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Editorial & Opinion

Defendiendo los Twitter

Roberto Meza / Colaborador

viernes 29, septiembre 2017 - 12:00 am

Crecí en un hogar común y corriente. Mi papá nació y vivió en Santa Ana y se dedicaba a cultivar café en la finca que le dejó mi abuelo, heredero del Dr. Rafael Meza, quien llegara a nuestro país acompañando al General Justo Rufino Barrios en su Campaña de 1885. Mi mamá, era de la muy conocida familia Avilés, y ella perdió a la suya quien falleció cuando mamá tenía tan solo cuatro años y por eso mi abuelo la llevó a vivir a Guatemala con su hermana, elegante matrona que logró sentar bases en dicha ciudad, pues se casó con el Presidente del Banco de Crédito Hipotecario Nacional.

Lo esencial en mi familia era ser buena persona y eso, aunque nos lo inculcaban con discursos, también nos lo enseñaban, sin que mi papá y mamá fueran realmente conscientes con su comportamiento y con algo que quedó como un tatuaje en la forma de tratar a los demás y en entender que todos somos iguales sin importar el origen, el apellido, la raza o la ideología.

Cuento estos recuerdos de mi historia para concluir que ser buena persona se nota en todo lo que hacemos. Howard Gardner, sicólogo y premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales, escribió Verdad, belleza y bondad, un libro que apunta a que esas tres virtudes deben ser el enfoque primordial o la semilla, al educar a los hijos para formar grandes personas.

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¿Y qué tiene que ver todo esto con los Twitter? Mucho, no solo con esa red social sino con todas. Reflexioné sobre este tema luego de leer una columna publicada en un periódico extranjero, donde el tono y la decisión de cerrar su cuenta le da razón al autor cuando dice que los Twitter son una “cloaca”, ¿o es que nos movemos en mundos impolutos, decentes y bien hablados? No. También apunta a una verdad el periodista Lee Anderson cuando afirma que “las redes son como un basurero”, asimismo el Maestro Vargas Llosa cuando reclama menos redes y más libros, y el filósofo Savater cuando señala que le escandaliza ver gente exponiendo sus intimidades en las redes sociales.

Hay, sin embargo, un fragmento en el que es evidente la condición aristocrática y sobre el que me coloco a distancia por ser carente de nobleza, no la que se hereda de la corona, sino esa que emana de los seres humanos buenos. Si uno no tiene claro que una red social es para conocer criterios, compartir información, preguntar, responder dudas y atender solicitudes, significa que nunca debemos pasearnos por esas ondas imperceptibles.


Pongo al margen del análisis a los internautas que bajo el anonimato o sin él agreden y amenazan, porque si de eso se trata, yo tampoco pierdo el tiempo y también uso la opción de bloquear. Si usted llega a mi casa y en la puerta me dice viejo hijo de tantas, presumido o comunista, como pasa algunas veces, no tiene opción de poner un pie adentro.

Pasa igual en una red social. Pero dejando esa bien llamada cloaca a un lado, lo cierto es que gracias a Twitter vale la pena escribir una columna en este diario y, desde lo personal, la valoro porque en esa red conocí personas que de otra manera no hubieran pasado por mi vida.

Uno sobrevive en este mundo teniendo claros los principios, igual pasa en Twitter. Yo no escribo con insultos si así no hablo en mi casa, no amenazo a nadie ni me burlo del más débil en una red si no es eso lo que hago en los escenarios de mi vida. Paralelo a eso, sé que si no tuviera seguidores distintos a mí, no aprendería nuevas ideas ni confrontaría mis propias creencias. En fin, somos de donde crecimos y ese lugar me formó para pensar cuantos desconocidos son iguales a mí y pueden “hablar de tú a tú” conmigo. Twitter nos da lo que natura sólo pone en la cabeza de algunos.




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