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martes 11, julio 2017 | 12:52 pm

REZANDO JUNTOS, 11 de julio. San Benito, Abad. San Mateo 9. 32-38. Ciclo A.
Hoy 11 de julio, les saludo de forma especial en este dìa de la fiesta de San Benito, Abad.
El nacimiento de san Benito es fechado alrededor del año 480. Procedía, según dice san Gregorio, «ex provincia Nursiae», de la región de Nursia. Sus padres, acomodados, le enviaron a estudiar a Roma. Él, sin embargo, no se quedó mucho tiempo en la ciudad eterna. Como explicación totalmente creíble, Gregorio menciona el hecho de que el joven Benito estaba disgustado por el estilo de muchos de sus compañeros de estudios, que vivían de manera disoluta, y no quería caer en los mismos errores. Sólo quería agradar a Dios. (II Diálogo, Prólogo 1).
El período que pasó en Subiaco, período de ermitaño, de soledad con Dios, fue para Benito un momento de maduración. Allí debía soportar y superar las tres tentaciones fundamentales que todo cristiano: la tentación de autoafirmarse y el deseo de ponerse a sí mismo en el centro; la tentación de la sensualidad; y, por último, la tentación de la ira y de la venganza.
Benito estaba convencido de que sólo después de haber vencido estas tentaciones habría podido dirigir a los demás una palabra útil para sus situaciones de necesidad.
En el año 529, Benito dejó Subiaco para asentarse en Montecasino. En todo el segundo libro de los Diálogos, Gregorio nos muestra cómo la vida de san Benito estaba sumergida en una atmósfera de oración, fundamento de su existencia. Sin oración no hay experiencia de Dios.
Meditemos en el Evangelio de San Mateo 9. 32-38.
Maestro te encuentras en pleno trabajo apostólico y pastoral: te conmueve ver a un mudo endemoniado y te detienes a curarlo, a continuación pasas por muchas sinagogas para predicar la Buena Noticia del Reino y sanas toda enfermedad y dolencia de las personas que te lo piden.
Lo que màs me impresiona de esta reflexiòn es la compasión ante toda esa muchedumbre que estaba “como ovejas sin pastor”. Señor, conocías su realidad concreta, podías ver en ellas sus dolencias, sus dificultades, sus sufrimientos, y también descubrías sus ansias de felicidad, sus anhelos de vivir en paz con Dios y con los demás. Al conocer profundamente la debilidad de los hombres, te solidarizas con ellos, sientes compasión (significa “sufrir con”), y por el amor que les tienes, les curas, les sanas, les consuelas.
Señor sabes que estás de paso; tu misión redentora la continuarán tus discípulos. Sabes que el trabajo futuro será superior a las fuerzas de tus seguidores. Por eso, brota de tu corazón esta súplica: “La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies para que envíe obreros a la mies”.
Esta frase me toca el corazón; en esta petición estamos involucrados todos. Si somos consagrados, constatamos nuestra debilidad para llevar el Evangelio de la salvación a tantas almas que lo necesitan. Si somos laicos, experimentamos la necesidad de esos pastores para que nos iluminen, sostengan y motiven en nuestra peregrinación cristiana por este mundo.
Todos estamos comprometidos en esta súplica. ¡Manda obreros a tu mies! El mundo no encuentra su felicidad por medio de decisiones políticas, económicas o sociales; las cosas cambian cuando las personas transforman su interior, su corazón.
Señor, Tú que tanto te compadeces de este mundo, manda obreros a tu mies. Ellos son tus ministros, tus enviados; en ellos vemos reflejada tu mirada de Padre amoroso; perdonan en tu nombre, santifican en tu nombre, consagran el pan y el vino en tu nombre. Manda obreros a tu mies.
Mi proposito hoy es evitar la omisiòn, haciendo algo concreto, para solventar un conflicto y llevar la paz a un hogar, visitarè a un amigo o pariente enfermo y le hablarè del amor de Dios. En este dìa rezarè para que Dios nos mande buenas y santas vocaciones.
Mis queridos niños, en este dìa Jesùs nos invita a pedir por la vocaciones, pues la mies es mucha y los trabajadores pocos, quiere que vayamos por todas partes llevando la paz y sanando, consolando y acompañando a las personas que están enfermitas, que no se sientan solas, si tienes en casa o cerca de ella a alguien enfermito, visítalo y reza por èl todos los días.
P. Dennis Doren, LC