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Editorial & Opinion

Echando a perder las relaciones bilaterales

Roberto Meza / Colaborador

jueves 19, octubre 2017 - 12:00 am

Como toda relación entre vecinos, la de Estados Unidos con América Latina ha sido difícil y conflictiva, máxime tratándose de una super-potencia y de un grupo de naciones que no dejan aún de ser subdesarrolladas. Por ende, después de 200 años de ser países independientes hemos cubierto todas las formas posibles de relacionarnos.

Hemos pasado desde el aislamiento hasta el desinterés, las presiones económicas y políticas, intervenciones militares y la conquista territorial, hasta pasar también por el entendimiento, la cooperación, la amistad y la integración.

Nuestros vínculos han transitado del desencuentro hacia el encuentro y viceversa, vale como ejemplo la alianza política y militar que forjamos en la Segunda Guerra Mundial y la suscripción de varios Tratados de Libre Comercio. En dichos tratados se consideró que los crecientes intereses compartidos hacían inevitable que las divergencias se resolvieran en forma amigable e institucionalmente negociadas y de mutuo acuerdo.

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Sin embargo, inesperadamente apareció Donald Trump, que con su anacrónico unilateralismo, destruyó lo que con enormes esfuerzos, dedicación e inteligencia, se construyó en muchos años.

Su retórica racista, xenófoba, antiinmigrante, ha dañado nexos profundos, pues independiente que muchas acciones derivadas de un discurso lleno de odio no le prospere, el perjuicio y el agravio son irreversibles. Aunque su pobre agenda populista y demagógica fracase porque no responde a intereses nacionales sino a propios, narcisistas y sectarios, o que –como es probable– tenga que renunciar por sus enredos con los rusos, el daño ya está hecho.


De forma irresponsable, torpe e ignorante se ha revivido el sentimiento antiestadounidense moderno en México, demostrando que el gobierno en EE.UU. no es un socio confiable, ni responsable. Cuando le resulta oportuno somos no solo su patio trasero, sino violadores o criminales, indeseables vecinos que hay que alejar con un muro.

Toda relación humana se basa en la confianza construida a lo largo del tiempo, pero ésta puede perderse, tal como lo ha provocado Trump. De tal pesadilla tenemos que cumplir que nuestros propios gobiernos se equivocan al confiar demasiado en Washington, pues es un error poner todos los huevos en una sola canasta. La actual multipolaridad probablemente está abriendo posibilidades que se deben aprovechar.

Nuestra realidad geopolítica vuelve inevitable que Estados Unidos sea nuestro principal socio, pero esa interdependencia no debe ser tan abrumadora que permita a un populista cegado llegar a reinar en la Casa Blanca y utilice impunemente a los migrantes latinoamericanos como chivos expiatorios para justificar su demagogia arbitraria y caprichosamente.




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