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Editorial & Opinion

Carta al presidente Trump

Armando Rivera Bolaños / Abogado y notario

miércoles 20, diciembre 2017 - 12:00 am

Le escribe probablemente el último de los salvadoreños, pero con mucha seguridad, soy el primer ciudadano de El Salvador que expresa públicamente su afecto y respeto por usted, sin esconderme en un puesto gubernamental, ni en buscar pretextos hipócritas para recibir de usted una prebenda especial para mi persona. He decidido hacerlo de esta manera, para que todo el pueblo salvadoreño conozca que me dirijo no solamente al hombre más poderoso del planeta, sino al mandatario franco que ha sabido atesorar una fortuna, gracias al dinamismo de su espíritu emprendedor y de comulgar con la libertad de expresión y la democracia en general.

Asimismo, es la oportunidad para hacerle un recordatorio del grado de afinidad que los salvadoreños, en particular, y centroamericanos en general, guardamos por la Nación estadounidense desde lejanas épocas que posiblemente usted nunca conoció en su preparación educativa al respecto, por ser nosotros habitantes de naciones sujetas al arbitrio de las decisiones extranjeras, gracias al poco empuje a la educación colectiva y a la política corrupta que ha sabido salir airosa en nuestros países, todo lo cual nos ha retrasado en comparación a países como su patria.

En efecto, señor presidente Trump, la independencia centroamericana, iniciada y mantenida por próceres salvadoreños desde el 5 de noviembre de 1811, hasta culminar el 15 de septiembre de 1821, estuvo motivada por tres grandes eventos: la independencia de los prístinos Estados Unidos de América; la Revolución Francesa y los movimientos de independencia en América del Sur. Posteriormente, cuando éramos ya naciones independientes de España, un reino que nos mantuvo colonizados por casi tres siglos, un Emperador mexicano, Agustín Iturbide, quiso anexarnos a México con el uso de la fuerza militar y los próceres. Junto al pueblo salvadoreño decidieron que antes de ser anexados a México, nos íbamos a constituir en OTRO ESTADO DE LA UNIÓN AMERICANA.

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Ese acuerdo unánime fue aprobado en 1823 y al efecto se mandó hacia Washington una delegación de varios funcionarios salvadoreños que, por las dificultades del transporte, llegaron a su país cuando ya el emperador Iturbide había sido derrocado; por ese cambio de condiciones políticas, nuestra decisión de que El Salvador fuera un Estado más de la Unión americana se frustró entonces. Pero con este hecho histórico quiero demostrarle, presidente Trump, que el afecto, la simpatía y la admiración por los Estados Unidos de América no es un hecho reciente, o que lo haya impulsado la dura guerra civil que el comunismo alentó y que nos asoló por doce años, tampoco simpatizamos por  las condiciones de violencia para buscar refugio en su tierra. No. Nada de eso es cierto. Nosotros los salvadoreños guardamos simpatía y aprecio por ustedes los estadounidenses desde hace más de …¡doscientos años! Es oportuno y saludable recordarlo.

A principios del siglo XX, cuando Estados Unidos tomaron bajo su cargo concluir el Canal de Panamá, la mano de obra abundante, económica y tenaz, que fue capaz de soportar los mosquitos transmisores de fiebre amarilla, fue aportada por obreros de El Salvador, que dejaron familias y se embarcaron hacia el Istmo panameño a trabajar, hombro a hombro, en jornadas agotadoras con los estadounidenses, para abrir exitosamente esa vía interoceánica que perdura hasta la fecha. Después de la I Guerra Mundial, cuando el presidente Wilson propuso la creación de la “Sociedad de Naciones”, uno de nuestros juristas internacionales, el doctor José Gustavo Guerrero, fue de los primeros abogados en formar parte de la Corte Internacional de Justicia, con sede en La Haya, Holanda. Y quiero concluir esta narración, presidente Trump, recordándole que cuando estalló en 1939 la Segunda Guerra Mundial, los salvadoreños se alistaron por centenares en las diferentes ramas de las Fuerzas Armadas estadounidenses en defensa de la libertad y la democracia. El valor del soldado salvadoreño, con uniforme estadounidense, quedó evidenciado en numerosas batallas históricas tanto en Europa como en el lejano Pacífico asiático, epopeya que se repitió en 1950 cuando Corea del Norte invadió a Corea del Sur. Ojalá mi carta motive un cambio de actitud hacia mis hermanos que viven esperanzadas en una sabia decisión suya. También se la solicito. Gracias, presidente Trump.





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