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Editorial & Opinion

El debate electoral en El Salvador

Eduardo Cálix / Embajador

jueves 19, abril 2018 - 12:00 am

Los salvadoreños estamos viviendo en democracia. Nuestras aspiraciones y preferencias se han hecho realidad a través del instrumento que nos facilita una institucionalidad democrática que día a día intentamos consolidar: el voto.

En esta dinámica y constante electoral, los salvadoreños hemos presenciado una iné­dita manera de hacer política, donde por la legalidad, los partidos políticos pretenden modernizar sus estructuras, propiciando mayor transparencia y acceso para hacer valer con determinación la elección de su preferencia, con un voto más educado, preparado, analizado e informado.

Un instrumento novedoso son los debates entre los aspirantes a obtener la primera magistratura de la nación. Los debates son una novedosa vitrina de nuestra joven democracia. Privilegian la opinión y la crítica. Fortalecen la libertad de expresión y de información, e instruyen a la ciudadanía en su derecho a votar por el proyecto más conveniente a sus intereses.

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Los debates deben reglamentarse para dejar satisfechos a todos. En los días previos, los candidatos deben discutir el formato para sentirse cómodos durante ellos: los temas de que versará; el tiempo para responder y refutar; el orden en el que se responden las preguntas; quién inicia, quién finaliza; fechas y sedes, etc.

El sistema de comunicación política salvadoreño, en periodos electorales, está estructurado bajo tres grandes pilares: los spots, la producción y circulación informativa a través de los medios de comunicación, especialmente la radio y la televisión; y el desarrollo de las campañas a ras de tierra como los mítines o el trabajo que los candidatos realizan casa por casa.


Las primeras dos se desarrollan de forma limitada debido a una legislación rígida y complicada. La tercera vive con un mayor grado de libertad, aunque también restringida. A estos tres pilares habría que añadirle una serie de nuevos agregados, que cada vez más tienen mayor peso, como las comunidades virtuales en Facebook, Twitter, Instagram, Snapchat o Youtube.

Los spots, son previsibles y comunican poco, pues tienen el objetivo de instalarse emocionalmente entre las audiencias. Luego de que un spot se repite al infinito, los ciudadanos aprenden mecánica y acríticamente una serie de mensajes que buscan generar impulsos que lleven a la acción.

Los espacios noticiosos buscan la equidad y hacen eco de lo que los candidatos intentan comunicar, pero son pocos los medios que llevan la práctica periodística hacia los terrenos de la investigación o del análisis.

En este escenario, los debates pueden adquirir un peso mucho más determinante, siempre y cuando la población pueda verlos, escucharlos y analizarlos. Entre más público abarquen, mayor será su utilidad para el proceso de deliberación democrática. Por ello, no es menor la discusión sobre si los medios privados de comunicación deberían transmitir los debates.

Un debate, en resumen, es una oportunidad de mejora para cualquier aspirante presidencial que asuma seriamente sus propuestas. Es una forma de presentarlas al escrutinio público, y que pase la prueba. Los programas de gobierno de los candidatos presidenciales son asuntos de pocos técnicos que se empeñan en escribirlos, los presentan en un acto y el candidato habla de que tiene un programa, pero ello no implica necesariamente que lo conozca a ciencia cierta.

Por ello, es importante que cuando un aspirante a la presidencia gana las elecciones, no inicie su gestión con improvisaciones, sin cumplir lo que amparaba su programa de acción gubernamental.

Ciertamente, nuestros primeros ensayos sobre los debates son modestos, pero constituyen en su esencia, un parteaguas de la democracia. Ojalá tengamos más ejercicios de este tipo, para que todos seamos ciudadanos bien informados y elijamos  la  opción más conveniente para nuestro querido El Salvador.




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