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Editorial & Opinion

El desencanto con la democracia

Roberto Meza / Colaborador

viernes 20, abril 2018 - 12:00 am

La semana pasada tuve la oportunidad de escuchar la extraordinaria reunión sobre análisis político convocado por Fusades, llamada FIAP 2018, donde participaron 12 analistas internacionales de primer nivel. En dicho evento se insistió en la desconfianza globalizada sobre la clase política, lo que conduce al rechazo general que tenemos sobre los partidos políticos y su correspondiente inseguridad en las Américas. Evidentemente esto es comprensible: lo indeseable requiere ser enmendado, mientras que lo plausible sencillamente debe seguir siéndolo.

Para que las cosas aceptables continúen así es necesario tomar medidas para que no se deterioren, pues en la vida nada garantiza que el éxito sea permanente. Además, como la realidad no es una fotografía inmóvil, lo bueno hay que mejorarlo continuamente para que no pierda esa calidad. Pensaba en esto el otro día mientras daba lectura al más reciente informe de Latino-Barómetro, que da cuenta que en América Latina apenas un poco más de la mitad de los ciudadanos consultados, 53 %, se muestra partidario del régimen democrático, dato inquietante, pues la alternativa a la democracia es la autocracia –forma de gobierno en la que la voluntad de una sola persona o un grupo reducido, es la suprema ley–. ¡Vamos de retroceso, hermano mío!

Asimismo la fundación Bertelsmann Stiftung de Alemania, ha realizado un análisis sumamente interesante de los datos del informe. “Revela signos de aumento de un síndrome por el que las élites políticas no logran ofrecer soluciones satisfactorias”. La crisis de confianza –subraya– está empezando a erosionar la legitimidad de los gobiernos latinoamericanos. Más aún: “En Latino-américa la insatisfacción con el funcionamiento de la democracia está amenazando con mutar a un descontento de la democracia como tal”.

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La Bertelsmann clasifica 21 países tomados como muestra en el estudio, encontrando que sólo cinco son democracias consolidadas: Argentina, Costa Rica, Chile, Jamaica y Uruguay. Nueve son democracias imperfectas: Bolivia, Brasil, Colombia, El Salvador, México, Panamá, Paraguay, Perú y R. Dominicana. Tres son democracias altamente imperfectas: Ecuador, Guatemala y Honduras. Finalmente define las autocracias en moderadas como las de Haití y Nicaragua, y de línea dura como: Cuba y Venezuela.

Entre las diferentes razones del desencanto, el estudio destaca el estancamiento económico generalizado desde 2010, del que apenas la región empieza a salir, y la violencia. Respecto a la primera razón, el análisis señala: “El modelo económico liberal está amenazado por el prolongado estancamiento de graves consecuencias sociales. Obviamente esto es así porque los principales problemas de América Latina siguen sin resolverse –dependencia de las exportaciones de materias primas, baja productividad y altos niveles de desigualdad– los cuales se ven exacerbados por la disparidad educativa, que frena el desarrollo”.


En cuanto a la segunda razón, la fundación recuerda que los 21 países de Latino-américa se encuentran, si se excluyen las zonas de guerra, entre los 25 con mayor tasa de homicidios del mundo y 43 de las ciudades de esos países están entre las 50 más violentas.

No podemos poner en duda que esos dos factores del sentimiento de frustración tienen gran relevancia, pues afectan desfavorablemente de manera muy importante la calidad de vida de los habitantes de amplios segmentos de la población. La pobreza, la ausencia de horizontes promisorios y la exorbitante tasa de homicidios inciden dramáticamente en las condiciones de existencia de quienes las sufren. Sin embargo, la desafección por la democracia parece la actitud de quien quiere vaciar el agua sucia de la tina llevándose todo. ¿Es la democracia culpable de los factores apuntados? Claramente no: basta volver a ver lo que sucede en Venezuela, que a partir del chavismo se encuentra en una espiral ascendente de miseria, carencias y asesinatos.

¿Y nosotros? En múltiples mensajes de las redes sociales y en numerosas conversaciones se repite que jamás habíamos estado tan mal como ahora, que peor ya no podemos estar. ¿Es eso verdad? La única manera de responder con seriedad es acudiendo a los datos de la realidad. Todo lo demás es percepción errada o tergiversación.




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