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Editorial & Opinion

De las abstenciones

Juan José Monsant Aristimuño / Exembajador venezolano en El Salvador

sábado 24, junio 2017 - 12:00 am

Según la Real Academia de la Lengua Española, Abstención se define como: “El hecho de apartarse de un procedimiento administrativo o judicial, por tener alguna relación con el objeto o con las partes que intervienen”. Muy claro este concepto, pareciere extraído de un Código de Procedimiento Mercantil. Es normal, por eso se recusan los jueces, cuando existe una relación que pueda comprometer la decisión a tomar.

También existe la abstinencia, que es una forma de abstención, por razones religiosas, morales o filosóficas. Por ejemplo: la abstinencia sexual es una decisión libremente tomada, o impuesta como requisito para ser parte de alguna congregación. Los católicos conocen mucho de ella porque aún la siguen discutiendo; igual que el ayuno, que es una forma de abstención y de abstinencia. En ambos casos es una expresión de control del espíritu sobre la materia, de la mente sobre el cuerpo, para ejercer el dominio de nuestros instintos.

Otra expresión de la abstención tiene que ver con la moral y la ética, que se practica mucho en las relaciones internacionales y diplomáticas, a veces en discusiones familiares o empresariales. Es una manera de quedar bien con todos, sin molestar a nadie. Es decirse: eso no es mi problema; mejor hacer un llamado a la paz, al diálogo, a la solución pacífica de los conflictos, al bienestar de los pueblos y bla, bla, bla. Es una especie de gelatina o flacidez espiritual, una ausencia de bizarría. Pero más tenebrosa aún, es aquella que se parcializa en una decisión cerrada absteniéndose de votar, para aparentar neutralidad, con el resultado estudiado de favorecer a una de las partes. Sobreponiendo el interés ideológico, político o económico antes que la verdad; una verdad que contradice los objetivos propios que le dan valoración a su razón de ser, pero que se opta por la complicidad encubierta.

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La situación de la OEA en el caso Venezuela es muy gráfica, para explicar las vueltas que he dado para llegar al fondo. Cuando en 1948 se creó la OEA, las naciones firmantes, aspiraban erradicar las sempiternas dictaduras militares de la región, e instaurar la democracia como única expresión válida de convivencia ciudadana, por lo que se redactó una articulación procedimental de buenas intenciones. Una supranacionalidad conceptual e inocua, pero válida para la época; ingenua también, por el sistema de votación adoptado. Se partía de que el consenso en torno a la democracia bastaba, porque nadie se opondría a ella. Pero no, no hay supra nacionalidad, para ello se requeriría la posibilidad de aplicar la coacción para hacer cumplir las decisiones tomadas, al miembro renuente.

En consecuencia la OEA  no es más que la sumatoria de las voluntades de cada uno de los países que la integran. Basten algunas conspiraciones económicas, políticas o ideológicas, para que la OEA ratifique su carácter burocrático de buenas intenciones y su limitada capacidad operativa. Mas, no se le puede exigir al Organismo lo que no se le exige a los países que lo conforman.


El caso de Venezuela es sintomático y desgarrador. Un gobierno que se apoderó de las instituciones que definen la democracia, unas Fuerzas Armadas al servicio de un partido, de una ideología, que reprime, tortura y asesina. Y, aún así, no ha sido posible obtener de la OEA una condena inmediata, porque compromisos políticos o deudas contraídas por algunos países, optaron por condenar a Venezuela a su holocausto histórico.

La abstención, en este caso, representó un voto en contra. En contra de la soberanía de los pueblos, en contra de los Derechos Humanos, en contra de la democracia.




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