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Editorial & Opinion

Democracia y gobierno

Aldo Álvarez / Abogado y catedrático

jueves 5, julio 2018 - 12:00 am

En toda sociedad políticamente organizada en forma mediana, está planteado siempre un proceso político perenne que se alimenta de la vida misma de la sociedad. Así, lo político es versátil, porque dinámica in extremis es la sociedad; lo político es vertiginoso, porque vertiginosos son los vaivenes planteados en la política, producto de los intereses tan fuertes y brutales que están planteados en la estructura socio-económica que es la sociedad.

Por eso se viven siempre tan intensos y apasionados los procesos políticos en un país, y todavía con más intensidad y densidad en un país con una enorme y descomunal desigualdad social. Ello explica por qué el proceso político latinoamericano de casi toda la vida, se torna en forma tan frecuente en estallido, en hecatombe, en torbellino, en casi la emulación del Macondo del Gabo, sólo que magnificado en forma exponencial.

Los diversos actores nacionales que se postulan para llegar al campo de la representación, siempre y casi sin excepción, pertenecen a uno de los grupos de interés económico en pugna, que entiende que el poder económico necesita estar revestido a la vez de poder político, porque éste le permite al primero lo que el dinero no da por sí sólo, la posibilidad de imponer la voluntad propia sobre los demás, aún con el uso de la fuerza pública de ser necesario. Es el poder casi completo, y digo casi, porque falta un poder más para que fuese completo: el poder ideológico.

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No se debe confundir el poder ideológico con la ideología en forma automática, lo cual no implica que el poder ideológico carezca de ideología, ni que la ideología bien proyectada no pueda conllevar poder ideológico. Ambas son complementarias mas no excluyentes.

Si en algo podemos fincar la verdadera crisis en este país, es en una crisis de liderazgo, pero aun la crisis de liderazgo no es más que la crisis política de falta de rumbo de la nación, de la falta de percepción más o menos generalizada de hacia dónde va el país, pues ninguno de sus liderazgos “formales o materiales” ha podido plantear respuesta alguna a ello. De ahí que una de las cosas más frustrantes para cualquier sociedad que daña profundamente el sentido de ubicación en la vida, es el de tener la percepción de que como colectivo no vamos hacia ningún lado, que como sociedad vamos hacia la deriva y que quienes se encuentran en las esferas de poder, parece que mandan señales contradictorias, todas en el sentido de que no existe ruta ni destino, y que es aún peor, que ni siquiera hay cartas de navegación, o sea, la deriva absoluta.


He sostenido reiteradamente que el llamado “mal gobierno”, la monstruosidad más grande que puede existir en términos de ejercicio del poder, es aquel que no tenga un rumbo, un norte, unas “cartas de navegación”, en fin, un proyecto político de país, en pos del cual y al cual se encuentren en función de, todas las políticas públicas existentes, y en pos del cual se ejerza el poder a partir de la construcción de un Estado que no genere estructuralmente los problemas que en “el hoy” se plantean como “las demandas de los gobernados”. La “abominación” más grande que puede haber, es un gobierno que gobierne por gobernar, que ejerza el poder por poder, y que pretenda seguir gobernando por seguir gobernando. Que esto en buenas cuentas es lo que llamaríamos un “mal gobierno”.

Así pues, haciendo un análisis somero y primario de nuestra realidad, los gobiernos que hasta ahora nos han administrado, han cometido grande pecado, no tanto por tomar esta o aquella decisión coyuntural de gobierno, acertada o no desde el punto de vista “técnico” -siempre tan subjetivo y relativo-, no para nada, sino porque se convirtieron en la más grande monstruosidad política que puede existir, según nos señala el maestro Norberto Bobbio, en aquél gobierno que no tiene rumbo, que no proyecta norte, que no tiene mapa, que no tiene brújula, en fin, que parece gobernar por gobernar, lo que implica ejercer poder por poder, mandar por mandar. Y lo que es peor, generar la percepción más o menos generalizada que el gobierno se orienta en menor o mayor medida a la satisfacción de los intereses de un grupo de interés por encima del de las mayorías, y que lo más gravoso, es que dicho interés de una minoría se haga pasar, interesadamente, como el de la mayoría, lo que constituye la mayor y más grande perversidad política existente ¿Podrá ser distinto en el futuro? Eso está por verse…




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