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Editorial & Opinion

Carta abierta a los nicaragüenses

Federico Hernández Aguilar / Escritor

viernes 25, mayo 2018 - 12:00 am

Hermanos: Como yo, miles de salvadoreños quisieran abrazarles en este duro momento por el que atraviesan. La libertad, ya lo sabemos, se paga a un precio muy alto cuando se pierde, y ustedes están siendo hoy las víctimas más recientes de esa ola de regímenes autoritarios que han destrozado a media América Latina.

Pero el motivo de esta carta no es solo para solidarizarme con su lucha y tributarles mi reconocimiento por el ejemplo de valentía y dignidad que están ofreciendo al mundo. En esta oportunidad quiero ser portavoz de una disculpa pública por la complicidad de nuestro gobierno, el gobierno de mi país, con el despotismo de Daniel Ortega.

La administración que desde el año 2014 encabeza –aquí no sabemos si en verdad lidera– el profesor Salvador Sánchez Cerén se ha declarado a favor del orteguismo siempre que ha tenido oportunidad. De hecho, al menos en dos momentos muy concretos, me consta que voceros gubernamentales hicieron ofrecimientos a líderes empresariales salvadoreños para que vieran en Nicaragua un “modelo” a seguir, refiriéndose a los acuerdos innobles que el COSEP lograba con Ortega y en virtud de los cuales él permitía hacer negocios mientras le dejaran terminar de desmantelar la institucionalidad democrática.

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Pues bien, desde que la crisis de abril demostró la inviabilidad del orteguismo, nuestro gobierno ha tenido que hacer malabares retóricos para simular lo que realmente piensa. Para ellos, desde luego, ninguna salida a la debacle nicaragüense debe incluir la salida del poder de la pareja presidencial. En un comunicado vergonzoso, la administración Sánchez Cerén expresa “su alegría por el inicio del diálogo en Nicaragua” y anima “al gobierno y a la oposición a avanzar en las reuniones hasta lograr los acuerdos que devuelvan la estabilidad y prosperidad que caracterizan a su país”.

Identificar como “oposición” a los patriotas nicaragüenses (sobre todo a los jóvenes) que han derramado su sangre reclamando la libertad ya es, en sí mismo, un despropósito mayúsculo. Pero agregar a ello que “estabilidad” y “prosperidad” han sido la norma en Nicaragua, como si las multitudinarias manifestaciones en todo el país no fueran expresión viva de lo que se escondía detrás de esas “características”, demuestra la extremada ideologización con que el gobierno salvadoreño observa los acontecimientos internacionales.


Por supuesto, si algo une a los autócratas del siglo XXI en nuestro continente es su inmunización frente a la historia, tanto la pretérita como la que acontece delante de sus propias narices. Están vacunados contra las evidencias. Como diría un viejo marxista, “si los hechos me desmienten, los hechos se equivocan”. Una turba de globalifóbicos en Nueva York simboliza una lucha justificada, pero decenas de venezolanos masacrados en las calles de Caracas se convierte, por arte de magia, en “legítima defensa contra el imperialismo”.

Si mañana se lanzaran a las plazas miles de estadounidenses pidiendo la renuncia de Donald Trump, aquí nuestro gobierno aplaudiría la efeméride como una “expresión válida del descontento social”; si cientos de miles de nicaragüenses marchan contra Ortega, copando las principales arterias de las principales ciudades, aquí se les califica de “oposición”, instándoles a sentarse a “dialogar” para retornar a la “estabilidad”.

Afortunadamente, ya Léster Alemán le dijo en su cara al déspota de qué se trata el “diálogo” cuando le ha precedido la sangre. Ninguna estabilidad social debe pagarse al precio que ya pagaron ustedes, los patriotas nicaragüenses. Y quienes fueron responsables de elevar ese precio, con la pareja Ortega-Murillo por delante, simplemente están obligados a irse.

Perdón, hermanos, una vez más, por la complicidad de nuestro gobierno con el régimen que les oprime. Pero sepan que los salvadoreños, en su inmensa mayoría, no nos sentimos representados por quienes aplauden a sus represores. Vaya para ustedes, desde aquí, un abrazo de solidaridad, respeto y admiración.

Posdata: Por allá tiene Ortega bajo su regazo a un expresidente que quisiéramos de vuelta en El Salvador. No es que lo extrañemos; es que nos debe muchas explicaciones a los salvadoreños.




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