Editorial & Opinion

Cabal dijo Varela y el caso Funes

Armando Rivera Bolaños / Abogado y Notario

miércoles 13, junio 2018 - 12:00 am

Contaba mi padre que en tiempos del general Maximiliano H. Martínez, de grata recordación, había en San Salvador un administrador de Rentas de apellido Varela, encargado de pagar salarios a empleados públicos y profesores, además recibir los impuestos de la venta de licores. Como es sabido históricamente, durante el largo período de Martínez, la corrupción derivada del latrocinio, es decir, el saqueo de fondos públicos para beneficio particular, fue un crimen pocas veces visto, ya que era duramente castigado por aquel militar. Pero, en cierta ocasión, le llegaron informes que el administrador antes mencionado, se “birlaba” sus colones para su provecho, hasta el punto de comprarse un carro de la época, que fue la demostración palpable de que estaba robándole al erario público. Con su característica sencillez y voz de tono suave, citó al administrador de marras y le dijo más o menos lo siguiente: “Tengo informes de que usted ha robado dinero en su trabajo por tal cantidad. Le doy a usted tres horas para que entregue en la Tesorería General toda esa cantidad… o lo mando a fusilar por ladrón”.

El hombre nervioso, salió apresurado en su vehículo a las oficinas de la Administración de Rentas, ubicadas al costado oriente del Palacio de la Policía Nacional (como hasta ahora). Hora y media después, salió con unas bolsas repletas, pero solo con monedas sueltas de níquel. Y en vez de llegar a la Tesorería General, cuyo bello edificio de madera, tallada con adornos, estaba a inmediaciones del Palacio Nacional, el sujeto tomó rumbo de nuevo a Casa Presidencial y, acercándose a uno de los secretarios del mandatario, puso las bolsas encima de su escritorio y le dijo: “Aquí regreso el dinero que le habían comunicado al general que yo me he robado. Está cabal”. E incontinenti, salió rápido, tomando rumbo para Honduras. Informado el general Martínez, ordenó a un tenedor de libros (los contadores actuales), que contabilizara aquel montón de monedas. La cantidad no cubría ni siquiera un tercio de lo supuestamente robado, pero con las deficiencias del servicio telegráfico de aquel lejano ayer, cuando la orden de captura llegó a los puestos fronterizos, ya el funcionario corrupto estaba a salvo en territorio hondureño. Desde entonces quedó en el léxico salvadoreño la frase “Cabal, dijo Varela, pero faltaba un montón”.

Estamos, una vez más, ante un hecho grave de latrocinio, concepto derivado del latín para referirse a un delito especial consistente en el hurto, desvío o saqueo de los dineros del tesoro público, atribuido al expresidente Carlos Mauricio Funes Cartagena y un grupo cómplice bien identificado, entre los cuales figuran exfuncionarios, amigos, abogados, parientes por consanguinidad y afinidad, completando el “staff” de testaferros con varias excompañeras y la actual viajera sentimental, residente con el imputado en Nicaragua, de quien informa el Ministerio Público se hizo dos cirugías estéticas, por un monto de 60 mil dólares, suficiente para haber dotado al hospital Rosales de algunos insumos necesarios para atender pacientes. En total, hasta el momento de redactar esta columna, la Fiscalía General de la República, a quien felicitamos y apoyamos en todo momento, ha descubierto un latrocinio de…¡trescientos cincuenta y un millones de dólares! Este robo, un auténtico saqueo, es incluso superior al reciente préstamo aprobado legislativamente, para destinarse al área de salud y que proporcionará el Banco Interamericano del Desarrollo (BID). De corroborarse judicialmente este ilícito, pasará como uno de los hechos más vergonzosos y denigrantes en el país, cuando debido al auge delincuencial, gran porcentaje de hogares viven sumergidos en problemas de arraigo, hogar digno, trabajo y asistencia social, que contradicen a una abundante y costosa publicidad llena de falencias y demagogia.

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¿A quién culpar de que gobernara el asilado? Pues a la ciudadanía, históricamente carente de madurez política. Seguimos, como ovejas, las voces engañosas de “redentores sociales”, que crean artificiosamente, por años, una imagen de nitidez moral y política, pero cuidándose de traslucir sus ambiciones bastardas y mezquinas, para terminar de hundir en la desesperación y miseria a las clases más necesitadas del país. Ignoro si Funes en un tribunal civil anterior les dijo a los jueces: “Aquí entrego mis cuentas. Está cabal”.




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