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Editorial & Opinion

El juez

Instituto Iberoamericano de Derecho Constitucional / Autor: René Fortín Magaña

viernes 22, septiembre 2017 - 12:00 am

Piero Calamandrei, en su joya literaria “Elogio de los Jueces escrito por un abogado” analiza con profundidad y donosura todas y cada una de esas características, seguro como está de que el representante de la justicia ocupa, por sus méritos, una posición cimera en la sociedad. “La primera condición del Estado fuerte es la fe del pueblo en la justicia -dice- y sólo sobre esa base puede concebirse su autoridad”.

Para eso se requiere la transparencia, es decir, el conjunto de actuaciones resistentes al examen ético. La ética no cumple sólo una misión trascendente. Constituye el núcleo de la confianza pública; y ésta es la germinadora del orden y de la paz social. Y la excelencia, que garantiza la adecuada sustentación de los fallos, en una época en que el avance de las ciencias jurídicas proscribe la arbitrariedad y hace mucho tiempo que dejaron atrás el método salomónico apto sólo para iluminados.

Algunos esfuerzos, es cierto, se están haciendo en el campo de la capacidad, particularmente por la Escuela de Capacitación Judicial, cuyos servicios, sin embargo, necesitan ser ampliados. Promisorio ha sido también el Programa de Formación Inicial para Jueces (PFI), así como un incipiente programa de becas, y algunos esfuerzos esporádicos de actualización en las diversas ramas de la Enciclopedia Jurídica.

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El campo de la honestidad está sostenido, sobre todo, por la índole moral de los operadores de justicia sensibles al imperativo categórico. Además del Código de Ética Judicial, puede ser útil, venciendo nuestro escepticismo, la Ley de Ética Gubernamental. Asimismo el Código Modelo Iberoamericano de Ética Judicial es un referente obligado.

El tema de la valentía, toca las más íntimas fibras personales que configuran a los hombres y mujeres de carácter, capaces de defender su verdad, y resistir las más grandes presiones oficiales o sociales y los halagos de la tentación. El ejemplo juega aquí un enorme papel, y es indudable que ese ejemplo es más eficaz cuando desde la cúpula del Órgano Judicial se transmiten gestos y actitudes que inducen a la emulación.


A falta de modelos actuales, permítanme, en este sentido, citar dos nombres que, desde la profundidad del tiempo, siguen siendo ejemplo para las nuevas generaciones por su iluminada capacidad, su intachable conducta y su valor a toda prueba: Miguel Tomás Molina y Sarbelio Navarrete, quienes ocuparon los más altos cargos del Poder Judicial. Tal vez a muchos jóvenes de las nuevas generaciones esos nombres no les digan nada. No es su culpa. Es la culpa de las instituciones y sus dirigentes, llamados a mantener vivo el recuerdo de los hombres ilustres que por su altitud, supieron distinguirse en el curso de nuestra historia.

Acaso ese vacío y ese ominoso silencio se deba a que, dada la descomposición social que padecemos, los buenos ejemplos son incómodos, son peligrosos, perturbadores y subversivos. Y surge aquí la triste paradoja de nuestro tiempo: los buenos ejemplos, gentiles lectores, son malos ejemplos, de los que hay que huir como de la peste a la velocidad de la luz.

El panorama es sombrío, por ratos, cuando vemos los retorcidos procedimientos empleados por los poderes públicos y las exorbitantes canonjías que se auto-conceden, pareciera que todo está perdido, y comienza a surgir la desesperanza. Pero no debe ser así. Lo más grave que pudiera pasarle al país es que nos cruzáramos de brazos franqueando el absorbente despliegue del autoritarismo.

Vivimos días aciagos, pero es válido soñar. Todo comienza con un sueño, con una idea, con un germen. Sin metas, grandes metas, es estéril la vida. Se estanca el pensamiento y la acción. Todos los proyectos son nonatos. Tenemos el derecho, más bien la obligación, de trazarnos esas altas metas que nos conduzcan al pequeño gran país que todos deseamos, en el cual la administración de justicia sea, de veras, la columna vertebral del Estado de Derecho, antagónica de la fuerza bruta, de la arbitrariedad, de la ruindad, del engaño y de la vileza que nos causan tanta vergüenza. Un país en el que las instituciones cumplan con vigor y convicción su cometido.




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