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Editorial & Opinion

El poeta de Solentiname

Juan José Monsant Aristimuño/Exembajador venezolano en El Salvador

Viernes 17, Febrero 2017 - 12:00 am

La primera vez que oí recitar un poema de Ernesto Cardenal fue en la voz del también poeta venezolano Joaquín Martasosa, en una sesión de lectura de los escritos del sacerdote nicaragüense, en la pequeña sala de teatro de la Escuela de Arquitectura, donde se concentraban los progres, no marxistas, de aquellos años sesenta.

En el centro del escenario, un reflector que bajaba del techo su luz, se posaba sobre la solitaria figura a medio sentar en un banco: “Señor, recibe a esta muchacha conocida en toda la Tierra con el nombre de Marilyn Monroe, aunque ése no era su verdadero nombre. Y que ahora se presenta ante Ti sin ningún maquillaje, sin su Agente de Prensa, sin fotógrafos y sin firmar autógrafos. Sola como un astronauta ante la noche espacial…”, recitaba la Oración por Marilyn Monroe (1965), de Ernesto Cardenal.

Años más tarde, me tocó viajar a la Nicaragua de la primera o segunda Junta de Gobierno, cuando aún los hermanos Ortega no habían dado el zarpazo castrista, y la tan esperada “revolución sin signo” que predicábamos los cristianos (cosas de la época, como el amor cortesano) convocaba la Novena Sinfonía de Beethoven en torno a “los muchachos” que habían derrotado a Somoza.

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Joaquín se enteró de mi viaje, y me entregó tres libros de su autoría, con el encargo de dárselos personalmente al poeta de Solentiname, lo que me dio la oportunidad de conocer a uno de los mitos de nuestra generación. Otros tantos años después, ya trabajando en Nicaragua, Cardenal hizo una exposición de sus esculturas, y allí, entre garzas de madera laqueadas en blanco, se encontraba la Sombra de Sandino, el modelo de madera de ochenta centímetros de alto que le sirvió de base para la monumental escultura de metal anclada al borde de la laguna de Tiscapa. Tiene su pequeña historia esta escultura, la inmensa en metal y, la pequeña en madera que adquirí en la Galería.

En plena campaña electoral, doña Violeta hizo una intervención donde evidenciaba la naturaleza del gobierno del Frente: “Ellos se llaman sandinistas, pero en todos estos años no le han erigido ni un busto. Yo le haré una estatua al general de hombre libres”.

Daniel se encontró como el Rey Desnudo del cuento, y a la carrera le pidió a Ernesto Cardenal diseñar un monumento a Sandino, quién con la genialidad del poeta, ideó la escultura plana metálica de color negro que hoy señorea sobre la Loma de Tiscapa. La anécdota personal es menor; ya doña Violeta era presidenta cuando adquirí el prototipo en la exposición, y una importante figura sandinista presionó al poeta para que deshiciera la venta, argumentando que le pertenecía a Nicaragua, y no debía salir del país (en realidad deseaba quedársela). El poeta se opuso, le dijo que ya había cerrado el trato, y me pertenecía.

Por sobre las balas y el deterioro del somocismo, hombres de paz como Ernesto Cardenal y los hermanos Carlos y Luis Enrique Mejía Godoy aportaron más al derrocamiento de la dictadura que los propios guerrilleros.

Gracias a los poemas de Cardenal y las canciones de los Mejía Godoy, la humanidad hizo suya la causa sandinista, que concluyó con la toma de Managua en julio de 1979.

Sin embargo, hoy los hermanos Mejía se encuentran en la acera contraria al FSLN, al igual que Sergio Ramírez, Henry Ruiz, Dora María Téllez, Gioconda Belli y, Ernesto Cardenal, el sacerdote, escultor y poeta, quién fuera el Ministro de Cultura de la Revolución Nicaragüense, y que en 1994 renunció al Frente por la forma autoritaria en que Ortega lo dirigía.

No se lo perdonaron, le inventaron un juicio por supuesta difamación que, ahora, a sus 93 años, un Tribunal, mientras se celebraba el XIII Festival Internacional de Poesía de Granada, en un intento por humillarle, lo condenó a reparar al demandante con la suma de $800.000. Hay que ver que los comunistas no solo son mal agradecidos, sino perversos.




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