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Editorial & Opinion

Desde la indiferencia y el dogma hasta la injusta realidad

Dr. Guillermo Antonio Ortiz Avendaño / Ginecológo y obstreta, maestro en Gestión hospitalaria.

sábado 4, marzo 2017 - 12:00 am

“Doctor le pido que me ayude, no me quiero morir, hágalo por mis otros hijos”. Ésta fue la súplica que hace algunos años escuché de una mujer embarazada que padecía de  cáncer, una joven mujer a quien su cara  dibujaba la desesperación y angustia de la muerte que la acosa. Esta no era la primera vez que me sucedía, sin embargo, esta súplica era tan frecuente que me parecía algo normal; entonces me encontraba en  un estado de anestesia emocional que muchos médicos del sistema público que padecemos  o hemos padecido, inertes ante el sufrimiento, un estado que solo me permitía  ver pacientes y no a seres humanos

En esa ocasión el resultado de este caso me llevó a transformar mi pensamiento sobre la situación que viven algunas mujeres muy pobres y que caminan por esa frágil línea que divide la salud y enfermedad, la vida y la muerte.

Por más de 20 años tuve la oportunidad de vivir en el día a día la situación de mujeres de escasos recursos que acuden a la maternidad pública más grande del país; mujeres que “se rebuscan” por el dólar para el pasaje y que si tienen suerte les alcanzará para comer, acuden con un embarazo que algunas de ellas llevan sin su consentimiento, ni mucho menos ha sido planeado y a veces sin  llegar a entenderlo de esta manera. Su voluntad muchas veces  ha sido entregada a su pareja, en una especie de sumisión histórica de la que las mujeres pobres padecen crónicamente y que de su pareja depende el poder acceder a un contraceptivo, como ellas mismas lo expresan: “Él no quiere que planifique”. El poder hablar con ellas y llegar a verlas como seres humanos y no como pacientes, números o estadísticas institucionales,  me llevó a entender sus realidades ante tan precarias condiciones reflejadas en la más cruel vulnerabilidad e inequidad en salud (darle menos a la que tiene menos).

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La joven mujer que apenas tenía cinco meses de embarazo estaba siendo atendida en otro centro asistencial en el cual se le negó meses atrás el tratamiento con quimioterapia para el cáncer que adolecía, pues el personal de dicho centro adujo no hacerlo, pues el tratamiento podría terminar con el embarazo y eso “la ley no lo permite”. Efectivamente en ese momento existía un alto riesgo de llevar a la mujer a una pérdida del embarazo.

Esa joven mujer cuyas facies de angustia se habían transformado en expresiones de dolor y resignación, falleció semanas después, al igual que lo hizo su feto que llevaba en vientre, dejando en muchos de nosotros una mezcla de sensaciones de impotencia, frustración y tristeza. Diferente hubiese sido si ella, por su propia voluntad, hubiera escogido este camino, como diferente hubiese sido también si el tratamiento se le hubiere brindado como ella lo solicitaba.


Este es uno de muchos casos, en los cuales las mujeres embarazadas más pobres son sometidas a un destino del cual no pidieron participar y peor aún ellas no merecen.

Mi dogma católico también se transformó cuando me di cuenta que esta ley incluso es contraria a la norma del derecho canónico de la Iglesia Católica de 1398, que si bien es cierto se opone al aborto cuando éste busca directamente acabar con el producto de la concepción, también considera que “es moralmente legítimo ciertos actos que podrían tener como resultado indirecto la muerte del feto, como cuando el propósito directo es la remoción de un útero cancerígeno o embarazos ectópicos “En estos casos los procedimientos están dirigidos exclusivamente a preservar la vida de la madre, y la muerte del feto, aunque previsible, no es intencionada como un fin o como un medio para obtener el efecto deseado” esto último en consecuencia al principio de “doble efecto” de Santo Tomás de Aquino, razonamiento práctico que sirve para determinar la licitud o ilicitud de una acción que produce o puede producir dos efectos

Ser provida es la posición ética y política que afirma la defensa del derecho humano a la vida, sean cuales sean las circunstancias. Les invito a la reflexión, sin fanatismos, acerca de la situación actual de las mujeres más pobres y más aún sobre las leyes actuales que al parecer, injustamente solo las rigen a ellas.




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