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Editorial

El inconcebible asesinato de Monseñor Romero

Viernes 22, Mayo 2015 - 12:00 am

No sale de su asombro la ciudadanía salvadoreña, ni aquellos núcleos extranjeros que conviven en este país, en extremo convulsionado, ante el inconcebible asesinato perpetrado en Monseñor Óscar Arnulfo Romero y Galdámez, Arzobispo de San Salvador y supremo dirigente de las comunidades católicas en el territorio nacional.

Hace apenas unos días, señalan observadores, se comentaba en un Editorial en este Diario, que El Salvador, no obstante su pequeñez territorial, está siendo, junto con Colombia y Afganistán, un punto focal de la atención mundial. Transcurrido tan corto tiempo, la nación centroamericana ocupa la posición cimera, gracias al hecho más abominable que registra la historia político-religiosa de nuestro país, el asesinato del Arzobispo de San Salvador. La noticia del atentado y su fatal desenlace se extendió simultáneamente por el territorio nacional, el continente y el mundo, con sorprendente rapidez.

Distintos comentarios se han escuchado hasta el momento sobre tal doloroso y execrable crimen; pero sobre todo resalta, según la opinión de los observadores, el de la necesidad inmediata de concientizarse, de compenetrarse de lo que comienza a llamarse el martirologio de un hombre en la defensa de los derechos humanos y la incansable búsqueda de la paz. No era Monseñor Romero un elemento de extracción extremadamente modesta ni fue su niñez, adolescencia y juventud, un periodo de estrecheces y privaciones. Estudió en buenos planteles y se ordenó sacerdote en Roma.

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Tampoco de adulto sufrió el Padre y posteriormente el Prelado, situaciones de desequilibrio económico personal y pastoral que le pudiesen haber lanzado hacia el bando de los desposeídos. Según los observadores, su humildad era más notoria, por cuanto estaba rodeado de comodidades y atenciones, haciendo caso omiso de su propio bienestar para compartir, cotidiana e inagotablemente con sus comunidades de base, con sus campesinos, con sus catequistas allá en los recodos rurales en donde el ambiente se torna inhóspito para el peregrinaje. Eso era Monseñor Romero en la vida doméstica salvadoreña, pero en el concierto de las comunidades extranjeras era el Pastor indeclinable, el candidato al Premio Nóbel de la Paz, el Dr. Honoris Causa de dos caracterizadas universidades, en fin, el campeón de los derechos humanos y los mensajes de paz.

Ojalá, señalan, el holocausto del hombre que hizo célebres las homilías en América Latina, concrete en algo positivo para bien de nuestro “sufrido pueblo”, como él lo llamaba constantemente. Ojalá, agregan, su sangre generosa regada en tierra sagrada, en suelo protegido por la Fe, se convierta en fertilizante de la unidad Cristiana y del credo común, para caminar todos, sin temores ni odios, ni venganzas, hacia un futuro en que pueda hablarse de fraternidad, de armonía, de paz, de seguridad para un pueblo destrozado por la violencia. Un pueblo digno, por mil títulos, de alcanzar una vida mejor, sin necesidad de tanta angustia, tanto dolor y tanta sangre.





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