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Editorial & Opinion

Con votos o sin ellos, abortamos

Aura Jarquín / Antropóloga Política auricjar@gmail.com

jueves 31, agosto 2017 - 12:00 am

Es dura toda legislación que condena la interrupción voluntaria o forzada de un embarazo planificado o no deseado. Fácilmente los tribunales salvadoreños dictan 30 años para que las abortistas aprendan la lección en el oscurantismo, muy lejos de los penes durante el resto de su período fértil.

No importan los argumentos, simplemente aquello, interrupción/alivio para un bando o asesinato/culpa para el otro, no debió suceder. El castigo debe ser ejemplar como exigen legisladores, profesionales de la salud, religiosos y vecinos.

A diario, familias y comunidades educativas son cómplices de abusos sexuales que no se atreven a denunciar para no inmiscuirse en problemas íntimos. A diario, los vecinos niegan ser testigos de desapariciones o crímenes de menores que vieron crecer y morir a pocos metros de su casa, pero callan frente a la autoridad para no involucrarse en asuntos privados.

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¡Ah!, pero qué valentía cuando se trata de un feto. No les alcanzan los dedos para señalar a las panzonas sospechosas, denunciarlas y disfrutar el heroísmo con un rescate de fosa séptica, mientras hunden a la parturienta en otra bastante parecida. Y ni hablar de los profesionales de la salud incapaces de denunciar mala praxis sistematizada entre colegas de planilla, pero muy ágiles para llamar a la policía, mientras documentan el expediente clínico de la paciente que salvaron de una muerte por hemorragia para que se pudra en la cárcel por homicida.

Una y otra vez, las organizaciones feministas recuerdan que las únicas víctimas de esta legislación son mujeres marcadas por la pobreza y otras vulnerabilidades asociadas que les impiden el pleno derecho a decidir, empezando por sus propios cuerpos. Su lucha pública se agradece porque fortalece la resistencia clandestina que continuará con los votos o sin ellos para aprobar reformas que, lastimosamente, no superan todas las barreras socio-económicas ni culturales.


Salvadoreñas que entre sus mayores carencias se cuenta una valiosa red de apoyo que, por ejemplo, le asista antes, durante y después de un embarazo no deseado, porque finalmente el aborto es una práctica aprendida y entendida entre mujeres. Un proceso diverso que no necesita aprobación de hombres, parejas estériles, adoptados exitosos, medios de publicidad o de un Estado laico cuya Policía borra grafitis para sustituirlos con textos bíblicos.

El aborto es parte de la crianza para quienes recuerdan con atención, sin prejuicios. Guardianas de la tradición se enfrentan a la cultura dominante empeñada en mantener las diferencias entre mujeres, machacando la sororidad en bienestar del patriarcado. Afortunadamente ninguna relación de poder es estable las 24 horas del día o extrapolable a todos los ámbitos con la misma intensidad. Y en intermitencias es donde muchas sobreviven. La mayoría.

El aborto, como cualquier otro saber del patrimonio intangible, continuará transformándose. Actualizándose, a favor o en contra de la política, economía y religión. La red de apoyo continuará asistiendo en la clandestinidad a las mujeres que sufren complicaciones en su embarazo deseado o las que no quieren terminarlo para que ninguna de ellas cambie el domicilio de su prisión con techo de cristal.

En datos duros, nada de qué preocuparnos. El aborto de la clase alta en el extranjero progresista es legal, el de la clase media en hospitales o clínicas privadas es legítimo. Sólo falta el acceso legal y gratuito para las mujeres más pobres, más jóvenes, más excluidas, más abusadas, más aisladas, más propensas a todos los riesgos que conducen a diferentes cementerios en que se acostumbra enterrarlas.

Entre nosotras ninguna pregunta ¿por qué?, simplemente no importa, las razones sobran como las mamas luchonas en el PIB. El cómo, cuándo, cuánto y dónde, es tan crucial como la atención de cicatrices.

Quienes creen que el aborto es una elección políticamente incorrecta desde el útero hasta la papeleta, deberían reconsiderar el poder de una antiquísima complicidad cultural capaz de sumar votos desde la privacidad de la urna donde todos y nadie tiene la culpa.




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