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Editorial & Opinion

Decepción y esperanza

Martes 15, Diciembre 2015 - 12:00 am

Los seres humanos necesitamos esperanza. La existencia, de hecho, es intolerable sin ella. Resulta muy arduo encontrarle sentido a la vida si dejamos de aspirar a algo mejor, a una cierta plenitud esbozada en el horizonte. Sin embargo, cuando consideramos el papel que juega la voluntad en la búsqueda de ese horizonte, de esa plenitud, de ese sentido, invariablemente nos hallamos frente a una realidad psicológica indiscutible: Creer que algo es alcanzable refuerza nuestro deseo de alcanzarlo. Y al revés.

Un autor espiritual de nuestros tiempos, el sacerdote francés Jacques Phillipe, lo explica así: “…Para que nuestra voluntad sea fuerte y dispuesta, necesita verse alimentada por el deseo. Y ese deseo no puede ser poderoso si lo que se desea no se percibe como posible y accesible; porque, si nos representamos algo como inaccesible, dejamos de desearlo y quererlo con fuerza. No se puede querer nada de modo eficaz si psicológicamente tenemos la sensación de que no llegaremos”.

En consecuencia, continúa el padre Phillipe, cuando la voluntad se debilita, una buena manera de vigorizarla incluye cierta “labor de remodelación de nuestras representaciones que nos permita percibir de nuevo lo que queremos como accesible y deseable”. Y, en efecto, en cuanto volvemos a creer en nuestras posibilidades reales de alcanzar aquello que nos trazamos, reaparecen el deseo y la voluntad para conquistarlo.

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Muchas veces, nuestro problema con las representaciones que nos hacemos es que están sujetas a circunstancias o personas, en lugar de estarlo a principios y convicciones. Entonces, cuando esas circunstancias cambian o esas personas nos defraudan, nuestra psicología tiende al desánimo, a la tristeza y una pérdida más o menos consciente de la esperanza.

Yolanda Magaña escribió recientemente, en un artículo de profundidad sorprendente, que “vivir sin idealizar seres humanos es obligación para proteger nuestra esperanza”. Y le sobra razón.

Aunque sea legítimo tener referentes que alienten nuestros deseos de ser mejores, si el camino que hemos escogido merece la pena, enfilar por allí nuestros pasos no debe depender de personas o eventualidades, sino del valor concreto que nosotros le hemos dado a ese camino.

Descubrir la reprochable conducta de alguien a quien creíamos irreprochable siempre constituirá un golpe, tanto más duro cuanto mayor sea la confianza o admiración que en su momento llegó a inspirarnos aquella persona.

Pero conservar la belleza del ideal que alguna vez creímos ver reflejada en esa imagen es un acto de nuestra voluntad, y tenerlo claro nos conducirá a poner las cosas en su justa perspectiva, sin menoscabo de la justicia que debe exigirse para las víctimas de delitos graves o del genuino arrepentimiento que cabe desearle a cualquier victimario.

También resulta oportuno recordar que, paralelamente, la estructura psicológica que mantiene viva la esperanza actúa de manera inversa en quienes guardan poco respeto por las convicciones ajenas.

Estas son las mentalidades que se regodean en las caídas de las personas cuando suponen que cierto número de fallas individuales, aireadas con ardor y fariseísmo, pueden causar daños irreparables a las instituciones que representan. De esta clase de motivaciones es que salen los rumores, las acusaciones temerarias y las generalizaciones gratuitas.

Tampoco olvidemos que los errores –sin duda escandalosos– de quienes se comprometieron con determinados valores, suelen servir de excusa a otros que necesitan de estos malos ejemplos para evitarse la molestia de adquirir sus propios compromisos trascendentes. Pero entonces, como en los tiempos bíblicos, frente al pelotón de juzgadores que quieren linchar al culpable sin misericordia, resuena también la voz de Aquel que lee en todas las conciencias: “Quien esté libre de pecado, que lance la primera piedra”.

 




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