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Editorial & Opinion

Democracia y partidos políticos

Aldo Álvarez / Abogado y catedrático

Jueves 18, Agosto 2016 - 12:00 am

OPINIONNos preguntamos válidamente si los que en nuestro país se hacen llamar “partidos políticos” en términos formales, son en primer lugar verdaderos partidos políticos, en el sentido de la unidad de propósitos de un colectivo de personas para resolver los grandes problemas del país, o son meras “facciones” en términos de defensa de intereses grupales o personales, por encima del genuino interés en la solución de los grandes problemas de país. Y ello ponderado con el ejercicio auténtico de democracia interna en los partidos, como elemento determinador de la verdadera naturaleza de estas instituciones de derecho público que funcionan en un sistema que, al menos en términos formales, se denomina “democrático”, pues sería un completo absurdo y contrasentido que no lo fuesen en el sentido que está determinado para nuestro sistema político, pues no funcionan ni están insertos en otros modelos y sistemas políticos que entiendan otro tipo de democracia como la entiende y está determinada por la Constitución.

Los partidos políticos son necesarios y hasta deseables en toda democracia consolidada, por múltiples razones, pero principal y fundamentalmente por la tremenda función social que tienen dentro del sistema político, por ejemplo en cuanto a la socialización política, que implica el deber de los partidos de educar a los ciudadanos en la democracia, de promover los valores democráticos, el respeto de los derechos humanos, la práctica de la tolerancia y el derecho al disenso, así como también la de capacitar a sus miembros en los principios ideológicos del partido y difundir éstos entre los ciudadanos.

También son agentes de la movilización de la opinión pública al lado y junto a los medios de comunicación social tradicionales en una simbiosis de posicionamiento partidario sobre los temas de país y la difusión de dichos temas por los dichos medios sociales –que es lo que a la larga impacta en la llamada agenda política nacional-. Asimismo ejercen la representación de intereses, pues los partidos deben intentar representar intereses muy variados y a veces hasta contradictorios, lo cual significa que los partidos son medios de canalización de múltiples intereses, pero tienden a preferir unos sobre otros, atendiendo a su origen histórico o ideológico o a una coyuntura política que haga más redituable defender determinados intereses, que es a lo que se le conoce como cálculo político -en “positivo”-. El por qué se defienden ciertos intereses en vez de otros tiene que ver principalmente con la prevalencia, en el interior del partido, de los intereses a representar y proteger. La población, la gente debe asociarse a una entidad partidista, de eso se trata en una democracia. Todos tenemos intereses, todos debemos defenderlos con los recursos de la democracia, no creo en neutralismos políticos y hay que tener mucho ojo con propuestas “neutras” o que sólo buscan el “bien común”. Los movimientos sociales carecen de las propiedades de las entidades formales, sobre todo de la vigencia interna de las decisiones de sus representantes, gracias a la cual dichas entidades pueden asegurar en cierta medida el cumplimiento de los acuerdos de una negociación política.

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También los partidos se vuelven legitimadores del sistema político, y ésta es quizá la última de las funciones sociales de los partidos en su papel como tales. Los criterios para medir la legitimidad de un sistema son múltiples, y van desde su capacidad para mantenerse estable, ser eficaz y gozar de la aceptación de los ciudadanos, hasta la de respetar los derechos humanos en todas las esferas del poder. Uno de los criterios más aceptados en una democracia para medir la legitimidad del sistema, alude a su capacidad para promover en su conjunto los procedimientos democráticos y las instituciones, y para garantizar y respetar los derechos fundamentales de los ciudadanos.

Pero para que lo anterior se cumpla, como dije al inicio, es necesario que los partidos actúen en su funcionamiento interno, en su elección de autoridades, de candidatos a cargos públicos, etc., en consonancia con la forma en que está planteado el sistema político en general; hablamos de una democracia representativa, por la cual los órganos de dirección internos de los partidos deben haber sido electos efectivamente en forma democrática, lo cual implica indefectiblemente empoderar a la base y hacer que el poder fluya en forma ascendente: de la base a la cúpula y no en forma descendente: de la cúpula a la base, como suele ser en los grandes partidos, aunque últimamente -y a partir de interpretaciones constitucionales que ha hecho el supremo constitucional- parecen comenzar a dar muestras de democracia interna, pero ya veremos si serán democráticos en términos reales o sólo formales.




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