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Editorial & Opinion

El Estado, la Iglesia y el bien común

Sherman Calvo / Publicista

viernes 29, septiembre 2017 - 12:00 am

Un artículo de la organización Zenit, define el bien común temporal como el fin específico del Estado. El bien común de orden temporal consiste en una paz y seguridad, de las cuales las familias y cada uno de los individuos, pueden disfrutar en el ejercicio de sus derechos, y al mismo tiempo, en la mayor abundancia de bienes espirituales y materiales que sea posible en esta vida mortal, mediante la colaboración activa de todos los ciudadanos.

El artículo en mención, nos presenta estas definiciones de los Papas:

Pío XI: “Divinis illius magistri”. Toda actividad del Estado, política y económica, está sometida a la realización permanente del bien común; es decir, de aquellas condiciones externas que son necesarias al conjunto de los ciudadanos para el desarrollo de sus cualidades y de sus oficios, de su vida material, intelectual y religiosa.

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Pio XII: Radio mensaje Navidad 1942. Un sano concepto del bien común abarca todo un conjunto de condiciones sociales, que permitan a los ciudadanos el desarrollo expedito y pleno de su propia perfección.

Juan XXIII: “Mater et Magistra”. En la época actual se considera que el bien común consiste en la defensa de los deberes y derechos de la persona humana.


Juan XXIII: “Pacem in terris”. El bien común abarca el conjunto de aquellas condiciones de la vida social, con las cuales los hombres y las familias pueden lograr con mayor plenitud y facilidad su propia perfección.

Concilio Vaticano II: “Gaudium et spes”. Fines del bien común El bien común se concreta en tres fines: a) El respeto a la persona. b) El bien común exige el bienestar social y el desarrollo del grupo mismo. c) El bien común implica la paz, la estabilidad y la seguridad de un orden justo.

A manera de ir sacando una conclusión, recordemos el pensamiento del viejo Aristóteles: “Un régimen es tanto más sublime cuando se ordena a un fin más alto”. Esto no puede ser más que así, ya que el fin especifica le da su especie, su esencia, a las acciones y a las instituciones que les sirven de soporte.

Según el columnista Rodrigo Guerra, “cuando el bien común ordena la acción de gobernar, la sociedad aunque no lo exprese con palabras, logra paulatinamente el bien temporal que en lo profundo anhelaba”. Sin embargo, cuando el «bien común» es un mero recurso retórico para decorar discursos, otras finalidades aparecen en el quehacer de gobierno distorsionando la naturaleza de la sociedad y de la política. ¿Por qué sucede esto? ¿Acaso los partidos políticos de vocación democrática, cristiana o humanistas no poseen suficiente doctrina para darle contenido concreto a sus principios fundamentales?

Justo en este escenario es cuando se puede apreciar la importancia de recuperar la noción del bien común. La primacía de la persona, es decir, de los seres humanos que me rodean, que son mi prójimo. Si deseamos evitar que el «bien común» sea sólo un concepto vacío, es necesario volver a experimentar el asombro ante la humanidad de todo hombre.

La vida organizada en torno al «tener» y no enfocada prioritariamente al «ser», acostumbra la mirada a valorar sólo aquello que es «funcional», aquello que resulta superficialmente «atractivo», aquello que es «confortable»… y a menospreciar a los seres humanos, especialmente, si están desfigurados por el mal moral, por la pobreza, por la falta de educación o por la carencia de salud. En esto consiste el personalismo, esto pone la base real para la solidaridad y para que eventualmente nuestros pensamientos y palabras en torno al bien común, tengan un contenido real, activo y transformante de nuestras propias personas y de las de los demás.




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