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Nacionales

El Colocho, la bajada y la historia de las fiestas de San Salvador

Carlos Cañas Dinarte / Colaborador DEM

jueves 3, agosto 2017 - 12:03 am

Es el 6 de agosto del año 1528, en la decimosexta centuria de la Era. El lugar es un pequeño poblado situado al sur de la actual ciudad de Suchitoto, donde en 1528 fue reasentada la villa española de San Salvador, fundada tres años antes por Pedro de Alvarado y puesta bajo la advocación divina de la Santísima Trinidad. Frente a un pequeño grupo de moradores, ibéricos e indígenas, el cura Francisco Ximénez oficia una misa a campo abierto, para conmemorar la Transfiguración de Jesucristo en el Monte Tabor.

Esa ceremonia religiosa de los sansalvadoreños es sencilla, envuelta entre los cánticos y rezos de la gente, el humear de las velas, el olor a inciensos y perfumes, el tañido de una campana y la explosión de cohetes en lo alto de los cielos. De esta manera, la población y el sacerdote cumplen a cabalidad con las disposiciones litúrgicas establecidas en 1457 por Su Santidad Calixto III, quien ordenó que la Transfiguración fuera celebrada con solemnidad cristiana el 6 de agosto de cada año venidero hasta el fin de los tiempos.

Dos años más tarde, a partir del 17 de junio de 1530, tomó posesión de la parroquia el presbítero Antonio González Lozano, a quien le correspondió la tarea de dirigir los trabajos de edificación del templo de La Trinidad, en el valle español de La Bermuda-Ciudad Vieja, construido con portada baja de calicanto, gruesas paredes de adobe y alto techo de vigas de madera y tejas de barro.

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Surgimiento del “Colocho”


Las celebraciones católicas de la villa de San Salvador fueron mezcladas, casi de inmediato, con la ceremonia de exhibición del Pendón Real, estandarte del imperio ibérico, que cada 5 y 6 de agosto, era sacado de las instalaciones del cabildo (ayuntamiento o alcaldía) y paseado por las calles polvorientas, con gran pompa y  acompañamiento de caballería, todo con el propósito que los hombres y mujeres de aquella ciudad, de gruesos muros y techos de paja o teja renovaran sus votos de fidelidad al supremo monarca de España y América.

De esta manera, los festejos dedicados a España y al Salvador del Mundo abarcaban los días 5 y 6 de cada octavo mes del año y revelaban la unión existente entre los poderes terrenales y celestiales que regían a esta porción del Nuevo Mundo. Aunque las actividades de júbilo, alegría popular y gubernamental estaban centradas en la víspera, la misa solemne era desarrollada el día 6, entre los muros de calicanto de la iglesia parroquial, construida al oriente de la Plaza de Armas (hoy Plaza Libertad) del tercer asentamiento de San Salvador.

Desde el altar mayor de ese templo -construido entre 1546 y 1551, gracias a los trabajos de Francisco Castellón- una pesada escultura del Salvador del Mundo, donada por su majestad imperial Carlos V de Alemania y I de España, contemplaba el paso del tiempo por entre aquellas personas y calles, sin esperanza alguna de que sus más de dos toneladas fueran alzadas en hombros y sacadas a recorrer los vericuetos de aquella creciente urbe española en tierra salvadoreña.

Fue bien visto el castigo divino que se manifestó el 30 de mayo de 1776, cuando la capital de la provincia de San Salvador fue arruinada por un violento terremoto, originado por la fosa de subducción y calculado, en fechas recientes, en 7.5 grados en la escala de Richter.

Ante los vaivenes de la tierra, el temor y el horror se apoderaron de los hombres y mujeres, al grado tal que a partir de ese momento abarrotaron las iglesias y ermitas en busca del perdón de los cielos para los pecados cometidos.

La oportunidad no fue desaprovechada por el párroco Isidro Sicilia, quien encargó el esculpido y pintado de una imagen portátil del Salvador del Mundo al más notable y hábil escultor, grabador, pintor y dorador de imágenes de toda la región. Se llamaba Silvestre Antonio García.

García era heredero y propietario de la inmensa hacienda San Antonio Los Amates, ubicada al poniente de San Salvador, la que siglos más tarde fue escindida en las fincas El Espino y San Benito.

Con el tallado y pintado de la madera de un naranjo seco que había en su propiedad agrícola, Silvestre Antonio García cumplió el encargo sacerdotal y, para agosto de 1777, una nueva imagen del Salvador del Mundo fue colocada en el altar mayor de la Iglesia Parroquial de la capital provincial. Así surgió el “Colocho”, como denominó el pueblo a esa escultura religiosa. Ese nombre siguió la más clara tradición española de asignar nombres cariñosos a las efigies religiosas más populares.

Como tributo complementario, García se hizo cargo de organizar y pagar las celebraciones agostinas de los años siguientes, sacrificio que cumplió hasta el día de su muerte, ocurrida a mediados de 1808, tras entregar fuerte suma de dinero al párroco capitalino, presbítero y doctor José Matías Delgado y de León, para que cancelara obreros y materiales pendientes de la reconstrucción del principal templo de la capital de la Intendencia de San Salvador.

En manos de la municipalidad

A partir del mismo año de la muerte del maestro Silvestre García, la municipalidad de San Salvador asumió la organización y conducción de los festejos agostinos. Para ello, cada mes de mayo nombraba un comité de 16 personas, entre hombres y mujeres, quienes asumían sus cargos como mayordomos o capitanes de barrio y se encargaban de recolectar fondos de manera ingeniosa, suma que era utilizada luego para los materiales con los que cada fracción poblacional de San Salvador honraba a su santo patrono en un día determinado de la semana de celebraciones.

En 1809, la primera capitana nombrada fue la señora Dominga Mayorga, quien organizó una alegre alborada, una fastuosa entrada a la Plaza Mayor y una carroza con forma de barco cargado con flores, las que fueron repartidas entre el público al cerrar su recorrido frente a la Iglesia Parroquial.

Al año siguiente, la celebración agostina principal fue la representación del Monte Tabor en el atrio de la Iglesia Parroquial, donde el Cristo de Silvestre García fue el centro de atención y atracción.

Para 1811, un año convulso por los ánimos independentistas reinantes, fue construido un carro modesto, de madera, tirado por bueyes y adornado con papeles de colores y muchas flores, entre las que se colocó al “Colocho” y se le llevó a recorrer las calles, por entre el júbilo de la población. Al final del recorrido, frente a la Iglesia Parroquial y la Plaza de Armas, se produjo por primera vez la “Bajada” o cambio de ropas para el Cristo transfigurado. Así se dio origen a un ritual que perduró hasta 1999, cuando el momento de la “Bajada” fue trasladado de ese sitio fundacional de la primera Catedral sansalvadoreña a la fachada de la tercera Catedral, al norte de la plaza Barrios.

Fiesta nacional

Un decreto ejecutivo del 24 de junio de 1905 elevó las fiestas patronales de San Salvador a la categoría de feria, y permitió que desde el 1 al 6 de agosto, se diera una mayor solemnidad y capacidad comercial en la capital salvadoreña.

Dieciséis años más tarde, las fiestas revistieron un carácter especial, debido a la cercanía de la conmemoración del primer centenario de la Independencia Centroamericana. Durante la misa del 6 de agosto de 1921, fue interpretado, en la nave central de la segunda Catedral Metropolitana (1888-1951) un Himno al Salvador del Mundo, cuya letra y música fueron escritas por el poeta Belisario Calderón y por el filarmónico Pedro J. Guillén.

Dos años después, un acuerdo ejecutivo del 23 de junio de 1923 declaró que las fiestas de San Salvador serían Feria Nacional de El Salvador, pues están dedicadas al patrono religioso del país, efigie símbolo que ha merecido un monumento en la Plaza de las Américas –inaugurado en diciembre de 1942 y reconstruido, tras el terremoto del 10 de octubre de 1986-, emisiones de sellos y tarjetas postales, recuerdos religiosos y hasta un espacio azul en las recientes placas de los automóviles salvadoreños.

Para esa segunda década del siglo XX y las posteriores, las fiestas agostinas revestían una combinación de elementos religiosos, comerciales, políticos y otros temas mundanos, envueltos en las alboradas, mascaradas, carrozas de flores y bellas mengalas (señoritas, término que entró en desuso en los años 30), juegos florales, trajes de gala y danzas ejecutadas en los salones de la Sociedad de Empleados de Comercio, La Concordia, Sociedad de Obreros Confederada, Casino Salvadoreño y El Salvador Country Club.

Los “viejos de agosto” anunciaban la apertura de la semana de fiestas en el  desfile  del Correo, en sustitución de la alegoría de Mercurio, el alado mensajero de los dioses griegos.

 




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