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Editorial & Opinion

El crudo flagelo del terrorismo

Eduardo Cálix / Colaborador

Jueves 25, Mayo 2017 - 12:00 am

Han muerto 22 personas y otras 59 han resultado heridas el pasado lunes, tras registrarse un nuevo acto terrorista al término del concierto ofrecido por la cantante estadounidense Ariana Grande, en el Manchester Arena.

Esta vez, el auditorio compuesto principalmente por niños y adolescentes, ha sido el blanco principal del atentado terrorista atribuido por el Estado Islámico, ISIS. El ataque, al igual que el tiroteo perpetrado en noviembre de 2015 en la sala Bataclan, en París, durante un concierto del grupo Eagles of Death Metal, buscaba sembrar terror y muerte en una elevada concentración de gente joven, siendo el público del Manchester Arena, aún más joven que el de París.

Esta reciente masacre ha puesto de nuevo sobre la mesa el exámen del crudo flagelo del terrorismo, violencia irracional practicada por grupos minoritarios que tratan de conseguir por la fuerza –o por el chantaje social y político que sus crímenes ocasionan– un reconocimiento determinado, pretendiendo influir poder sobre el poder establecido a través del terror.

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Estos grupos que adornan cierta “ideología”, en muchos casos delirante, por la que dicen luchar y alrededor de la cual pueden agrupar algunos apoyos o adhesiones, hay que combatirlos donde se encuentren. Pero, la pregunta es: ¿se está haciendo eficazmente? Los ataques a Siria, Irak o Afganistán no han disminuido el apoyo de grupos musulmanes radicales a peligrosos fundamentalistas. Por el contrario, pueden haberlo incrementado. Y ese apoyo genera siempre inestabilidad, nutriendo futuras generaciones de terroristas que seguramente ya se están formando y entrenando.

Afirmar que la pobreza es la principal causa del terrorismo es una errónea y simplista afirmación. Son normalmente causas ideológicas, religiosas, de sentimiento na-cional ultrajado o mitificado, o de llamados desesperados de minorías las que terminan generando esos núcleos clandestinos que practican la violencia por el sólo hecho de propagar más violencia.

El terrorismo es muy difícil que logre conectar alrededor de sus ideas a suficientes personas para producir sus supuestos cambios sustanciales. Frente a las democracias se demuestra totalmente estéril, además de criminal y cruel. A través del Estado de derecho, se debilita y se rechaza. Además, los grupos terroristas saben que su potencial de destrucción es limitado. Nunca podrán enfrentarse abiertamente ni a la policía ni a los ejércitos. Por eso buscan acciones espectaculares que obtengan relevancia para difundir su presencia en medios de comunicación masiva y mantenerse vigentes.

Hay ejemplos donde la extrema violencia ha sido forma de expresión de lucha de ciudadanos contra tiranos en el uso de su derecho a la rebelión como respuesta a los abusos del Estado; pero el terrorismo moderno que sufren sobre todo los países democráticos, ha pervertido los dos sujetos fundamentales del tiranicidio, los gobernados y el déspota. Montesquieu suponía que la tiranía de un príncipe en una oligarquía no es tan peligrosa para el bienestar público como la apatía del ciudadano en una democracia. De ahí la prueba como el pueblo norteamericano reaccionó en bloque contra la tiranía del terrorismo de manera contundente como sucedió en el 11-S o el pasado atentado en Boston, donde la colaboración ciudadana masiva hizo posible la captura de terroristas.

Por tanto, los terroristas que actúan como tal en una democracia no reivindican su condición de ciudadanos que exigen libertad frente a una tiranía, sino que se erigen igualmente como tiranos atentando con terror y crueldad contra la ciudadanía libremente constituida. Los que habitamos países democráticos debemos tener claro que el terrorismo es una forma de tiranía contra los ciudadanos y sus derechos fundamentales, y jamás persigue en su oscuro propósito un fin noble ni justas reivindicaciones.




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