerte de abastecimientos circulan de mano en mano hasta las barricadas improvisadas en la UPOLI. Luego, entre los meses de abril y mayo, se van tomando pacíficamente dos recintos académicos más: la Universidad Agraria (UNA) y la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN). Con estos tres “bastiones” bajo su control, los jóvenes hicieron sentir su presión al régimen, aturdido todavía por aquella nutrida avalancha de protestas.

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Cuando el 16 de mayo, en la primera reunión de diálogo, Lesther Alemán, desde la altura de su idealismo veinteañero, le recordó al dictador en su propia cara que eran ellos, los estudiantes, los que habían puesto los muertos, las cifras escalofriantes de aquellos primeros 30 días de resistencia le daban la razón. Ni Daniel ni la “Chayo” volverían a sentarse en ninguna mesa. La voz firme de un chaval —“Ríndanse ante este pueblo”— fue suficiente para obligarles a evitar nuevos y penosos encuentros con la realidad histórica.

 


Una de las ventanas al interior de la capilla de la Divina Misericordia atacada el 13 y 14 de julio de 2018.

Terrorismo de estado

Pero el tirano estaba dejando la mesa para lanzarse a la ofensiva, echando mano del último recurso con que cuentan los gobiernos impopulares y cobardes: el terror.

No es que antes Ortega no hubiera utilizado el terrorismo. Francotiradores habían atravesado cráneos y pechos casi desde los primeros días del levantamiento. Lo que sucedió a partir de mayo, es que la inyección de espanto se volvió diaria, sistemática y omnipresente. El 19 de mayo los paramilitares trataron de despejar la UNA, el 27 hubo un intento de asaltar la UCA y el 12 de junio se registró un ataque a los estudiantes atrincherados en la UNAN. Los tranques instalados en calles y barrios empezaron a ser hostigados por policías y encapuchados. Fueron decenas los patriotas que entregaron la vida resistiendo la andanada de balas. El 16 de junio el horror escaló a dimensiones inimaginables: seis ciudadanos, incluyendo dos niños, fueron calcinados en el incendio de una vivienda del barrio Carlos Marx de Managua.

Tras ser sacados a la fuerza de la UNA y la UCA, varios cientos de estudiantes se quedaron a resguardar el último reducto que les quedaba, la UNAN. Pero la tarde del viernes 13 de julio, fuerzas policiales y paramilitares recibieron la orden de “limpiar” también ese recinto universitario. Da inicio así una de las historias de heroísmo más impresionantes de la actual crisis nicaragüense, una historia que tuvo por figuras protagónicas a cerca de 200 chavales, cuatro periodistas, dos médicos y dos curas.

 

Quince horas de asedio

Entre la noche del 13 y la mañana del sábado 14 de julio, durante quince horas de terror, los estudiantes que habían salido corriendo de la UNAN fueron sitiados en la parroquia Jesús de la Divina Misericordia, separada del recinto universitario por un parque del mismo nombre. Desde primeras horas de aquella tarde, el sacerdote a cargo del templo, Raúl Zamora, había estado trasladando en su vehículo a varias decenas de jóvenes desde la universidad hasta la parroquia.

Pero mientras el padre Zamora, bajo una lluvia de balas, arriesgaba su vida tratando de refugiar a los muchachos, un exitoso periodista radial, Sergio Marín Cornavaca, se hacía presente en la UNAN para dar cobertura al ataque. Esperando que la presencia de medios de comunicación sirviera también para disuadir a los parapoliciales, Sergio llegó a la universidad cuando ya los estudiantes la habían abandonado. Buscando alcanzar a los que se desperdigaban por las calles de la zona, por fin coincidió con ellos a la entrada de la Divina Misericordia.

“He pensado mucho en aquella tarde”, me dice Sergio Marín, en una estremecedora entrevista, “y he llegado a la conclusión de que los encapuchados que atacaron la UNAN y ametrallaron la iglesia no tenían ni idea de la cantidad de chavalos que había allí ni de su alta moralidad. En los momentos más duros del sitio, estos muchachos hacían un alto, se levantaban y cantaban el himno de Nicaragua… No puedo explicarte lo que eso significa en medio de una balacera”.

Sergio fue el primero en transmitir en vivo desde la Divina Misericordia, uniendo su voz profesional a los llantos de jóvenes que usaban sus celulares para enviar mensajes de despedida a sus padres y pedirles perdón. Las conmovedoras imágenes le dieron la vuelta al mundo en cuestión de pocas horas. Tres periodistas más, incluyendo uno del Washington Post, quedaron atrapados también en aquel fuego cruzado. La Conferencia Episcopal, con el cardenal Brenes y monseñor Báez a la cabeza, denunciaron por todos los medios posibles que se estaba a punto de perpetrar una masacre en la Divina Misericordia. Su joven vicario, Erick Alvarado, me cuenta que solo en el techo del templo, al día siguiente, se hallaron unas 130 perforaciones de bala, todas de francotirador.

El autor de esta crónica verificando los orificios de bala en las paredes exteriores del templo.

“Fue Jesús quien recibió las balas”

“El papa Francisco nos ha pedido”, comenta el padre Alvarado, “que las iglesias deben ser de puertas abiertas. Y en situaciones extremas como en la que estábamos, los templos sirven como lugares de refugio. Lo cierto es que en esta casa de la Misericordia ocurrió un milagro, porque la capilla del Santísimo, con el sagrario y la imagen del Jesús de la Misericordia, recibió todas las balas que no recibimos los jóvenes y demás personas que permanecimos tendidos boca abajo en el templo o en la casa cural”.

El hostigamiento fue, en efecto, permanente, con ráfagas intensas cada 15 o 20 minutos. No había luz. Los heridos, junto a otros 70 chavalos, se apretujaban en la casa cural. “Allí era fuerte el olor a sangre”, recuerda Sergio Marín. “Dos médicos luchaban por mantener vivos a los heridos. Una chica, con el muslo atravesado por una bala, estaba literalmente perdiendo un pie”.

Los valientes que defendían la entrada del parqueo parroquial se apostaron toda la noche en una barricada. “Armados” con bombas hechizas de media libra que lanzaban a través de un pequeño cañón, y con tubos artesanales de cuatro cargas que se detonaban al mismo tiempo (produciendo más ruido que daño), estos héroes mantuvieron a raya a varios cientos de policías y sicarios enviados por el régimen. De no ser por ellos y por las transmisiones en vivo que se producían desde la iglesia, la masacre habría sido pavorosa.

Solo Gerald Vázquez, de unos 19 años de edad, recibió un impacto certero en la cabeza cuando cumplía su misión de enlace entre el grupo de atrincherados y los que estaban en el interior de la parroquia. Eran poco más de las cinco de la mañana del 14 de julio. “Gerald ya no podía hablar cuando lo trajeron a la casa”, narra el vicario Erick Alvarado. “Parte de la masa encefálica estaba expuesta. El padre Raúl le dio la extremaunción, el perdón de sus pecados y murió en paz con Dios. Su muerte causó un gran impacto porque era muy querido por sus compañeros”.

La mediación de los obispos y del Nuncio Apostólico por fin tuvo su efecto. El régimen ordenó el cese al fuego y los sitiados pudieron salir de la Divina Misericordia y ser conducidos a la Catedral de Managua, a eso de las 8:30 a.m. Gerald Vásquez y Francisco José Flores, asesinado también por un francotirador en las afueras del templo, fueron las dos víctimas mortales de aquella embestida criminal. Al interior de la parroquia, milagrosamente, nadie fue herido.




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