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Editorial & Opinion

Cortando el oxígeno de la libertad de prensa

Sherman Calvo / Publicista

viernes 21, julio 2017 - 12:00 am

La libertad de expresión, de prensa, no sólo es asunto de los periodistas, de los comunicadores sociales, nos concierne a todos; de lo contrario, las consecuencias serían catastróficas porque nos llevarían después a que los ciudadanos no podríamos opinar, escribir, investigar, cuestionar, proponer abierta y libremente sobre los actos del régimen e incluso sobre nuestra propia existencia.

No es restringiendo las libertades, como fortaleceríamos a nuestra embrionaria democracia. Es con la participación de la ciudadanía que genere debates democráticos, profundos, propositivos, convocando, de ser posible, a todas las instancias sociales para construir una libertad con responsabilidad, que es necesaria porque así es la vida misma.

La prensa seria, responsable, bien intencionada, ha permitido y nos permite conocer las desviaciones del poder, que es bueno y justo reconocerlo. La prensa no puede ser incondicional ante nadie peor ante ningún régimen de turno, ni ceder a las tentaciones del poder para satisfacer los caprichos insaciables de cualquier gobierno. Los medios de comunicación deben tener la sabiduría suficiente para conocer y reconocer sus errores, sus imperfecciones; corregirlos y superar las imperfecciones cauterizándolas con más y mejores libertades responsables, con autorregulación.

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El poder político no debería ver a los medios de comunicación como sus verdugos o enemigos, más bien, debería tener la apertura necesaria, para garantizar el libre discernimiento. Los medios de comunicación serían el termómetro perfecto para medir la capacidad de tolerar, de escuchar, de disentir, de dialogar, de respuesta, de prudencia, de humildad, de sabiduría, de consensos que tendría el poder frente a la opinión pública y entre los ciudadanos. Todo esto nos permitiría tener un ambiente de armonía, de reencuentro en la diversidad de las libertades.

La verdadera prensa, está para aplaudir las acciones positivas de los gobernantes, y también para hacerle sombra al poder, con preguntas impertinentes, con editoriales atrevidos. Los líderes auténticos no deberían extrañar aquello, es preferible conocer una crítica, que el halago hipócrita de ciertos asesores, adulones a los gobernantes, para alimentar sus egos, repletos de delirios de poder.


Por supuesto, la prensa debe guiarse por valores éticos y de principios honestos, coherentes, íntegros, transparentes, a fin de que sean el referente de credibilidad, de objetividad, de independencia, de imparcialidad, de un verdadero pluralismo democrático. Así entenderíamos que los medios de comunicación no sólo están para denunciar las torpezas y los desvaríos del poder, convirtiéndose en fiscalizadores de los actos de todos los gobiernos, sino que deben generar espacios de opinión, de reflexión, mirando con un rostro humano, sensible a la problemática de la gente empobrecida, constituyéndose así, en la conciencia y confianza social de todo el país. Quienes odian la libertad de prensa es porque erróneamente considerarían que confabulan contra su obsesión de tener todo bajo control, lo que, consecuentemente, conspiraría contra nuestra inmadura democracia.

Preocupa que un gobierno se crea el dueño del poder, de la voluntad popular. Por eso, desatinadamente, creen que así tienen la autoridad para desenredar la madeja cortando el oxígeno de la libertad de prensa y lo único que consiguen es enredarnos más. Indigna también que se ufanen diciendo que SINAPREV es por amor al país, que lo que pretenden con el artículo 30 de ese proyecto de ley “es para no afectar la salud mental de la población”.

Eso le hace falta a los gobiernos, mirarse hacia dentro sin temor, como una especie de catarsis, de desahogo, de liberación, que también nos hace falta a todos. Es imperioso lo hagan, si deseamos un cambio positivo, optimista que trascienda hacia la liberación del poder que es también la sanación mental, espiritual de nuestra amenazada sociedad latinoamericana.




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