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Editorial & Opinion

Cartas a la juventud: Valoración de la política

René Fortín Magaña / Instituto Iberoamericano de Derecho Constitucional, El Salvador

viernes 23, marzo 2018 - 12:00 am

Queridos jóvenes:

Les habla un sobreviviente de uno de los siglos más tenebrosos de la historia; y lo hace, pensando que siempre hay algo que decir desde este bello, pequeño y querido rincón del mapamundi. Un país bañado por las olas del océano Pacífico, en el puente geográfico que une las dos Américas, al cual Salarrué negó infructuosamente llamarlo con profundidad emocional en su célebre invectiva “Carta a los patriotas.”

La palabra “patria”, que enaltece nuestro metro cuadrado de tierra y nos acompaña por toda la vida, terminó por prevalecer gracias a la pluma de otro de nuestros grandes hombres, don Alberto Masferrer (tan injustamente golpeado por Roque Dalton), creador don Alberto de obras tan inspiradoras como el “Dinero Maldito”, “¿Qué debemos saber”?, “Las siete cuerdas de la lira” y, sobre todo, su “Míninum vital”.

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En su hermoso libro “El Espectador”, don José Ortega y Gasset, a quien no podría negársele claridad y coraje, llama a la política “pensar utilitario.”  Y agrega: “Situada en su rango de actividad espiritual secundaria, la política o pensamiento de lo útil es una saludable fuerza de que no podemos prescindir… mas, cuando la política se entroniza en la conciencia y preside toda nuestra actividad mental, se convierte en un morbo gravísimo. La razón es clara.  Mientras tomemos lo útil como útil, nada hay que objetar, pero si esta preocupación por lo útil llega a constituir el hábito central de nuestra personalidad, cuando se trate de buscar lo verdadero tenderemos a confundirlo con lo útil.  Y esto, hacer de la utilidad la verdad, es la definición de la mentira”.

Para nada estoy invitándolos a que abandonen la política.  No.  Solo estoy apoyándome en los grandes filósofos para que la utilicen como vibrante instrumento de acción para la superación de nuestro país, y no sólo como vehículo de defensa de intereses subalternos de toda clase, situando sobre ellos el bien común y el interés general. Sobre la política está la ética, y la axiología, constelación de valores en la cual luce el derecho con todo su esplendor, sustentado en la justicia, la libertad y la seguridad.


¡Pamplinas! Dirán los avezados políticos de viejo cuño que pueblan el escenario de nuestras instituciones.  La política no debe estar al servicio del derecho –agregarán– sino al revés, el derecho debe estar al servicio de la política, tal cual los “presidentes” para quienes la Constitución es una mera hoja de papel.

¿Con qué potestad? ¿Con qué privilegio? ¿Con qué representación me atrevo a dirigirme a la juventud? Con ninguna. Soy un ciudadano corriente de la llanura que trata de apoyar las buenas causas de la creciente sociedad civil.  Ahora bien, como las circunstancias me han situado en medio de esporádicos episodios de nuestro suelo, he tenido la ocasión de protagonizar algunas o dar fe de hechos importantes de nuestra historia reciente.

Paso mis mejores horas hábiles en el medio académico y ¡Con qué gusto veo transitar a chicas y chicos con su mochila al hombro cargada de libros y su mágico teléfono en la mano ingresando con fruición a las sendas de Minerva!  Las Universidades de hoy, ofrecen un amplio abanico de carreras que amplía los horizontes culturales de la juventud para que un día reine en nuestra patria, en vez de los corruptos, la única jerarquía aceptable: la espontánea aristocracia del talento y de la probidad, no impuesta por las armas, como quería Platón, sino por medio de la superación personal.

Como pienso lo que digo, digo lo que pienso. Confieso que no me gusta nada lo que está sucediendo en la actualidad con esa piñata de la presidencia anticipada desde hace más de un año. No sólo por razones legales, sino porque nos hace dudar si a estas horas, ya adelantado el nuevo siglo, estamos avanzando o retrocediendo en la clara normativa del Derecho Electoral. Las elecciones legislativas son vitales para la salud del país y del Órgano Judicial. No queremos magistrados como los de Venezuela, de Bolivia y de Honduras, sino profesionales de los que nos hablaba don Ángel Osorio y Gallardo desplegando el alma de la toga.




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