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Editorial & Opinion

Desde Ucrania para Venezuela

Juan José Monsant Aristimuño / Exembajador venezolano en El Salvador

sábado 3, junio 2017 - 12:00 am

En la entrega pasada hicimos una semblanza de lo que había sido el el genocidio de Ruanda, y la indiferencia criminal de la comunidad internacional ante los desmanes del gobierno de los Hutu contra la etnia Tutsi. Esta acción criminal sistemática y planificada, fue calificada por el Derecho Internacional como genocidio. Es decir, según el artículo 6 de la Corte Penal Internacional, “se entenderá por “genocidio” cualquiera acto perpetrado con la intención de destruir total o parcialmente a un grupo nacional, étnico, racial o religioso”. No obstante, la doctrina jurídica, la jurisprudencia, los textos académicos y religiosos lo extienden a la eliminación sistemática de un grupo social por motivos políticos.  El 8 de noviembre del 94, el Consejo de Seguridad de las Naciones creó el “Tribunal Penal Internacional para Ruanda”, siendo el caso que, por primera vez, se consideró la violación como delito internacional, produciéndose la primera condena contra un oficial que ordenó realizarla.

Por su parte, el artículo 7 del mismo Estatuto, define los “Crímenes de lesa Humanidad”, los cuales, de una manera precisa y premonitoria, parecieren que fueron redactados pensando en la actual situación de Venezuela.

Pero si hablamos de Ucrania, uno de los pueblos, naciones más hermosos y singulares de la humanidad, que llegó a tener la primera democracia conocida de Occidente y que fuere la nación más importante de lo que se conoce como Eurasia. Ya, Demóstenes, unos siglos antes de Cristo, la había denominada como el granero de Grecia. Y aunque poblada por tribus de origen eslavo, a partir del siglo XIV fue invadida por turcos, tártaros, mongoles, polacos, austriacos, lituanos, rusos y soviéticos, quienes finalmente la convirtieron en la República Socialista Soviética de Ucrania.

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Y apareció Joseph Stalin, uno de los personajes más peligrosos, amorales y siniestros que haya conocido la humanidad, junto a sus pares Adolph Hitler, Pol-Pot, Charles Taylor, Milosovic, Juvenal Habyarimana, Mao Tse-tung, el gobierno de los Jóvenes Turcos, y un puñado más de tarados esparcidos en la historia reciente.

Por supuesto, los soviéticos tomaron para sí el estratégico puerto de Crimea, la provincia total, situada sobre el mar Negro. Los genes ucranianos, con su abolengo histórico, poco tenían que ver con estatismos, colectivizaciones, el Partido, la madrecita rusa, socialismo, ateísmo y con todo aquello que conlleva la degradación de la dignidad y la razón humana (no podemos probar que el reino animal no posea algún tipo de razón, por ello el adjetivo humano designado a nuestra especie). Y entre la resistencia ucraniana y la imposición de las granjas colectivas, Stalin impuso entre 1930 y 1932 el exterminio ucraniano por medio del hambre, la represión, las ejecuciones, la deportación, la tortura y las violaciones masivas, que ofreció el desgarrador resultado de más de cinco millones de asesinados.


La historia conoce este exterminio practicado por la Unión Soviética como el “Holodomor” (la hambruna). Hoy calificado por la Unión Europea, las Naciones Unidas y el propio Vaticano, como el primer genocidio del siglo XX.

Setenta años después, ya libre y como república independiente, el pueblo ucraniano se rebeló en el 2014 contra las pretensiones de un presidente por imponer una dictadura electoralizada. El pueblo se fue a la calle,durante 90 días, resistió, levantó barricadas, enfrentó a la policía, a fuerzas paramilitares, el hambre, el invierno, las torturas y la represión indiscriminada. Intervino la comunidad internacional, el Parlamento llamó a elecciones y triunfó la democracia.




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