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Editorial & Opinion

Diálogos y diálogos

Juan José Monsant Aristimuño / Exembajador venezolano en El Salvador

sábado 19, mayo 2018 - 12:00 am

Ese primer día de diálogo entre las fuerzas vivas de Nicaragua y los Ortega-Murillo, coordinado por la Conferencia Episcopal Nicaragüense, quedó para la historia; no por su resultado, sino por su desarrollo y porque evidenció lo que se sospecha desde hace años: que Daniel Ortega no está en sus cabales, algo así como lo que antes se denominaba esquizofrenia, es decir, contradicción entre la realidad y lo que cree se es. Paranoia también se le dice coloquialmente, “ese tipo está paranoico” le dicen a uno cuando se topan con alguien compulsivo, obsesivo. Claro, quien sufre de esta dolencia no está consciente que la sufre, por ello asume la condición de víctima, perseguido, incomprendido. Chávez fue también un claro ejemplo de esta condición, llegando incluso a implorar al Señor, en los días finales de su vida, que le dejara concluir su obra.

Pero se trata de Nicaragua, la tierra de poetas, lagos y volcanes, de las lunadas en el lago de Granada; y de la Purísima, día más importante en el ideario popular que el de la propia independencia, aman a la madre de Jesús, al punto que el dueto Ortega-Murillo se hizo militante del cristianismo para navegar en las olas del sentir nacional.

Además, esos melódicos nombres de sus pueblos y lugares hacen sentir timidez a los hermanos Mejía Godoy en sus versos bellamente engarzados y rítmicos de “Nicaragua Nicaragüita” y los de la “Misa Campesina”, o al “Poema Oración por Marilyn Monroe” de Ernesto Cardenal. Monimbó, Niquinohomo, Masaya, Diriamba, Poneloya, Acahualinca, Solentiname, Momotombo y hasta Managua parecieren tener vida propia por sus nombres; solo les falta el sonido de las marimbas o el acordeón de Luis Enrique.

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Quizá también el sonido de los disparos, las molotov explotando sobre el pavimento o las bazukas artesanales que desde siempre se oyen estallar contra el invasor extranjero de aquel entonces, contra Somoza y ahora contra Daniel y Rosario. Siempre contra la tiranía, la arbitrariedad y el irrespeto. Siempre en busca de libertad y dignidad, siempre sangre joven escurriéndose entre las ranuras de sus calzadas adoquinadas.

“Kupia kumi” (Un solo corazón en lengua miskita) le dicen los nicaragüenses a esos pactos-diálogos que terminan en una traición a la voluntad popular; pactos de las élites del poder para darle continuidad al modelo. El más celebre fue el celebrado por Somoza Debayle con su contendor Fernando Agüero en 1971. Quizá por ello cuando el pasado miércoles se presentó el dueto Daniel y Rosario Murillo a la sede del Seminario Nuestra Señora de Fátima, conduciendo un 4×4 Mercedes Benz de 100 mil dólares, precedido por un docena de motorizados uniformados, más de cien policías antimotines y dos helicópteros sobrevolando, e inició un discurso fuera de lugar, tiempo y circunstancias, un joven universitario, Léster Alemán, le interrumpió y le espetó: “ Esta no es una mesa de diálogo, esta es una mesa para negociar su salida. Y lo sabe muy bien”.


Ortega y Murillo fueron a lo que sabe hacer muy bien, igualmente, el gobierno venezolano: dialogar para pactar y ganar tiempo en tanto se prolonga y enraiza el modelo sociopolitico impuesto, las más de las veces con el asentimiento de la otra parte.

Esta vez no habrá un nuevo Kupia Kumi en Nicaragua, es otra época, otros actores, otras realidades.

Sin embargo, como muy bien recordó el periodista Carlos Fernando Chamorro en su artículo “La encrucijada de los grandes empresarios nicaraguenses”, aparecido el pasado miércoles  “…En el 2008… nació un esquema de diálogo excluyente en el que los grandes empresarios nacionales y extranjeros se convirtieron en un actor político que le brindó legitimidad al régimen autoritario, a cambio de ventajas económicas y oportunidades de inversión, en un sistema de control social sin democracia ni transparencia. En este momento, “La bandera política de esta insurrección cívica proclama, como soñaba mi padre hace 40 años, es que “Nicaragua vuelva a ser república”, concluye Chamorro Barrios. ¡Cuánta semejanza encontramos, en esa frase, a nuestra lucha por la recuperación de  la república y la democracia, secuestradas por la tiranía!




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