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Editorial & Opinion

El destino patrio compete a todos

Armando Rivera Bolaños/Abogado y Notario

Martes 23, Febrero 2016 - 12:00 am

El conmovedor llamado a la unidad nacional escrito por don Juan José Borja Papini, publicado en la edición de este periódico del jueves 18 de febrero, no debe ni puede pasar inadvertido para la clase política nacional y, por ende, para toda la sociedad de nuestro país. Según palabras del distinguido empresario, “la polarización política se ha enquistado peligrosamente en el corazón de los salvadoreños y salir de ella, buscar entendimientos y consensos básicos de nación, es una necesidad esencial para el desarrollo y el progreso de El Salvador”. Y le asiste toda la razón en hacer esa afirmación, aunque sea dolorosa. Hace unas cuantas décadas atrás, cuando aún  éramos jóvenes, recuerdo que nos llamaban “los japoneses de Centroamérica” debido al auge industrial, agrícola, bancario, etc. que  nos hizo crecer económicamente. Después, ya conocemos la triste etapa que sobrevino, como plaga bíblica, misma que nos ahogó por muchos años en torrentes de sangre hermana, destrucciones, éxodos masivos, desorganización familiar y otras tragedias, que condicionaron el advenimiento de la actual ola de violencia criminal, que ya presentíamos desde el momento mismo que se firmaron aquellos prometedores Acuerdos de Paz de 1992, que hoy parecen ser ilusorios, o estar convertidos en letra muerta, sin efecto alguno para el presente, mucho menos para el futuro patrio.

De que hemos venido soportando una serie de situaciones negativas desde que nos independizamos de España, es una fea realidad que no podemos soslayar en el ámbito sociológico e histórico, pero poco a poco, excepto por el fenómeno atroz de “la década perdida”, estábamos superándolas a paso ligero y casi podría afirmar que, a estas alturas del siglo XXI, seríamos otra clase de nación para los seis o siete millones de compatriotas que constituyen la población salvadoreña. Éramos un país atractivo para las inversiones propias y extranjeras y eso aceleró nuestro progreso. Ni aun la debacle del Mercado Centroamericano, ejecutada por las intrigas egoístas y politiqueras, hasta llevarnos a un conflicto armado contra nuestros hermanos hondureños, fue suficiente para detener el avance sostenido que mantuvo nuestro amado país. Y volviendo nuestra mirada, siempre en retrospectiva,  desde esos lejanos tiempos de crisis hasta el presente, solo encontramos a un “culpable” que se ha encargado de desbaratar los buenos propósitos del progreso nacional: la clase política motivadora del oportunismo confrontativo, del fraude y la corrupción. Porque hay, y siempre ha existido, una clase política no partidista, limpia, impulsora, democrática y conciliadora, a la que se le han cerrado puertas, oportunidades y medios de expresar sus proyectos ante la sociedad. De allí que el llamado del estimable señor Borja Papini es, precisamente, “a buscar la unidad nacional que tanto necesitamos, no una unidad en torno a una determinada corriente política, sino en torno al Altar de la Patria, en torno a objetivos comunes”.

Por ejemplo, si por medio de una columna periodística, o un mensaje en las redes sociales, alguien escribe una crítica dirigida a cualquiera de los dos grandes partidos actuales, de inmediato se la responden gentes que se escudan tras el anonimato, con textos abundantes en insultos y amenazas. ¿Por qué? No es simplemente por razones ideológicas, sino porque temen perder votos en las próximas elecciones. Sabio entonces lo dicho por el Presidente de Editora El Mundo, cuando señala  que “las fuerzas políticas, especialmente las dos mayoritarias, deben priorizar el país, en lugar de sus réditos electorales”. Más claro no se le puede hablar a nuestra clase política.

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Urge crear consensos de país. No debemos continuar inmersos en un ambiente de rencores politiqueros y acusaciones infundadas, mientras la Patria nos convoca, con urgencia, a reunirnos todos, sin excepción, en comunión fraterna, ante su Altar azul y blanco. Urge fortalecer la institucionalidad democrática, la majestad de la justicia y la observancia a nuestra Carta Magna, para reiniciar el sendero floreciente de laureles que nos conduzca hacia un mejor futuro para las nuevas generaciones.

 




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