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Editorial & Opinion

Del reality show electoral a la realidad de gobernar

Eugenio Chicas / Secretario de Comunicaciones de la Presidencia de la República

Martes 17, Enero 2017 - 12:00 am

Este 20 de enero asumirá la presidencia de los Estados Unidos el señor Donald John Trump, convirtiéndose en el cuadragésimo quinto mandatario de esa poderosa nación, que todavía es la mayor economía del planeta,  posee el arsenal atómico más grande y temible, con las mayores tropas en ultramar y partícipe activo en conflictos bélicos de otras naciones.

Este neoyorquino de 70 años, hijo de madre inmigrante escocesa y de abuelos paternos también inmigrantes llegados de Alemania, llega a la presidencia sin credenciales de militancia en política, con fallidos intentos anteriores de precandidaturas con distintos partidos políticos –tránsfuga-, sin formación o experiencia militar y sin desempeño de función pública alguna. Sin embargo, es muy conocido por el público norteamericano desde hace muchos años, lanzado a la fama por la industria del entretenimiento televisivo, principalmente con su exitoso reality show The Apprentice (El Aprendiz) que por diez años transmitió NBC, para luego lucirse desde otros. En lo literario destaca su publicación de 2007 “Piensa en grande y patea traseros en los negocios y la vida”. El próximo presidente norteamericano es un prominente empresario, multimillonario en la rama inmobiliaria, hotelera, y muy exitoso en las cadenas de casinos.

El electo Trump alcanzó una clara victoria -según las leyes norteamericanas- imponiéndose con 289 votos del colegio electoral, contra 218 que obtuvo la señora Clinton, quien obtuvo la ventaja de dos millones más de votos directos sobre él; es decir, en cualquier democracia latinoamericana la presidencia habría sido ostentada por una mujer.

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El sorpresivo éxito de su campaña, contra todo pronóstico, es considerada populista, ultra conservadora y nacionalista; se caracterizó por un lenguaje confrontativo, con intenso uso de redes sociales, ataques a medios de comunicación tradicionales y al propio poder político imperante. Realizó propuestas polémicas y con su lema de campaña “Vamos a hacer a nuestro país grande de nuevo”, entre otros ingredientes, movilizó a muchos votantes apáticos inclinando la balanza a su favor.

Próximamente pasará del reality show de la campaña electoral, a la realidad compleja de la gobernabilidad y el ejercicio del poder. Nunca antes el mundo había experimentado tanta incertidumbre por la asunción de un gobernante norteamericano como ahora. Y es que, parecen contradictorias hasta hoy muchas de sus iniciativas de campaña, por ejemplo: ¿Cómo pretende con su política exterior acercarse a Rusia con el interés de reforzar su lucha contra el terrorismo de Estado Islámico, y a la vez busca retroceder en el cumplimiento del tratado nuclear con Irán, que implica el levantamiento de las sanciones impuestas, cuando este tratado ha contado con el apoyo del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas? ¿Pretende distender una región con grandes conflictos centrando la atención en la contención del islamismo radical, considerando además que Teherán es un fuerte aliado estratégico de Rusia en el conflicto de Siria y el medio oriente en su conjunto? ¿Y qué decir del reciente ofrecimiento de trasladar la embajada de Estados Unidos de la ciudad de Tel Aviv a Jerusalén, a sabiendas de las repercusiones de esa decisión para ese conflicto, en un momento en el que Europa y el mundo se inclinan por reconocer al estado de Palestina?

De la misma manera causan preocupación sus argumentos al negar el cambio climático, reduciendo este tema estratégico a la solución de sus contradicciones y diferencias productivas y comerciales con China, poniendo en duda el cumplimiento de los compromisos gubernamentales adquiridos por su nación para disminuir las emisiones y con ello reducir el calentamiento terráqueo. ¿Quién duda que esto puede significar un colosal retroceso sobre la vida y las condiciones planetarias?

Desde nuestro interés más inmediato es relevante el tono amenazante del discurso hacia México, no solo por el aspecto soberano y migratorio -que también nos concierne-, sino por la amenaza de retroceso en el cumplimiento de acuerdos comerciales, con la pretensión de  imponer gravámenes hasta de un 35 % a las exportaciones de empresas norteamericanas radicadas en suelo mexicano, medida que pondría en riesgo inversiones millonarias, y por lo tanto, a cientos de miles de empleos, constituyendo una amenaza de recesión al conjunto de nuestras economías relacionadas.

En el caso migratorio cualquier acción que ponga en riesgo la estabilidad de nuestros connacionales y latinoamericanos es grave, por las condiciones propias de nuestros países en vías de desarrollo. Además, una barrera artificial de cualquier naturaleza terminaría mejorando las millonarias ganancias de los grupos del crimen organizado que monopolizan el control del flujo migratorio ilegal en su frontera. Asimismo la deportación de miles de criminales de pandillas echaría al traste los esfuerzos en materia de seguridad pública, con el probable efecto de que la llegada de algunos criminales a una comunidad que estimularía la migración de muchos más ciudadanos, sin obviar que quien comete un delito debe ser juzgado y sancionado en el territorio donde lo cometió.

Entonces, necesitamos como región una mayor capacidad de diálogo y posturas comunes para establecer una sola voz desde nuestros intereses, de lo contrario quedará únicamente esperar un nuevo proceso electoral.




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