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Editorial & Opinion

El miedo a la libertad

Juan José Monsant Aristimuño/Exembajador venezolano en El Salvador

sábado 24, diciembre 2016 - 12:00 am

Erich Fromm fue un pensador que irrumpió en nuestra generación con sus escritos interpretativos de la sociedad y del hombre inserto en ella; uno de sus libros más comentados fue precisamente El Miedo a la Libertad, escrito en 1941 en los Estados Unidos, donde había llegado huyendo del ascenso del nazismo en su nativa Alemania. Como psicoanalista se interesó en los motivos del hombre para someterse a la autoridad, o su búsqueda de liberación, ambas en cualesquiera de sus expresiones, desde la paterna hasta la dictadura política acompañada con la represión.

En todo caso, junto a su otro libro insignia El arte de amar, y una veintena más de ellos donde en cada uno se reinventaba e interpretaba, a la altura de una Hannah Arendt o un Sigmund Freud. Siempre con el hombre en el centro de la acción, sus temores, instintos y ambiciones inherentes a la naturaleza humana, en estado salvaje o domesticado, como individuo y como masa.

Por supuesto, su propósito fue darle al hombre instrumentos para independizarse de prejuicios, normas sociales dominantes, sistemas, hábitos, publicidad o cualquier otra expresión de dominación que le impida alcanzar su libertad. Allí entran los temores, el miedo a la libertad. El miedo para decidir por sí mismo, a equivocarse, al qué dirán, a la inseguridad, la autoridad, la diferenciación. Libre para romper con la alienación, lo que Herbert Marcuse llamaba El hombre unidimensional, de quien Fromm se alejó por las interpretaciones marxistas de su compatriota.

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El hombre se inhibe de sus instintos destructivos para sí y el otro, por dos razones: por el peso de la ley punitiva y por el control social. El primero se explica por sí mismo, el segundo es por el temor a la condena de la opinión pública, el ser apartado por una conducta socialmente no aceptada. Y en esta relación traumática entran elementos del subconsciente personal y el colectivo que solo Freud, Jung podrían explicar, nosotros asumimos todo ese complejo interior que es el ser humano como una realidad con la cual se convive; a veces con uno mismo que nos hacemos insoportables e ininteligibles.

He tomado el título de la obra emblemática de Fromm, para expresar un comportamiento inhibitorio de nuestra cultura que ha cedido sus espacios de dignidad y libertad ante una minoría que impone sus hábitos y razonamientos.


Con mucha sed, y hambre, luego de unos 30 kilómetros recorridos en bicicleta, en medio del tráfico, paro en una tienda de Starbucks y aprovechando una tarjeta regalada por una hija hace unos meses, pido un chocolate caliente y un minisanguchito (de esos fitness, no de los que uno apetecería). Al poco tiempo me entregan una bolsita y un vaso muy bonito con su protector de calor para evitar demandas. En el adorno del vaso plástico sobresale el color rojo, en el centro el logo verdiblanco de la sirena, y el resto son copos de nieve, ramas de pino y bolas de adorno alusivos a las festividades del mes de diciembre. A la Navidad, pues; al nacimiento de Jesús, al cristianismo, pero como ahora no se puede escribir ni decir Merry Christmas o Feliz Navidad ni colocar una estrella porque alude al cristianismo, y hay personas que se ofenden porque son musulmanas o  no creyentes, se ha comenzado a desplazar la Feliz Navidad por el Felices Fiestas.

Una hipocresía, en el fondo ¿felices, por qué? Tiene que ser por algo, no porque es diciembre, pero hay que complacer a la minoría que impone su criterio, porque son votantes o clientes que gastan su dinero.

Hasta la Navidad y su significado se la están robando, desplazándose a la nada existencial. Y luego nos preguntamos porque sucedió lo de Berlín, por qué se prohíben los pesebres en España, Italia o en los propios Estados Unidos, y finalmente ¿por qué se le tiene miedo a la libertad?, a la libertad de asumir lo que somos por religión o cultura, pero la libertad de expresarnos.




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