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Editorial & Opinion

Buscando un líder

Eduardo Cálix / Embajador de carrera

sábado 17, marzo 2018 - 12:00 am

Los salvadoreños vivimos hoy un momento complejo. Desde hace décadas, hemos abrazado un modelo que dejó atrás la idea de que el Estado tenía que controlarlo todo. Hoy, aspiramos a ser los dueños de nuestro destino y creemos que nuestra voluntad, talento y perseverancia es lo que hace posible realizar nuestros sueños.

En este escenario, el Estado juega un rol fundamental para sus ciudadanos: utilizar correctamente los recursos que recauda fruto del esfuerzo de cada quien, y destinarlos a políticas públicas que garanticen la estabilidad económica, la igualdad de derechos y obligaciones, promover la generación de oportunidades, brindar servicios públicos de calidad, fomentar las buenas relaciones internacionales y procurar la buena imagen de El Salvador en el exterior.

Lo complejo surge porque históricamente ha habido aspectos en que el Estado no solo no ha cumplido con lo que se espera de él, sino que, en variadas ocasiones ha puesto trabas, dado la espalda o enviado señales negativas y ejemplos de un accionar que, salvo honrosas excepciones, ha desmotivado y confundido a ciudadanos que animados por un mejor porvenir, se levantan cada día para tratar de salir adelante.

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Y así, ocurre lo inevitable. De pronto se tiende a caer en la confusión de no saber si el esfuerzo vale la pena y por ende, algunos connacionales dejan de creer en la ley y el orden, en el deber de cumplir con sus obligaciones constitucionales, en el respeto a mínimas normas de convivencia, en la defensa irrestricta de la libertad, la tolerancia y las diferencias; y lo que es peor, en la tentación de dejar de luchar por su país y morir mientras se está vivo.

Por ello, en esta hora de profundas transformaciones, es que la voz del ciudadano parece unirse en un mismo reclamo: se busca un líder. Sí. Un líder dotado de voluntad y espíritu inquebrantable, capaz de conducir a su pueblo hacia un destino común por el cual todos estén dispuestos a sacrificarse para perseguirlo sin miedo ni límites.


Un salvadoreño que inspire y guíe a otros; que ayude a vivir en un país con menos incompatibilidades. Un realista, que entienda que los grandes problemas de nuestra sociedad solo tienen solución si Estado y población nos unimos para erradicarlos, con inteligencia, trabajo, entusiasmo, valentía y voluntad. Aquel que no pretenda insultar la inteligencia del salvadoreño, haciéndonos creer que existen fórmulas mágicas para solucionarlo todo.

Alguien que auténticamente crea en su gente y en sus potencialidades, que nos permita ejercer una democracia sin bozal, una participación política legítima y sin restricciones. Un líder cuyo ejemplo de vida le permita mirar de frente y dirigirse a su pueblo con firmeza, transparencia, pasión y responsabilidad, animándolo a soñar un destino distinto.

Un estadista que piense en el bienestar de las presentes y próximas generaciones. Que sepa mirar al pasado como lección, al presente como reto para no perderse en la búsqueda del futuro que demandamos. Un creyente de la justicia, capaz de proteger y respetar libertades y derechos individuales, y propicie la realización plena del ser humano.

Por ello, El Salvador necesita de aquella persona que tenga como principio rechazar la idea de la violencia como partera de la historia; la concepción de que la ley es un obstáculo que debe brincar para lograr sus objetivos; rechazar toda visión de estatismo absolutista, de poder concentrado; que trabaje incansablemente, pero que como humano pueda, como el dicho popular, “meter las patas” pero nunca las manos. Se busca un líder que transforme el desencanto en esperanza y la esperanza en realidad.

Ojalá lo tengamos pronto.




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