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Editorial & Opinion

Buscando un liderazgo

Eduardo Cálix / Embajador

sábado 8, julio 2017 - 12:00 am

Hace más de dos mil años, Isócrates sentenció: “No es el dinero ni el cargo lo que nos diferencia de los bárbaros, sino la educación y la cultura”. De acuerdo con los griegos, dichos atributos eran precisamente los asideros más importantes de su civilización, pues eran los procesos que en mayor medida humanizaban y preparaban para el ejercicio del gobierno y la administración del Estado.

Desde que surgieron las sociedades políticas complejas, se ha dado una permanente discusión sobre la relevancia del liderazgo del gobernante y acerca de las fuentes de su legitimidad. Max Weber comprendió la relevancia de este tema y dedicó una parte de su obra al análisis de los tipos de liderazgo.

Es cierto que el acceso y la permanencia en el poder dependen de la capacidad de liderazgo de quien gobierna; pero, por otro lado, la capacidad de gobierno se mide también por resultados. Cuando éstos son negativos para la sociedad, los liderazgos pierden fuerza y legitimidad. En esa lógica, es válido sostener que es muy difícil llegar y hacer buen gobierno sin liderazgo, pero lo es todavía más si no existen las capacidades de gobierno para atender y solucionar las demandas y las necesidades básicas de la sociedad.

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Dicho de manera simple: el liderazgo no alcanza para construir un buen gobierno y, a la inversa, un buen gobierno no puede construirse sin un liderazgo auténtico. Por ello, candidatos con aceptación popular sobresaliente pueden llegar a desvanecer las legítimas aspiraciones de una sociedad que les da su confianza para mejorar su condición de vida y, al contrario, candidatos que pueden ser medianamente aceptables para el ciudadano, pueden resultar extraordinarios gobernantes que suplen sus carencias carismáticas con la eficacia.

Si en una democracia consolidada, la aprobación de la población hacia sus gobernantes y su desempeño en el poder depende de los buenos resultados gubernamentales; en una democracia aún frágil como la nuestra, muchos salvadoreños claman por un liderazgo que produzca resultados positivos tangibles desde el inicio de la administración.


Reconstruir el escenario social y la credibilidad política en nuestro país requiere mucho más que innovaciones y posiciones individualistas. Para lograrlo se necesita capacidad, creatividad y visión de conjunto con el fin de propiciar una amplia convocatoria de todos los sectores de la sociedad, lo que exige de una profunda educación y cultura entendidas como ideal de diálogo y participación democrática.

Al final de cuentas, lo político no puede estar referido exclusivamente a los órganos de gobierno y la administración del Estado, sino a los valores éticos y principios que pueden darnos identidad y sentido compartido de un proyecto nacional que coadyuve a construir un país más libre, más justo, más humano.

En consecuencia, es importante llamar a la responsabilidad generacional de aprovechar el momento político electoral como una oportunidad para repensar, reconstruir y redirigir los pactos que nos identifican como nación, y generar nuevos acuerdos institucionales que impidan que la pobreza, la falta de educación, la marginación y el desprecio a las instituciones democráticas, se perpetúe como destino inevitable para nuestra sociedad.

Por ello, El Salvador necesita de hombres y mujeres que tengan como principio rechazar la idea de la violencia como partera de la historia; la concepción de que la ley es un obstáculo que debemos brincar para lograr nuestros objetivos; rechazar toda visión de estatismo absolutista, de poder concentrado, de presidencialismo omnipotente; funcionarios que trabajen incansablemente, pero que como humanos pueden, como reza el dicho popular, “meter las patas” pero nunca las manos. Se busca un líder que transforme el desencanto en esperanza y la esperanza en realidad.




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