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Entretenimiento

De “La forma del agua” al “romanticismo del toro”

Por: Atilio Flores

miércoles 14, febrero 2018 - 6:17 pm

Por: Atilio Flores
Calificación: 4/5

Naufragar en las profundas aguas del amor, es algo que yace en los instintos del hombre, pero la construcción del paraíso terrenal al enfrentar nuestros miedos es lo que nos diferencia de ser los monstruos que habitan en nosotros.

“La Forma del Agua”, nos muestra un tema que ha sido contado incansables veces y de diversas formas, pero Guillermo del Toro lo lleva a un nivel que transporta hacia el realismo mágico. Una esencia dulce que debe de ser producto de la rima más elocuente del romanticismo puro.

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“The Shape of Water” es una hermosa poesía audiovisual que decanta por recordar los más íntimos sentimientos del hombre en la era moderna y sobre todo por llegar a reencontrarnos con nuestra verdadera naturaleza.

La historia nos plantea cómo la vida de Elisa Esposito se transforma, de ser rutinaria como una simple conserje muda en una estación del gobierno a sucumbir por el amor de un extraño ser, un anfibio humanoide a quién el gobierno ha capturado y planea estudiarlo para tomar ventaja en plena Guerra Fría.


El romanticismo aquí es donde juega la entrañable danza del amor por lo prohibido, al romper las normas de lo establecido, y es donde todos los personajes que convergen en la historia buscan ser complementados, llenando los vacíos que sus vidas acarrean.

Sally Hawkins como Elisa, representa sin embargo la encarnación del amor en sí mismo. Un amor que choca y fricciona con lo aparentemente “normal”, devolviéndonos el verdadero concepto del mismo, él cual rompe con cánones y restricciones, aquel que se está dispuesto a dar a todos sin excepción. 

Guillermo del Toro rescata fervientemente cada detalle de la época que nos presenta dentro de la cosmovisión del estadounidense promedio a mediados del siglo pasado. Esa lucha por la hegemonía política de la Guerra Fría; el sueño americano con el estereotipo de la familia perfecta; la decadencia de los valores entorno al racismo y la homofobia; una epopeya de la transición de lo antiguo a lo moderno, de cruzar la zona de confort a un nuevo estadio.

Cada personaje manifiesta y refleja esa agonía, cómo esos ideales de la época convergen en asesinar a la humanidad que yace en ellos con el fin de encajar en un mundo artificial.

La criatura manifiesta sólo la capa externa, ese simbolismo de que “no se puede vivir fuera el agua” y de que no está en su “hábitat natural”; pero al mismo tiempo los personajes se encuentran en ese dilema, de seguir sus vidas “cotidianas”, esas que el mundo les obliga a vivir, o de ser la diferencia y adaptarse para sobrevivir a la cruda realidad que enfrentan y obtener su ansiada libertad.

La nostalgia dentro del filme impregna una sensación que conecta inmediatamente con el pasado, pero no de una forma tediosa dándonos lo mismo de siempre, sino en un discurso que lo lleva a un siguiente nivel, de revelar la psiquis humana sin aquel tapujo de tabúes que le viven atormentando y no le dejan de ser libres.

Algo que hace la película inolvidable es la construcción de sus personajes. Sally Hawkins interpreta a un personaje sencillo, “inocente”, lleno de un amor creíble, algo dulce a la vista, sin perder un ápice de elegancia en toda la película. Mientras Michael Shannon encarna a un formidable villano que, con cada fibra de su ser, logra crear un sentimiento de odio por parte de la audiencia; siendo lamentable que no se le otorgase la nominación al Oscar como Mejor Actor de Reparto.

Octavia Spencer, por otra parte, se siente que está cayendo en la redundancia de interpretar siempre el mismo papel en todas sus películas, aunque no por ello deja de ser simpática y robarse la comedia en sus papeles, desarrollando una empatía nata con el público con sus
diálogos cargados de sensatez y de la forma más seca: “Al matrimonio le salvan las mentiras”.

La historia por momentos mágica y por otros poco creíble, es un deleite audiovisual enriquecida con la fotografía de Dan Laustsen, combinando una paleta de colores que van desde el color cielo y el ártico, pasando por el verde azulado, el océano, cerúleo y pavo real, matizado con verdes y marrones que juntos conforman un descanso visual placentero, como si de un sueño se tratase.

El diseño del monstruo basado en el mítico “Monstruo de la Laguna Negra” de 1954, muestra una forma única, bella en color y forma —más a lo Del Toro—, así como también goza de una buena interpretación gracias a Doug Jones; siendo junto a Hawkins dos personajes que transmiten toda la carga emocional del filme simplemente con gestos y expresiones, logrando una manifestación auténtica de sus sentimientos de forma shakespeariana.

Similarmente, otro elemento rico dentro del filme es su banda sonora que arrulla a medida el cuento de Guillermo del Toro es narrado; matices que reflejan una sensación parisina y al mismo tiempo sin olvidar el terruño latino, un trabajo muy bien logrado gracias a Alexandre Desplat, quien ha sobresalido con sus temas en producciones excéntricas como “El Curioso caso de Benjamin Button” y “El Gran Hotel de Budapest”.

Asimismo, “La forma del Agua” se transforma en un homenaje de Guillermo del Toro al cine clásico de monstruos, a los musicales, al cine religioso y al de ciencia ficción convergiendo en una película que traspasa la frontera de la fantasía y el melodrama, volviéndose una constante que perdura hasta nuestros días con su mensaje de tolerancia a lo desconocido.

Dentro del romanticismo que deja su historia, probablemente le hubiese sentado un toque más realista y trágico tal como la vida es, no obstante, el hecho de que Del Toro termine su filme de otra manera, es para enfatizarnos que el mundo se hace a como nosotros deseamos, y que a través de nuestras derrotas y fracasos se puede seguir al frente.

Refrescando, a su vez, lo onírico, lo sutil, la esencia dentro de lo cursi, de qué el amor puro siempre prevalecerá ante cualquier sentimiento, incluso ante el frío raciocinio que como humanos nos jactamos tener, más allá del morbo y del especismo.

“La Forma del Agua” nos evoca a recordar la particularidad de nuestros miedos; esos que transportamos y llevamos arrastras por todas partes, esos que no nos dejan brillar, pero que  debemos dejar escapar y que las corrientes del agua las arrastren lejos de nosotros,
mientras se consigue ver el nacimiento de un clásico del cine.

 




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