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Editorial & Opinion

El partido importante

Benjamín Cuéllar / Colaborador

lunes 7, mayo 2018 - 12:00 am

Me doy por vencido; definitivamente, “tiro la toalla”. Nunca he logrado entender, por más explicaciones que me den, cómo arman el ranking de la “FIFA”. Dicen que registran los juegos internacionales de las selecciones nacionales durante el último cuatrienio catalogados como “clase A”, realizados en torneos oficiales y de forma amistosa bajo el control de ese organismo. Calculan todos los puntos sumados en el año evaluado, la mitad de los del precedente, el 30 % del penúltimo y el 20 % del antepenúltimo. Además ‒tras un partido entre dos “escuadras”‒ el rendimiento de ambas se sopesa según los puntos logrados, la importancia del evento, la fuerza de los rivales y el peso de cada confederación. Este último rubro se tasa, dependiendo de los triunfos acumulados por estas en las últimas tres copas mundiales.

Ello, a grandes rasgos, debería ser comprensible. Pero es complicado. Sin embargo, mi problema no está en la explicación de cómo se formula ni en su fácil o difícil entendimiento. No me preocupan los cálculos al respecto. Eso sí, no entiendo cómo ‒entre más de 200 selecciones‒ la salvadoreña aparezca ocupando el sitio 85 en esa tabla si no va a un mundial desde hace 36 años, últimamente no ha enfrentado rivales respetables, sus escasísimas victorias alcanzadas han sido pírricas, la mayoría de canchas y estadios dan grima, rara vez se alcanzan a medio llenar sus graderíos y tanto jugadores como entrenadores supuestamente “encumbrados” han sido acusados con razón por “mañosos” y por “amaños”.

En tal escenario hay cosas más prioritarias a considerar como, por ejemplo, cómo se jodió El Salvador y ‒dentro de este su fútbol. Para quienes tuvimos la dicha de integrar el equipo campeón de la “liga mayor” en 1977 aunque fuera “calentando la banca”‒ nos da o nos debería dar pena, tristeza y rabia ver el estado calamitoso en que se encuentra acá este deporte hermoso antes de volverse un lucrativo negocio. Muy atrás – cuatro décadas – quedó aquel “Fasito” de “Nicky” Chávez, “Imacasa” Recinos, Rodríguez Bou, Pichioni, Pedro Silva, Amado Abraham, “Coneja” Valdés, “Manolo” Álvarez. “Tajaniche” Erazo, David Cabrera, el “Avión” Casadei y los suplentes que esperábamos con ansias entrar a rompernos el alma en la cancha.

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Ahora, en los mediocres campeonatos de “apertura” y “clausura” clasifican ocho de doce equipos a octavos de final. Así, no es invento sino cruda y dura realidad, el que peleó para no descender hace unos días en un partido “extra” y ganó hoy se prepara para enfrentarse al campeón nacional. Hasta uno de los más malos puede, en medio de tanta vulgaridad, alcanzar la “gloria”.

¿A qué viene todo lo anterior? A lo repugnantemente simbólico que me resulta la suspensión de la segunda reconstrucción de los hechos que, hace más de cuatro meses, desembocaron en la desaparición forzada de Carla Ayala. Esta agente de la Policía Nacional Civil, entidad encargada de brindarnos seguridad, no aparece y esta actividad importante para el esclarecimiento del caso ‒que debía realizarse este miércoles 3 de mayo por la noche‒ se suspendió. ¿Por qué? Porque jugaba el Águila contra el Firpo y el estadio donde se enfrentarían estaba dentro del perímetro a acordonar para efectuar dicha diligencia judicial.


Pobre país nuestro, donde la justicia ha estado y está por debajo de su infame fútbol “profesional”. Hasta hoy, lastimosamente para las mayorías populares y convenientemente para las minorías privilegiadas, la partida la ha ganado la impunidad y eso ‒definitivamente‒ tiene que cambiar de forma drástica y pronta. Para ello se necesita armar la siguiente alineación que dé todo de sí en la “cancha” de la institucionalidad: víctimas luchadoras para lograr el triunfo de sus legítimas causas, organizaciones que con su conocimiento y experiencia las acompañan sin robarles protagonismo, funcionarios que funcionen, medios que comuniquen los éxitos totales o parciales de las víctimas y sistemas internacionales de protección de derechos humanos que cumplan.

El Salvador tuvo sus momentos de gloria futbolística cuando clasificó a los mundiales de México en 1970 y España en 1982. Eso fue real, sin mayores recursos materiales pero con pundonor e hidalguía por parte de quienes integraron ambas selecciones. En otro plano, se pensó que fue memorable la forma en que se logró terminar la guerra; una guerra que, entre todos los desastres, también destrozó al fútbol nacional. Pero nos estafaron quienes acordaron el fin de la misma. Parece que ya van saliendo de la cancha ese par de “paquetes”. Pero, cuidado, que no vayan a entrar otros. Ya es tiempo de ganarle a la impunidad.




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