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Editorial & Opinion

De Chávez a Ortega

Juan José Monsant Aristimuño / Exembajador de Venezuela en El Salvador

sábado 30, junio 2018 - 12:00 am

A raíz de la ruptura del pacto de gobernabilidad surgido entre el gobierno de Daniel Ortega y el empresariado nicaragüense, desde que asumió la Primera Magistratura en el 2007 (segunda era), hasta el mes de abril del presente año, cuando se iniciaron las primeras protestas públicas de la sociedad civil ante las continuas arbitrariedades de la dinastía Ortega-Murillo, se han producido hechos que han conmovido a la sociedad nicaragüense y a la comunidad internacional. Hechos que trascienden al origen que dio lugar a la primera protesta, cual fue cambios en los porcentajes de contribución del empleador y del empleado, así como de los jubilados en el Seguro Social.

La seguridad que otorga el ejercicio del poder omnímodo, el saberse por encima de la ley les hizo despreciar aquella inesperada protesta; reaccionaron  con violencia desproporcionada contra los hombres y mujeres de la llamada tercera edad, que solo exigían no les menguaran su exigua pensión. Lo demás, a partir del pasado 19 de abril, es historia conocida.

Se ha dado en hacer un paralelismo inevitable con lo que sucede en Venezuela, y hasta comparaciones incomprensibles en cuanto al número de muertos en determinado espacio de tiempo, como si estuviésemos contando cuantos goles ha metido Messi y cuántos más Cristiano Ronaldo. Claro que hay semejanzas, la naturaleza criminal de los dos regímenes, el desprecio absoluto por los valores democráticos, la incondicionalidad al castrismo, esa convicción absolutista degradante que los lleva a sumergirse en la esquizofrenia de la designación mesiánica, el nepotismo y el enriquecimiento ilícito, en la seguridad de la impunidad.

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Hay otras, el desmantelamiento de las instituciones, soslayar el orden legal, sintonía con autocracias y dictaduras, involucramiento en el narcotráfico, el armamentismo, la creación de colectivos armados entrenados en Irán y Cuba, el uso de francotiradores para disolver protestas, violación masiva de los derechos humanos y, como siempre, la identificación de los intereses del Estado con los del partido y el líder, lo que al final concluye en que los intereses de la dinastía Ortega-Murillo o los de Maduro-Flores los confunden con los del país, la nación, el Estado.

Pero existen diferencias importantes y sensibles entre los dos regímenes. En la Venezuela de Chávez y ahora de Maduro, sometida al protectorado de la tiranía cubana, el proceso se inició con la destrucción de la producción nacional, confiscaciones, estatizaciones, invasiones de fincas, viviendas y fábricas, absorción de la banca privada, demonización del empresariado, y el abierto desafío a Occidente y sus valores políticos y culturales, para sellar alianzas con países y movimientos generadores de inestabilidad, ya sea por el terrorismo, el trafico de drogas, armas y lavado de dinero, o todos ellos en conjunto.


Uno de los primeros objetivos de Chávez, fue la destrucción de las Fuerzas Armadas, les cambió el nombre, el uniforme, los himnos, las consignas (“Patria, Socialismo o Muerte”), los rangos, los colocó en cargos públicos, los corrompió, castigó, desmoralizó, apresó, exiló, y las convirtió en el brazo armado del partido. Algo que no ha sucedido del todo en Nicaragua, por su experiencia en estas lides, de Guardia Nacional a Ejército Popular Sandinista y de allí a Ejército de Nicaragua.

Ortega partió de otro esquema, supo de la influencia que ejercía su nombre y el de FSLN en la psiquis de Chávez. De allí ALBANICA y los más de cinco mil millones otorgados sin control presupuestario, que lograron crear uno de los holding económico familiar (Ortega-Murillo) más importantes de la región.

Otra diferencia fundamental y actual, ha sido la Mesa de Diálogo surgida a raíz de los asesinatos desbocados ordenados por la dinastía Ortega-Murillo. Allí no se sentó ningún partido político a negociar parcelas, sino la sociedad civil sufriente: empresarios, estudiantes, campesinos, CEN, académicos, con un fin único: Cese de la represión, eliminación de cuerpos paramilitares y adelanto de las elecciones presidenciales; y allí están plantados.




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