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Editorial & Opinion

Discriminación política de la mujer

Armando Rivera Bolaños / Abogado y notario y catedrático

sábado 26, agosto 2017 - 12:00 am

Inveterada y absurda ha sido en nuestro medio “machista” la discriminación hacia el género femenino, producto quizás de una mal entendida concepción de las ideas bíblicas traídas con la conquista española, en cuanto a pensar que por la mujer pecamos los hombres en el Edén; aunque también es posible que nuestros ancestros originarios tuvieran arraigado ese esquema mental de una supuesta supremacía masculina, una tarea que les queda por investigar a los historiógrafos modernos. Esa discriminación hacia las mujeres si bien se ha reducido en gran medida, no deja de aparecer de vez en cuando en algunas actividades públicas, donde se ha debido incluso legislar para que ellas no pierdan su derecho constitucional y legal de participar en la toma de las decisiones más trascendentales para el bien del país.

Repasando un poco el pasado, en mi época de infancia, las escuelas públicas no tenían tanta afluencia de niñas como en la actualidad. Revisando mi baúl de los recuerdos, encontré una foto de primer grado, en una escuelita de Berlín (Usulután), donde se puede apreciar que éramos más varones los que llegábamos a clases que las nenas. Y eso es explicable. Los padres de entonces, hablo de los años finales de los 40, prácticamente se rehusaban a enviar sus hijas a estudiar, porque para ellos lo importante era que aprendieran los oficios hogareños y cocinar bien, para que fueran buenas madres y obedientes esposas. Los juegos de muñecas eran, en sí, un medio lúdico y psicológico de inducirlas única y exclusivamente hacia la maternidad y las tareas hogareñas. En cambio, desde el nacimiento del varón, era recibido con expresiones de aprobación, felicidad y respeto, como se podía apreciar en un corto diálogo: ¿Qué tuvo tu señora? Un varón. Pues, felicitaciones. Tu señora se ha ganado una gallina para el almuerzo.

En el campo de los deportes, apenas los juegos de basquetbol y softbol fueron permitidos, aparte del atletismo y natación. Pero deportes como el fútbol femenino, ni siquiera lo soñaban hace unas cuantas décadas, o levantamiento de pesas u otros…¡peor! Esas eran disciplinas exclusivamente masculinas y debo confesar que cuando una de mis hijas me contó que era parte de un equipo estudiantil universitario de futbol, me enojé bastante, aunque siempre le permití que lo practicara. Pero esa discriminación es mucho más firme y sigue siendo fuerte en el campo político nacional, como una rémora que data desde los tiempos ancestrales de nuestros próceres que no consideraron a la mujer para ocupar puestos gubernamentales. Incluso, la mujer estaba fuera de las elecciones y así se mantuvo ese “status quo” discriminatorio desde el 15 de septiembre de 1821 hasta septiembre de 1950, cuando durante la administración del teniente coronel don Óscar Osorio, se decretó y promulgó la Constitución de la República que dio paso a que la mujer salvadoreña no solamente pudiera ejercer el derecho, sino también cumplir el deber, de votar en las elecciones del país y, además, de poder ocupar un cargo de elección popular. Si mis recuerdos no me engañan, creo que la doctora María Julia Castillo (RIP) fue una de las primeras diputadas que se oyeron hablar desde sus curules en el Salón Azul legislativo, entonces ubicado en la segunda planta, lado poniente, del vetusto Palacio Nacional, que aún se yergue majestuoso y bello en el centro histórico capitalino.

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Pese a ese logro histórico, de enorme beneficio no solamente para la mujer, sino para la Patria entera, habida cuenta que las mujeres son mayoría poblacional, la discriminación política contra ellas sigue larvaria en las decisiones electorales de los institutos políticos legalmente constituidos, que a pesar de sus equivocaciones y malos candidatos, siempre son necesarios en los países modernos para la sana conducción de la cosa pública en general. La clase política que se mira escogida para estar en las papeletas electorales son, en su mayoría, del género masculino. Por cinco hombres o más, aparece una mujer. Eso no es justo, ni democrático. Es mantener vino nuevo, en odres viejos. Confiamos que los dirigentes consideren este aspecto en cuanto a favorecer una mayor participación de las mujeres, cuya inteligencia y decisiones no pueden jamás despreciarse.




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