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Editorial & Opinion

El final de la tolerancia a la corrupción (II)

Aldo Álvarez/Abogado y catedrático

jueves 22, diciembre 2016 - 12:00 am

OPINION

Corrupción es el manejo deshonesto de recursos públicos en torno a la gestión pública. Corrupción es prevalecerse de un cargo público para beneficio propio o el de terceros vinculados con el corrupto –estos terceros suelen ser la mayoría de las veces los corruptores, una lacra igual o más execrable que el propio funcionario corrupto. Corrupción es traicionar la confianza y la lealtad de un colectivo que necesitando resolver sus ingentes y urgentes problemas sociales, ha creído en individuos que le han hecho pensar que van a velar en pro y a favor de ellos, es por tanto traición pura.

Corrupción es también inmoralidad pura, desviación de conducta, manifestación de antivalores personales, expresión de pobreza de espíritu, pero sobre todo de bajeza personal, como la que expresa un delincuente que roba o que hurta. Corrupción es hipocresía desmedida, cuando se pregona honestidad y transparencia por quien se beneficia corruptamente del erario público. Pero lo más grave aún, es que la corrupción adquiere una calidad sobredimensionada cuando quien la comete lo hace en una sociedad pobre, con tantas necesidades y padecimientos, con tanta exclusión y marginación social, con hambre, con escuelas y servicios de salud precarios, etc., pues quien comete actos de corrupción a un pueblo con esas características, eso simplemente NO TIENE NOMBRE. Los sinvergüenzas funcionarios corruptos que le hacen eso a un pueblo con esas características ya rayan la ¡LESA HUMANIDAD!, y no se puede tener ninguna consideración con estos sujetos.

Pero parece que en los últimos tiempos ha permeado en buena parte de la llamada “sociedad civil” un sentimiento nuevo y distinto sobre la tolerancia a la corrupción. Algunos pueden pensar que en apariencia hoy hay más corrupción que antes, por los casos de desmesurados e injustificados incrementos patrimoniales de muchos funcionarios y ex-funcionarios públicos –a veces en forma escandalosa-, que está llevado a cabo la Sección de Probidad de la CSJ, y que lo está haciendo en forma bastante diligente por dos razones: Primero porque se le devolvieron sus funciones investigativas plenas –cercenadas en la triste  y opaca era de Agustín García Calderón-; segundo porque debido a la existencia de la normativa de acceso a la Información Pública, sería muy difícil de ocultar tales diligencias; tercero, porque hay un interés de parte de los EE.UU. en apoyar el combate a la corrupción en el país, pues sienten que han otorgado tantos recursos para el desarrollo por tantos años, y muchas de esas ayudas se han drenado en la madeja de la corrupción institucionalizada; cuarto, porque con la llegada de funcionarios independientes y liberados de las “trabas” de la “rancia partidocracia”, como los Magistrados de la Sala de lo Constitucional, del Instituto de Acceso a la Información pública y más recientemente el actual Fiscal General de La República, que han hecho lo que nunca se había hecho bien en este país: aplicar la ley, desvelar la información patrimonial de funcionarios y ex-funcionarios, aplicar la ley de probidad como es debido y en el caso del Fiscal, tener las “agallas” de procesarlos; y quinto y más importante quizá, porque ya la población no está dispuesta a tolerar esa nefasta costumbre que tenían muchos de los que se “criaron” a la usanza de la vieja política, en la que la regla general era salir “compuesto” de los cargos públicos, y que la población lo aceptara y lo viera como algo cuasi “natural” del ejercicio del poder.

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Parece que esos tiempos han pasado, y una nueva generación de ciudadanos que, basados entre otras cosas en el uso de las nuevas tecnologías y las redes sociales, ya no están dispuestos a permitir ni a tolerar que las clases políticas vivan como viven las minorías acaudaladas del país, sino que exigen hoy día rendición total de cuentas y demandan que vivan sus representantes, más o menos como viven las grandes mayorías que dicen representar.

El político que no entienda esta realidad y quiera seguir actuando como en los viejos tiempos de las “componendas y las movidas”, ya no la tendrá tan fácil, pues el escrutinio público es ahora implacable, y aquellos que les “gusta mucho el pisto”, se la pensarán dos y más veces en ingresar al campo de la representación política. A lo mejor podríamos estar a las puertas de una posible dignificación del ejercicio de la política de este país, adonde los funcionarios públicos y representantes políticos sean ¡DECENTES! Con sólo DECENCIA Y HONESTIDAD, ya con sólo eso, otra realidad sería la del país…





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