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Editorial & Opinion

El calvario de nuestro país

Armando Rivera Bolaños / Abogado y Notario

lunes 9, julio 2018 - 12:00 am

Sin ninguna sorpresa, pero con mucha expectativa, los salvadoreños nos preparamos para las futuras y próximas elecciones presidenciales, cuya campaña, como siempre, ya parece adelantada, en contra de lo ordenado por el Código Electoral, mismo que el Tribunal Supremo en esa rama tampoco le concede el debido cumplimiento. Y no hay ninguna sorpresa para ese evento que debería ser cívico, pleno de patriotismo, que por mandato constitucional es un derecho y un deber para los ciudadanos con capacidad y aptitud para ejercer el sufragio, pero que, por las movidas turbias de los políticos oportunistas, que aparecen como por “generación espontánea”, nuestro electorado se ha desilusionado tanto que es muy raro que alguien se decida a opinar al respecto. Incluso, no causa sorpresa la súbita aparición de figuras que ya creíamos estaban “embalsamadas”, que esperan lograr prebendas en el campo politiquero de la actualidad. Estábamos equivocados. Esas voces desfasadas, fracasadas, amenazantes, están de nuevo activas, y como por el peso senil ya no aspiran a sentarse en la “sillona”, prefieren irse como “asesores”, “técnicos“, o aunque sea de “vices” o “embajadores”, en fin, han surgido bajo el pretexto de  tener “nuevas ideas”,  pero que no han inventado nada sorpresivo para nuestro pueblo, ya que solo resucitan viejas ideas recicladas del ayer nebuloso, con sujetos reciclados, que ya demostraron, en otros cargos menores, hasta dónde es su anchura intelectual y moral, por lo que mejor deberían desistir pero, como digo, siempre hay incautos que les siguen la plana  equivocada, o sujetos audaces que les dan cuerda como si fueran muñecos móviles.

Platicando con humildes vendedores de un mercado capitalino, donde llevo años de comprarles víveres y otras cosas, sin ser politólogo ni especialista en encuestas sobre preferencias electorales, he palpado en esas gentes trabajadoras, que sudan la “gota gorda” cargando pesados fardos o canastos con mercaderías para sus respectivos puestos, que no existe en ellas, hasta el momento de escribir estas líneas, ningún entusiasmo por el evento electoral de febrero del próximo año. El adjetivo que utilizan para los políticos es idéntico: “Todos son iguales. Solo prometen mejorar el país cuando hay campaña, pero después, si ganan, olvidan esas promesas y todo sigue igual o peor. Quien no trabaja, no come”. Esta es la forma en que nuestra gente, califican a la improvisación política de las personas que llegan a ocupar puestos importantes de la administración pública. Gente sacada de alguna lista partidaria, la que mejor sonríe y habla con los visitantes, aunque carezca de instrucción o moralidad notorias; o la figura que atrae como imán a unos cuantos asistentes a los mítines, a ese tipo, reitero, los jerarcas, los gurúes que manejan los resortes del “bísnes” de la campaña, deciden que sea el candidato, aunque ignore cuando es la fecha de nuestra independencia patria. Resumimos: la primera cruz del calvario nacional es la improvisación.

Como una secuencia o consecuencia lógica de la improvisación, surge la segunda cruz de nuestro camino republicano, que nos impide despegar plenamente a una categoría superior en el concierto de naciones: la ineptitud de los gobernantes y sus administraciones. Lo hemos visto casi a diario en los dos últimos gobiernos del país y en los candidatos que ya saltaron al entarimado, aprestándose a bailar El Carbonero de Pancho Lara si fuere posible, con tal de motivar el voto a su favor. ¡Basta de candidatos improvisados e ineptos! La república urge y necesita gobernantes sabios, que planifiquen anticipada y honestamente el quehacer y manejo de la cosa pública en el órgano ejecutivo, pensando primero en el bien común; que sepan siquiera medianamente sobre finanzas públicas y distribución presupuestaria, que conozcan cómo incentivar inversiones, que vean sin colores partidarios la realidad socioeconómica de la nación salvadoreña, que  gobiernen para hoy, pero con pulsiones al futuro, para que sus obras sean dignas de continuidad en  el siguiente período; que tengan conocimientos sobre derecho constitucional, para no emitir decretos que se los rebote la Sala de lo Constitucional, etcétera.

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La tercera cruz del calvario republicano, quizás la peor y más desastrosa, es la corrupción administrativa, advertida en todos los niveles. Por su impacto nacional, la analizaremos después con amplitud.




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