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El progreso y desarrollo de un país en buena medida depende del modelo que decida cada sociedad y de la energía de que disponga para acompañar y vigilar su ejecución. Sin embargo, no me detendré en el macro concepto.

El progreso y el bienestar, en el nivel micro, también depende de la cultura, tradición y actitud ciudadana; de la formación misma de la sociedad, en este caso de la familia, del grado de cohesión, integración, unidad de propósitos y claridad de rumbo de cada núcleo; dicho de otra forma, no se puede culpar al sistema de todo lo que nos pasa, o deja de pasar, éste genera oportunidades y depende de cada uno el debido aprovechamiento de éstas.

El programa “Educación Financiera”, nuevo para mí pero que inició hace nueve años, es asumido por un amplio asocio interinstitucional en el que participan, bajo la coordinación del BCR, la Defensoría del Consumidor, el Instituto Garantía de Depósitos, Bandesal, la Superintendencia del Sistema Financiero y el Mined. Tiene por propósito desarrollar capacidades financieras en la población, instruir bases para la toma de decisiones debidamente informadas que en definitiva abonen en bienestar, seguridad e inclusión financiera para las familias; y a la larga contribuyan a la estabilidad, calidad de vida para las personas y buen funcionamiento del sistema financiero en su conjunto.

El contenido ha incluido un manual para la formación preliminar de 120 docentes del sistema educativo y convenios con distintas universidades que han puesto a disposición toda una batería de pasantes debidamente instruidos que se convierten en multiplicadores.

Entre las herramientas está el empoderamiento del consumidor como sujeto con derechos, orientado a formar consumidores responsables, encaminados a no gastar más de lo debido y a adquirir lo útil y necesario. Hay diversos mecanismos que capacitan en: estructuración y orden de las finanzas personales; técnicas para el diseño sencillo del presupuesto familiar, cubriendo las prioridades; funcionamiento del sistema financiero sobre los productos y servicios que éste provee para estimular el emprendedurismo.

En definitiva, los propósitos de este programa son: fomentar el hábito del ahorro; orientar la inversión inteligente; disponer personalmente, y en el entorno familiar, de finanzas sanas y ordenadas; inculcando habilidades básicas de administración que nos permitan dominar el principio de que “el dinero es energía” y que por lo tanto se necesita conocimiento y suficiente claridad para su manejo.

Alcanzar buenos hábitos financieros en la familia pareciera una misión imposible, sobre todo, en una sociedad como la nuestra, distorsionada por el libre mercado a ultranza, en el que es el entorno mediático y la presión social quienes determinan las prioridades del gasto personal, imponiéndonos crecientes hábitos y patrones de consumo que se multiplican automáticamente con necesidades creadas –muchas artificiales– que crecen incontrolables al infinito. De seguir así, estamos predestinados a nunca cerrar la brecha entre ingreso y gasto, lo que anula cualquier aspiración de progreso; aún más si perseguimos utopía material del consumo irracional encadenado al tradicional modelo impuesto de servicios, comercio, informalidad y remesas.

Actualmente alrededor de un 80 % de los trabajadores públicos viven atrapados en el remolino del dinero plástico, sobreviviendo para pagar; otro tanto desde la informalidad son presas de agiotistas y fenecen en el agujero de vivir para nunca terminar de pagar; en su conjunto vidas con finanzas personales y familiares desordenadas, totalmente distante del imaginario productivo de trabajar para bien vivir, con suficiente bienestar para una vida modesta y tranquila.

Las sociedades que han logrado hacer del ordenamiento de las finanzas familiares y el ahorro una práctica cotidiana, también han perfilado la educación como una inversión prioritaria, logrando mejores condiciones de vida: Alemania, por ejemplo, y cuya fundación “Cajas de Crédito de Alemania” contribuye a fomentar esta estrategia de educación financiera en nuestro país.

Es encomiable el ejemplo de la sociedad japonesa quien se precia de tener uno de los estándares mayores de ordenamiento de las finanzas personales y familiares, con una tradición que ha ido creciendo durante más de un siglo, desde que una mujer considerada la primera periodista de Japón, Motoko Hani en 1904 diseñó un sistema sencillo llamado “Ka Ke Bo” orientado a encontrar un balance saludable entre ingresos y gastos personales, y que radica en el registro diario y ordenado de absolutamente todo gasto que se realice, bajo el concepto de: gastos de estricta supervivencia o gastos fijos; transporte, ocio, vicios, extras; y educación y cultura.

El propósito de su creadora fue proporcionar una herramienta que, a fin de mes, nos permita una evaluación de cantidad en cuanto a gastos, y calidad ¿En que gastamos? Así podemos reflexionar en que podemos ajustarnos y hasta cuanto podemos ahorrar con un propósito determinado.

El maestro Alberto Masferrer en su obra “El Dinero Maldito” –y esto que no existían las tarjetas de crédito–, advierte sobre el dinero: “…esa es nuestra vida…esa será también nuestra ruina…”.



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